Los desinformativos de la tele abierta

Lo más parecido al cambalache discepoliano son los «deformativos» de la TV abierta. Donde los nuevos émulos de los Néber Araújo y los Sotelo, se encargan, «modus mercenarius» mediante, de edulcorar, mezclar y apañar las noticias, para destacar algunas y hacer que otras, notoriamente más importantes, pasen desapercibidas.

Al servicio inconscientemente (?) salariado, de los más descarados intereses del poder, al que pertenecen, por espuria accesión, sus patrones.

En este caso me refiero al «desinformativo» del Canal 4 Montecarlo, del día 4/12/03, último día antes de la veda plebiscitaria, en la cual desfilaron como en la vidriera irrespetuosa y sólo a vía de ejemplo:

-La citación judicial de militares implicados por el caso Elena Quinteros

-La conferencia de prensa del MPP con respecto al reintegro amañado a «selectos» depositantes del Banco Comercial

-La situación del niñito desaparecido en Manga

-La situación de los jóvenes chinos que vinieron a «aprender» fútbol.

Pero en especial, quiero referirme a esta última noticia, que por el tiempo dedicado y la filmación «in situ» agregada, más los comentarios «play back» vertidos en la ocasión, mostraron, con singular y clara elocuencia, cómo los medios son idóneos alcahuetes al servicio del sistema que los ha permitido y al que se deben y se entregan de cuerpo y alma. Funcionando como verdaderos «biombos» de protección, que permiten destacar lo que el sistema quiere, evitando, de paso, que se vean o al menos disimulando otras autóctonas realidades.

Ante todo, vaya una aclaración. No estoy desconociendo la gravedad de la situación narrada, ni intento restarle cuantía, y me parece importante que, en esta excepcional oportunidad, el medio se haya ocupado de un tema verdaderamente trascendente.

Lo que no pude evitar fue la sensación de contraste, entre lo que se invierte, periodísticamente hablando, con respecto a los jóvenes chinos, inocultablemente maltratados, y el silencio paralelo que se guarda respecto a la situación indigna en que viven muchos otros orientales (del Uruguay, en este caso).

Basta arrimarse a la vera de los Asentamientos Indignos, ya que no irregulares (pues la dura realidad y la insensibilidad mostrada en la distribución del gasto por el gobierno, los ha vuelto «regulares»).

Hubiera bastado con sacarle el audio a la citada emisión, para que lo que nuestros ojos veían pudiera haberse trasladado, sin mucho esfuerzo ni exageración maliciosa, a las realidades que muchos pibes, orientales nuestros, viven en su hábitat notoriamente carenciado: el mismo hacinamiento, la misma falta de elementos esenciales de confort, la misma hambre, el mismo maltrato, etc.

Entonces, ¿por qué hacer falsas alharacas de situaciones que incluyen a otros conciudadanos del mundo, cuando nosotros no tenemos autoridad moral para hacerlas?

¿Acaso miramos la paja en el ojo ajeno, para «engañar a la afición», y hacer que pase desapercibida la viga que tenemos en el nuestro?

La verdad que suena falsa y cínica la grandilocuencia del tratamiento del hecho si la miramos en el contexto «global» de nuestra realidad más cercana y acuciante, como se estila decir ahora.

Moraleja:

Cuando lo comenté con mi amigo Peloche, sin poderse contener en su bohemia humorística, me contó la fábula de aquel sapo de boca enorme, que cuando se enteró de que al baile del Palacio no dejarían ingresar a los animales de boca grande, frunciendo la suya, para que pasara lo más desapercibida posible, dijo a sus accidentales contertulios

-«Pubricitu, cucudrilu». *

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