Si hablamos de privilegios

Los hechos son incontrastables y cada vez más escandalosos.

El escándalo que se ha producido al conocerse un listado de «favorecidos» por algunas medidas, en que para «salvar» a algunos debemos asumir los «costos» todos, está clarificando el panorama, aunque algunos guardan un ominoso silencio que, obviamente, los caracteriza. Claro. No queremos generalizar, pero algunos han obtenido el galardón de ser los «vivos», los que no pierden nunca, aunque para ello el propio Estado deba disponer fondos que, en definitiva, son de todos.

Por supuesto que estas situaciones no son nuevas. Una de las características del modelo que se sigue instrumentando desde el gobierno y que ha multiplicado la miseria a nivel del continente, es el crecimiento de la corrupción más descarnada que tiene anclaje en el Estado, fagocitado a diestra y siniestra por diversas vías. Podríamos dar ejemplos infinitos de esta afirmación reseñando, por ejemplo, el destino de los dineros que llegaron al país desde organismos internacionales para revertir gravísimas situaciones sociales pero que mayoritariamente son destinados a contratar a una burocracia parasitaria, mientras se trasladan para su destino específico porcentajes marginales.

¿Qué decir, por ejemplo, de lo ocurrido con el sistema financiero? Los velos que distorsionaban la verdad uno a uno han comenzado a desaparecer y el panorama es cada día más claro. Las responsabilidades, no está en manos de un periodista asignarlas, pero es necesario que entre todos reclamemos que actúen los organismos de la democracia, como lo son el Parlamento y la Justicia, cada uno por su lado o mancomunados como ocurrirá cuando sea elevado el informe de la Comisión de Diputados que analizó la crisis del sistema financiero.

Es necesario que no sólo se ponga fin a la política antinacional que propicia el modelo y que, como consecuencia, nos ha empobrecido a todos, sino trabajar para restablecer los necesarios límites éticos que muchos han perdido. Es que el modelo estableció un paradigma lamentable para cualquier sociedad. Quien más tiene es más importante, desechando valores humanos elementales, como los de la virtud, la honradez, etc. Hemos dicho que con esa visión del éxito impuesta por el modelo, ya no tiene vigencia aquel magnífico ejemplo que daban los buenos padres de familia, que hacían del trabajo, la modestia y la sobriedad una forma de vida.

Pero volviendo a lo puntual. ¿Cómo medir la enorme dosis de hipocresía de algunos dirigentes políticos que cuestionaron a un senador porque no había advertido que un familiar tenía depósitos en un «paraíso fiscal», mientras guardaban bajo las siete llaves del silencio una situación que era para muchos de ellos un secreto a voces?

Es claro que aquí existen responsabilidades individuales limitadas, porque es natural pensar que cualquier depositante busca, peleando con uñas y dientes, recuperar su dinero, especialmente en medio de situaciones enrarecidas por políticas gubernamentales erráticas. Lo realmente grave es la hipocresía de algunos políticos, que parece haber determinado una forma de actuar. Por un lado niegan soluciones a otros ahorristas también estafados, pero sin siquiera pestañear cuando el gobierno hizo un acuerdo leonino, contrario a los intereses de todos los uruguayos, para «honrar» a un grupo de señores que ahora aparecen como dueños de un privilegio no ponderado por el resto de la sociedad y, por lo tanto, inaceptable. *

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