Las huertas familiares

En Uruguay, en Montevideo, en el siglo XXI, hay pequenos milagros que comienzan en la gente y con la gente. Porque una oyente, Laura del Buceo, una abuela trabajadora de vida anónima, comenzó una prédica: las huertas familiares.

Que son motivo de orgullo para un diario, «La República», una radio «Sarandí Sport» y un programa «En positivo», que han apoyado y promocionado esta tarea que también se inicia en el asentamiento Flor de Mayo.

Consiguió las semilla, el asesoramiento de un noble uruguayo, el senor Fernando Lavié, luego voluntarios, el espacio radial, la página en la prensa y la tarea se extendió a los asentamientos.

Y hoy los chicos del asentamiento San Martín, comandados por Mónica de la Casa de la Cultura de Santa Catalina, ven crecer la semilla, recogen los frutos de la siembra, distribuyen con equidad y veneran el santuario del trabajo, que como todo santuario del alma y de la acción, no necesita rejas, ni alambrados, ni armas, ni vigilantes, porque la gente humilde y de trabajo lo respeta, aunque muchos días aprieta el cinturón y engana al hambre con mate.

Sí, como una hermosa historia, con la magia de los cuentos que nos contaban nuestros abuelos, mientras tantos mentecatos deliberan sobre la importancia de sus dichos, y tienen un espacio en la comunicación; en Montevideo, en pleno lugar público, en Santa Catalina del Cerro, existe una huerta comunitaria con la fruta y la verdura al alcance de la mano, que se distribuye equitativamente entre los más necesitados.

Un símbolo que enorgullecería al propio Artigas.

Por eso recomendamos a quienes dirigen, a veces desde distancias insalvables, y a quienes comunican y aumentan las distancias, conozcan cómo la sociedad desde abajo se organiza y cómo la patria pobre recoge la bandera artiguista en vivo y diariamente.

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