El cantor volvió al pago

El 30 de agosto se cumple el cuarto aniversario de la desaparición de don Carlos Molina, el insobornable payador libertario. Un hombre que fue un permanente ejemplo de coherencia, de dignidad y de rebeldía. Por supuesto, murió en medio de una más que honorable pobreza y un casi silencio, en un país donde los grandes medios de comunicación titularon y sacaron fotos en primeras páginas o en noticieros centrales de Susana Giménez llorando por sus perros muertos y no fueron capaces de darle un lugar de privilegio a la gloria de un cantor revolucionario, un poeta, un hombre noble como lo fue don Carlos Molina, simplemente, payador.

Don Carlos estuvo siempre en las difíciles. Desde las luchas en los frigoríficos del Cerro, hasta en los campamentos de los aceituneros en huelga en Andalucía, desde las históricas jornadas con sus queridos anarcos de Funsa, hasta en la Cuba del Ché con su canto insurrecto siempre.

Desde la bienvenida improvisada (en un local de AEBU repleto) al querido «Flaco» Zitarrosa al regreso de su exilio, hasta la despedida final al cantor, también llorada en décimas para un adiós que nunca pudo ser tal definitivamente.

Carlos Molina fue un cantor universal. No sólo excedió su pago natal, sino que se proyectó más allá inclusive de las fronteras de nuestro país. Su propio canto fue así, con una concepción universalista de la dignidad y la justicia. Hace unos días, su único heredero decidió acordar con la Junta Departamental de Cerro largo el traslado de sus restos desde el Panteón de la Asociación General de Autores del Uruguay en Montevideo, donde se encontraban, al cementerio de la ciudad de Melo y además la venta de su guitarra y todos sus efectos personales y culturales para la futura concreción de un museo en aquel departamento.

Nos parece bien. Lo único que lamentamos es que las autoridades cerrolarguenses antes, en vida lo hubiesen siempre marginado, ignorado, dejado de lado en todos los grandes eventos concretados por las autoridades de sus pagos, al extremo de considerársele en algunos casos prohibido en su propio solar nativo. Y lamentamos también que su único heredero nos haya dicho que había puesto un abogado para defender sus derechos. Porque si justamente algo no debe desear un viejo anarco –cualquiera que sea, no solamente Don Carlos– es un doctor en leyes para guardar su memoria.

Hace algunos años –nos contaba don Carlos Molina– en la ciudad de Río Branco en su departamento le propusieron hacerle un homenaje y después no se llevó a cabo . «Quizás no lo merecía», escribiría el propio Molina años después en su libro «P’andar sin marca». Y al respecto, escribió y publicó un poema sobre ello titulado «Siempre vuelve quien no ha muerto», donde desfloraba su amor por sus pagos y su angustia por el olvido en que lo habían hundido muchos en él. Y entre otras tantas coplas decía :

 

«Yo fui como un desterrado

un exilado en mi sueño

se fue borrando mi huella

tapiada por el silencio.

 

Por eso deseamos que este regreso definitivo a su tierra sea un regreso libre como todo aquello suyo, sin subterfugios absurdos, y sin que nadie se atreva a mercantilizar su memoria. Ni aun aquellos a los que el derecho supuestamente se lo permite. Don Carlos Molina en uno de sus poemas del libro «Grillo Nochero» , titulado «Testamento a mi guitarra», decía :

 

«Y cuando yo me interne en la profunda sombra

tu diapasón bravío que se nutrió de mí

bien sé noble guitarra que nunca será alfombra

de la vileza humana que en vida combatí .

Las manos mercenarias no te pondrán librea

Ni lograrán postrarte en ademán servil

Eres el pueblo mismo que hasta muriendo crea

Que le quitan cien vidas y renace con mil».

 

Y aunque parezca absurdo después de estas coplas libertarias, solamente nos resta decir: «Â¡Amén!» (y que Proudhon, Bakunín, Kropotkin y Malatesta me perdonen). *

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