Males de la desregulación

El apagón americano ha puesto de manifiesto el riesgo inherente a una política privatizadora y de desregulación de los sectores estratégicos; otro accidente ocurrido en la petroquímica Repsol, en Puertollano (España), según analistas, muestra los efectos negativos de desmembrar el mercado laboral. Dos elementos esenciales en la política que impulsan los organismos multinacionales de crédito que, basados en lo acordado en el Consenso de Washington, siguen adelante en la aplicación de su receta.

Más de la tercera parte de los que trabajan en las instalaciones de Repsol en Puertollano  según leemos en «El País» de Madrid  no pertenecen a esta empresa, sino a otras que a su vez contratan con la petrolera.

Al parecer son pero no son, prestan sus servicios a Repsol, pero Repsol no tiene ninguna obligación frente a ellos. Dependen de sociedades que pueden declararse insolventes en cualquier momento. Sus condiciones laborales son infames, como han gritado estos días a todos los que han querido escucharles.

Es muy similar a lo que ocurre en Uruguay con trabajadores de funciones diversas, por ejemplo de limpieza y vigilancia, también administrativos, que son contratados por empresas, incluso estatales, y organismos como el propio Parlamento, sin hablar de intendencias, ministerios, etc. a los que se les pagan sueldos vergonzosos sin siquiera tener el cuidado de que se cubran los obligatorios beneficios sociales. Recordemos que una empresa de este tipo que cumplía funciones en el propio Banco de Previsión Social, había olvidado cumplimentar tal requisito.

La externalización de los servicios y la subcontratación, son inventos de un capitalismo depredador, llamado neoliberalismo económico, con el que las empresas pretenden romper todo nexo con sus trabajadores y librarse de cualquier responsabilidad, sustituir las relaciones laborales por contratos mercantiles. Hubo, al menos en teoría, otro capitalismo, mitad capitalismo, mitad socialismo: economía mixta, economía social de mercado, que definía a la empresa como la conjunción de factores de producción.

Poco de eso queda. Por no quedar no quieren que quede ni la dependencia laboral, por precaria que sea. Y al desaparecer, van desapareciendo también los sindicatos como fuerzas reivindicativas. ¿No es ese el implícito propuesto por el Ministerio de Trabajo?

Es el objetivo manifiesto de muchas empresas en el mundo, especialmente las grandes compañías, que no dejan de vomitar trabajadores fijos y reducir plantilla, para sustituirlos con equipos de trabajadores comprendidos en la desregulación. Aprovechando una legislación permisiva, quiebran normas de regulación de empleo sin que ninguna situación crítica lo justifique. ¿No son esas las ideas de Pérez del Castillo?

Se contrata para realizar los trabajos a otras empresas, y éstas a su vez a otras, hasta que se pierde el rastro y cualquier lazo de unión del trabajador con la empresa original.

Del mercado laboral que se construyó a partir del ideario batllista hasta el ingreso de las recetas neoliberales, poco queda. Este ha comenzado a modificarse de manera inicua. Es el mecanismo de creación de empleo del que tanto se vanagloria el ministro.

La desregulación ha fracasado en el mundo. Y sin embargo, sus críticos escasean. Al parecer, aún las debacles como el escándalo Enron y ahora, el apagón más serio en la historia de los Estados Unidos, no han sido suficientes como para socavar la fe que se tiene en la teoría.

Hace diez años, la mayoría de las empresas de servicios públicos eran monopolios regulados. Se les garantizaba una rentabilidad justa, basada en la inversión de capital y los costos. En los cincuenta años anteriores a la desregulación, la productividad en la industria de energía eléctrica aumentó a casi tres veces de la velocidad de la economía en su totalidad.

Sin embargo, la ola de desregulación que culminó a finales de la década de 1990 desmembró las empresas integradas de servicios.

Que los impulsores tardíos de esas ideas, en nuestro país, comiencen a poner sus barbas en remojo. *

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