Un cuidacoches murió de frío
La semana pasada leí una noticia que me puso los pelos de punta. En efecto, el título del diario decía, con su cruda simplicidad:
«Un cuidacoches murió de frío en el propio lugar donde desempeñaba su tarea».
La muerte de un ser humano siempre es motivo de revulsión de nuestros sentimientos y en algunos casos, de nuestro contradictorio y semioculto sentido de culpabilidad por omisión culposa.
Pero el análisis de la noticia le saca rápidamente de la vulgaridad del comentario a boca de jarro, que nos muestra que «no somos nada».
Porque, además, en algunos casos también se da que como seres humanos, con supuestos derechos por ese simple hecho, es dable comprobar que a veces tampoco «somos nadie», como reza una letra de Alfredo, cuando se refiere al caso del malhadado y maltratado por la vida astro del fútbol brasileño, Garrincha.
Y el aditamento de la noticia es lo que vuelve la «vulgaridad» de una muerte más, en algo para pensar.
Le habían ofrecido, dentro del plan invierno polar, cama y comida por las noches. Pero no lo pudo utilizar porque… no podía alejarse del «lugar de trabajo…»
So pena de encontrarlo ocupado cuando volviera.
Es lo que puede tildarse de un caso clavado de esclavitud por su subsistencia.
Una especie de siervo de la gleba, moderno, tipo siglo XXI, atado al paragolpes del patrón.
Y eso es lo más grave, el sagrado derecho a tener un trabajo digno, que lo haga sentir bien al hombre, se ha vuelto, como consecuencia de la crisis, que le dicen, materia de una competencia desleal, encarnizada, vital y mortal. Típica del capitalismo que sufrimos como opción unipolar.
El imperialismo está de fiesta. Otro de sus engranajes ha funcionado. Un ser humano ha tenido que optar entre guarecerse de las inclemencias del tiempo o yacer en el lugar defendiendo con su vida, ese cachito e’ vereda que la sociedad le ha adjudicado, en el más deshumanizado combate por la subsistencia. Y así perdió la vida, porque para él, no había vida posible sin ese medio de subsistencia al que se aferró hasta la muerte. Y finalmente, no la hubo.
Al día siguiente, salió el sol, como lo hace rutinariamente desde que funciona su sistema. Nadie pudo apreciar que en su esfera luminosa había un puntito negro que marcaba el triunfo de una nueva injusticia.*
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