Un país empobrecido
Desde estas páginas nos hemos ocupado del tema reiteradamente. La economía del país sigue en retroceso dijimos y esa desagradable afirmación es confirmada por las cifras que proporciona el Instituto Nacional de Estadística. De acuerdo con sus cómputos, si comparamos el último mes analizado (junio) con el mismo mes de año pasado (que fue muy malo), la conclusión es que la actividad económica sigue en retroceso.
El nivel del costo de vida de ese mes tuvo un fuerte retroceso, muy alejado de la medida que era esperada por el gobierno y estampada en la carta de intención firmada con el FMI.
La conclusión es que sigue en retroceso la capacidad de compra de la gente, achicando aún más al mercado interno, y que los niveles de inflación proyectados por el gobierno quedarán, obviamente, en el marco de las intenciones. Por esa razón se pondrá más rígida la operación de licuación de deudas con el sector privado, por más que en los planes del Ejecutivo, también comunicados al FMI, se esté proyectando un nuevo incremento de las tarifas de los servicios públicos (energía, comunicaciones, combustibles y agua potable), con el fin de que el mecanismo alcista que impulsa (inflación) se acerque aún más a la meta proyectada (19%).
Claro, bien lo sabemos, el fenómeno esperado por el equipo económico, como tanto lo dice la experiencia al igual que algunos elementales libros de texto, será justamente el contrario al esperado. La cantidad de dinero en poder de la gente es menor a las necesidades de la economía, y si por intermedio de las tarifas las empresas públicas de nuevo aumentarán el peso de su participación en la economía, lo que el equipo económico logrará será aumentar aún más las dificultades de la gente, habrá más morosidad y la distribución de los menguados ingresos seguirá fluyendo hacia el sector público en desmedro del privado.
Unos seguirán señalando a los funcionarios estatales como responsables de este insoportable peso estatal y propondrán, como proclama el doctor Ramón Díaz, una drástica solución: afirma que se debe cortar esa perniciosa hidra de mil cabezas. Que así el peso del Estado descenderá y el país, gracias al ingreso de capitales atraídos por las privatizaciones, recuperará el camino del progreso.
El planteo de estos economistas, que muestran cómo en nuestro país los flujos ideológicos son también tardíos, quizás porque el país está culturalmente en un lugar marginal, son cuestionados hasta por los capitostes del Banco Mundial quienes han abierto varias interrogantes sobre los caminos emprendidos luego de ser firmado el llamado Acuerdo de Washington.
Las privatizaciones han fracasado a lo largo y ancho del continente, un dato de la realidad del que Argentina es un ejemplo notable. El menemismo cumplió los «deberes» a la perfección, logró enquistar al frente de las empresas privatizadas a burócratas con sueldos del primer mundo y, con el paso del tiempo, el país vecino, uno de los naturalmente más ricos del continente, se convirtió en una tierra de dolor y pobreza con la brutal comprobación de que hoy más del 50 por ciento de su población está bajo la línea de la pobreza.
Claro, el proceso que vive la Argentina es distinto al nuestro. Allí un presidente progresista está tratando de cambiar la pisada, y las perspectivas que se abren en el país hermano parecen alentadoras.
De este lado del río la cerrazón ideológica sigue siendo total. Siguen haciéndose deberes perimidos, sin haberse dado cuenta de que el maestro neoliberal ya debió retirarse. Tampoco se entiende que la sociedad uruguaya no puede resistir más el continuo dislate que lleva al empobrecimiento. *
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