Un modelo agotado
Así como la táctica bélica estadounidense ordena bombardear concienzudamente una región antes de ocuparla –la política de tierra arrasada– como forma de asegurarse la menor resistencia posible, el modelo de capitalismo salvaje que hoy padecemos necesitaba un marco adecuado de seguridad para imponerse; por eso la represión y la destrucción de las barreras legales contenidas en el ordenamiento jurídico, y el desmantelamiento del movimiento sindical fueron la condición previa para la aplicación del modelo neoliberal. De lo que se trataba era de eliminar previamente todo tipo de resistencia previsible: del sistema político, de las normas y de las organizaciones sociales. Acallar la protesta antes de que ésta pudiera manifestarse.
Esto que decimos no es novedad para nadie, pero bueno es recordarlo. Nunca será excesiva la denuncia del modelo económico que a sangre y fuego comenzó a implantarse por estos lares en los años setenta; entre otras razones porque ese sistema bárbaro, inhumano e injusto cuenta todavía con acérrimos defensores que no cejan en su afán por ensalzar sus supuestas virtudes y exigen un día sí y otro también la profundización del modelo antiestatista, concentrador y excluyente.
Como con lucidez sostiene monseñor Pedro Casaldáliga en entrevista realizada para Alai-Amlatina el 19 de mayo pasado, «el neoliberalismo es el capitalismo transnacional llevado al extremo. El mundo convertido en mercado al servicio del capital hecho dios y razón de ser». Como ese reinado absoluto del mercado implica necesariamente la casi anulación del Estado como agente de servicios públicos, se produce la desresponsabilización del Estado, lo que lleva de hecho a la desresponsabilización de la sociedad. Dice Casaldáliga: «Deja de existir la sociedad y pasa a prevalecer lo privado, la competencia de los intereses privados. (…) La privatización es privilegización, la selección de una minoría privilegiada que, ésa sí, merece vivir y vivir bien. (…) El neoliberalismo es la marginación fría de la mayoría sobrante».
En América Latina logramos superar las épocas siniestras de las dictaduras pero hemos desembocado en «democraduras», como ironiza monseñor Casaldáliga. Porque si bien hemos recuperado algo nada desdeñable como la convivencia democrática y el imperio de la Constitución y la Ley, los gobiernos democráticos surgidos después de los años de plomo continuaron la obra económica iniciada por los dictadores y profundizaron aun más las injusticias del modelo.
No obstante –y felizmente– malos vientos soplan para los afanes privatizadores en el Cono Sur. En esta misma edición se publican declaraciones nada menos que del ministro de Economía argentino Roberto Lavagna y de su homólogo chileno Nicolás Yzaguirre, que coinciden en su duro cuestionamiento al sistema privado de seguridad social. La experiencia en ambos países –y en el nuestro también– ha demostrado con elocuencia los nefastos efectos de un sistema de previsión social que obedece exclusivamente al interés privado y tira por la borda la esencia humanista del sistema solidario además de causar la desfinanciación dramática del Estado. *
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