Deterioro social: un gobierno sin respuesta
Fue la que le tocó sufrir al joven Adrián Carro hasta su injusta muerte acaecida el domingo 20 de abril.
Con o sin golpiza previa –que la Justicia investigará y que no sería un dato menor– lo cierto es que todo nos hace pensar que llegó tarde al Hospital de Canelones procedente de la Cárcel Departamental (esa «espantosa» al decir del Jefe de Policía). Peor aún y esto también se está averiguando, en este caso por la vía del Pedido de Informes Parlamentarios– murió sin tener la oportunidad siquiera de ser asistido en un CTI como el propio informe forense establece que correspondía.
Las enormes carencias que todo el sistema presenta (no solamente el carcelario, también el hospitalario, el educativo, etc.) y que sufren cientos de miles de uruguayos en carne propia, debiera llamarnos a la reflexión y lo primero a analizar es por qué estamos como estamos.
El gobierno más trágico que divertido del Presidente Batlle –apoyado por la coalición de blancos y colorados– ha destruido el Uruguay que forjaron nuestros abuelos y padres y que tuvimos la suerte de conocer y disfrutar hasta no hace mucho tiempo.
La actual administración comenzó con un 12% de desocupación y hoy ronda el 20%. Puso el énfasis en defender y mantener el sistema financiero y ya vimos qué pasó al final de las cuentas. Y lo peor, seguramente, es la desintegración social que se sigue manifestando a pasos acelerados con un remanente de excluidos como nunca conoció nuestro país.
La muerte de niños que presentaban signos evidentes de desnutrición, y los que sin llegar a este extremo están sufriendo hambre lisa y llana, no sólo ofende nuestras mejores tradiciones, sino que se vuelve un contrasentido en este territorio poco poblado y muy apto para la producción de alimentos.
La gente sigue clamando por trabajo, por oportunidades. El que puede se va y el que no, «la queda» más que se queda.
El desánimo campea y el descreimiento lleva a la apatía. Casi todos sentimos que nuestros vecinos y amigos andan mal y el deterioro crece y se extiende y en su extensión va carcomiendo las bases que nos distinguieron en otros tiempos: ilustrados y valientes y también solidarios.
Pero las causas de esta situación, de esta larga cadena de infortunios que sufre nuestra gente, radican en la porfiada aplicación de una política económica que es generosa por demás con los ricos y poderosos pero que resulta implacable para con los trabajadores, los desocupados, los pasivos; en pocas palabras: con los más pobres y carenciados.
Política que se resume en la socialización de las pérdidas para poder privatizar las ganancias.
Que tiene su expresión más cruda en ese verdadero despilfarro de recursos –ocultado durante mucho tiempo al Parlamento– en ese saco roto del sistema financiero que nos significó un sobreendeudamiento de 3.000 millones de dólares y su contracara en la manida y recurrida frase de «lamentablemente carecemos de recursos» que repiten las autoridades gubernamentales cuando se trata de resolver otros problemas.
Todo tiene solución y siempre habrá alternativas. Lo que no debemos hacer es resignarnos a seguir así. Hay que cambiar ya, ahora, con este mismo gobierno. El Poder Ejecutivo debe dar respuesta inmediata a las necesidades y clamores de cientos de miles de compatriotas, porque ese es su deber y responsabilidad.
La Constitución le confiere al Ejecutivo la iniciativa privativa en materia económica.
Nosotros la seguimos esperando, pero no nos cruzamos de brazos. Continuaremos, empecinadamente, junto a todos los orientales honestos que estén dispuestos a transitar el camino de los cambios, porque, como bien dice nuestro Frente Amplio, «otro Uruguay es posible».
Yo digo más: a esta altura no solo es posible. Es imprescindible y urgencia es lo que sobra. *
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