Una diplomacia que nos lleva al aislamiento
Las recientes actitudes del Presidente de la República en el campo internacional han suscitado críticas vehementes y unos pocos apoyos de compromiso por parte del riñón más conservador del coloradismo.
Las afirmaciones tendientes a ensalzar el singular cariño que a los uruguayos nos dispensa nada menos el polémico presidente Bush, unidas a una nueva y también torpe intervención en los asuntos internos de Argentina han contribuido a aumentar gratuitamente la debilidad de nuestro relacionamiento internacional.
Esto se sustancia en tiempos para la región y el mundo en que tienden a hacerse más estrechos los acuerdos regionales y más tenso y disputado el alineamiento internacional.
El aislamiento al que parece destinarnos la realidad presente no nace, como es obvio, exclusivamente de cuestiones anecdóticas sino que obedece a la toma de posiciones sobre cuestiones de fondo hechas por el gobierno uruguayo a favor de concepciones que rápidamente han perdido prestigio en la consideración de los gobiernos de los países que nos rodean.
Posiciones uruguayas devotas de un neoliberalismo caduco, convertido a esta altura en una retórica en la que ningún elenco latinoamericano medianamente serio cree.
Como bien se ha señalado, el triunfo electoral del Luiz Inácio Da Silva, Lula, en Brasil ha generado una nueva situación regional y latinoamericana.
La inminente victoria electoral de Kirchner en Argentina va a acentuar las tendencias trazadas desde Brasilia en el sentido de darle un nuevo impulso al Mercosur avanzando sobre aspectos hasta ahora no desarrollados del proyecto de integración regional.
Desde el gobierno brasileño, coincidiendo en esto con el candidato a la vicepresidencia de Argentina, Lavagna, se ha ido elaborando una concepción de las relaciones regionales y del Mercosur completamente distinta a la que aplicaron en la década del noventa los gobiernos de Collor de Mello, Carlos Menem, Luis Alberto Lacalle (después Julio Ma. Sanguinetti) para quienes la integración tendió a reducirse a la apertura total de la economía y la baja de aranceles.
Un aspecto clave de las políticas internacionales de los países latinoamericanos lo constituyen las relaciones con los Estados Unidos, tanto en el campo de los proyectos económicos como de los alineamientos políticos, diplomáticos y militares.
En ese terreno, Batlle se ha colocado en la antípoda de la inflexión nacionalista y autonomista que Lula le viene imponiendo a su gobierno. Inflexión que tiene no solo una amplia base de sustentación en la sociedad brasileña sino que viene adquiriendo prestigio creciente en toda Latinoamérica.
También en Argentina se alzan voces como nunca antes de rechazo a lo que en su momento se definió casi obscenamente como «relaciones carnales» con los Estados Unidos.
En perspectiva, esa coincidencia entre el nuevo gobierno argentino y las orientaciones de Lula –tal como lo señala Clarín en su edición de ayer– representa un viraje respecto de los años 90. De allí la crítica pública que Lavagna hizo en estos días al proceso de integración elegido por el ex presidente Carlos Menem y su socio brasileño de entonces, el ex presidente Fernando Collor de Mello. Lavagna lo expresó así: «Hay que abandonar esa idea de que basta eliminar aranceles para favorecer la integración, pero dejando que sea el mercado que determine la evolución de las economías». El ministro subrayó que «en los 90, fue esa política la que condujo al Mercosur casi al borde del fracaso, aunque no alcanzó a destruir el proyecto».
Finalmente, ambos mandatarios se han pronunciado con fuertes reservas acerca del proyecto del Tratado de Libre Comercio de las Américas, ALCA, acerca del cual son muy fuertes los temores por parte del empresariado y del gobierno de Brasil.
Esa inflexión por el desarrollo económico y social y por la soberanía nacional es la que está en ciernes también en Uruguay. Es de esperar que los procesos electorales del año próximo den curso a los cambios progresistas impostergables. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad