Una rosa azul para la oveja Dolly
El 5 de julio de 1996, En Roslin, pequeño pueblo escocés rodeado de verdes praderas, cercano a Edimbugo, nacía en presencia de un veterinario y un reducido número de investigadores, la oveja Dolly. La que, ni siquiera al comienzo de su vida, fue denominada cordera, por ser copia genética de un animal adulto.
Años de concienzudo trabajo y múltiples ensayos llevaron a su exitoso nacimiento; tan alejado de aquellos que se dan naturalmente.
Células tomadas de la ubre de una oveja Finn Dorset, preñada, fueron colocadas en cultivo, con muy pocas concentraciones de nutrientes para detener su proceso de división.
Puestas una en contacto con otra (sin fertilizar, y de la que se había extraído el núcleo con su ADN) perteneciente a una oveja Blackface escocesa, y sometidas a un impulso eléctrico, se fusionaron. Un segundo impulso, a imitación del estallido de energía de la fertilización natural, estimuló la división celular. Días después, el embrión resultante fue implantado en el útero de otra oveja Blackface: del cual, tras el período de gestación, emergió a la vida y celebridad la oveja Dolly.
Su nombre fue un homenaje a la cantante country Parton Dolly, famosa no sólo por sus dotes canoras sino, también, por sus opulentas glándulas mamarias, evocadas por el doctor Ian Wilmut cuando manipulaba células de la ubre de la oveja Finn Dorset, de la que Dolly sería el clon.
Este hecho llevó a que la edad del animal por él creado, fuera la suma del tiempo transcurrido desde su nacimiento más el transcurrido desde el nacimiento de su progenitora, si así puede llamársele.
Característica, además, que iría en desmedro de un logro científico tan arduamente perseguido. Baste señalar que Dolly fue la sobreviviente de 277 ensayos, de los cuales sólo 29 alcanzaron los primeros meses de vida. La mayoría de los animales clonados no sobreviven debido tanto a factores ambientales como a otros, derivados del uso de agentes químicos y de las manipulaciones mecánicas que el proceso requiere. Por lo cual, no es extraño que, una vez que alguno de ellos sea exitoso, se procura lograr, de él el mayor rendimiento financiero posible, con vista a futuras aplicaciones.
El doctor Wilmut se apresuró a patentar su invención y las acciones de la PPL Therapeutics of Edinburgh, empresa que había contribuido al fondo para el proyecto de investigación que culminó con Dolly, aumentaron un 16% en un día.
Pero hubo que afrontar gastos no previstos, tal el costo del aparato de seguridad permanente para evitar el secuestro de Dolly, por fanáticos defensores de los derechos de los animales, con su obsoleta manía de creer que la naturaleza lo hace todo mejor y gratuitamente. Y, sobre todo, para protegerla de la codicia de competidores en el área de la clonación que, en todo el mundo, planeaban acceder a esa tecnología, con diversos propósitos: producción de animales en serie para el consumo, obtención de órganos y tejidos para transplantes y ¿por qué no?, creación de seres humanos por encargo, que fueran clones de los mandantes.
Sin embargo, este luminoso panorama se ensombreció cuando fue confirmada la noticia de que Dolly fue «sacrificada», salvándose de la cruenta muerte que le hubiera correspondido si se tratara de una oveja cualquiera.
Disecada, fue exhibida en el Festival Internacional de Ciencia de Edimburgo. Y una portavoz del museo donde éste se desarrolló, dijo: «Se ve maravillosa». «Está en cuatro patas y tiene la cabeza levemente girada hacia un lado», «con la expresión habitual que tenía» cuando recibía a sus «muchos visitantes humanos».
Por razones obvias no reparó en el verdadero milagro: Dolly, en ejercicio de su sabiduría animal, de la que ningún experimento logró despojarla, jamás tuvo la tentación de andar en dos patas ni dedicó a sus admiradores más que una mirada de soslayo. Ya había tenido suficiente con soportar su presencia, durante su vida de confinamiento.
Ahora, es de suponer, que prisionera en la realidad virtual, tendrá un sitio en un cementerio de la Red. Al que, a su debido tiempo, la biotecnóloga australiana Edwin Cornish le hará llegar una rosa azul, obtenida tras ímprobos años de esfuerzo y a un costo de miles de dólares. Siempre que el clonado gen que produce el pigmento azul de las petunias, insertado en las células de una rosa de color vulgar, le haya conferido aquel aristocrático matiz.
Es lamentable, en cambio, que el investigador estadounidense Michael Dobres, quien se preocupa por la gente a la que le enerva el dulce perfume de las rosas, y procura sustituirlo por la ácida fragancia del limón, no pueda contar con las pantallas de los PC para, en el momento apropiado, difundir ese efluvio.
Dolly, en su universo aséptico, permanecerá despojada del hedor de la muerte pero también, de los nuevos olores de la vida. A pesar de todo, a semejanza de lo que ocurrió en el palacio real decadente en la Dinamarca de la tragedia shakespeariana, desde un reciclado castillo de Escocia, un centinela alerta percibirá que «algo se ha descompuesto» en el Reino. *
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