Muerte por desnutrición: indignación y rebeldía

Cuando esta semana nos tocó trabajar en el artículo sobre la muerte por desnutrición de tres bebés, y al otro día fueron cuatro, se nos movieron fibras muy personales y buscamos una explicación. Al principio incluso cuando accedimos a los primeros datos pensamos que tiene que haber una equivocación. Porque parece raro que en Uruguay, alguien, y menos un niño, muera de hambre. Pero está pasando.

Hay temas que los vemos alejados: la guerra la seguimos desde el living, los misiles no caen acá y entonces uno puede no tener la magnitud de lo que eso significa; falta agua y condiciones sanitarias en Africa, estamos rodeados de cólera pero por suerte no nos llega, los niños raquíticos no nos pertenecen, el dilema de Somalia nos parece que ya pasó, el sida avanza más rápido en otras latitudes, lo económico se define en otras ciudades y de la lucha de los palestinos nos llega algo. Pero todo pasa lejos. Todo es parte de otra película que recibimos por televisión.

Sin embargo estos niñitos que murieron el martes pasado son de los nuestros, vivían en el barrio de al lado adonde a veces los ómnibus deciden no llegar.

Dos tenían tres meses y medio, eran gemelos, otro logró vivir 8 meses y el más grande tenía 9 meses. Resistieron todo lo que pudieron. Seguramente lloraban mucho, porque es normal a esa edad, pero a ellos les dolía la panza de hambre. De hambre.

Las madres de esos críos, es probable que también estuvieran mal alimentadas, no tendrían leche en el pecho y así caen en un círculo de autodestrucción.

Autoridades de Salud Pública y del Ministerio de Trabajo dijeron en voz baja que «están preocupadas» y lo mismo se escuchó de los pediatras que se dicen «acostumbrados» a recibir estos casos en el Pereira Rossell.

Las mismas autoridades pareció que quisieron disminuir el drama al decir que esos bebés, tal vez no murieron de desnutrición y se remarcó que se trataba de niños golpeados.

En realidad, entonces, tenemos más problemas. Se trata de niños que mueren de hambre y para peor son maltratados. No aporta mucho desviar la atención para decir que fallecieron por otras razones cuando los partes médicos expresamente subrayaron la palabra deshidratación y desnutrición en todos los casos.

Además ya habíamos tenido señales preocupantes. No hace mucho informamos que algunos escolares de una zona carenciada comían pasto los fines de semana porque los comedores públicos funcionan de lunes a viernes. Esta semana también se alertó desde San José que los lunes algunos escolares se desmayan en clase porque los domingos no comen.

El presidente Batlle viajó a Estados Unidos buscando que nos compren carnes y el Parlamento discute acaloradamente sobre Cuba sí, Cuba no, Bush sí, Bush no, y tal vez sea importante. Pero a 15 minutos del Parlamento de alfombras rojas y del Edificio Libertad escoltado por la guardia de Artigas, en el vecindario de enfrente, el de los ranchos feos, cuatro bebitos no están más porque murieron de hambre.

Entonces uno tiene derecho a preguntarse qué orden de prioridades políticas manejan los círculos de poder que es desde donde se pueden resolver las cosas –o al menos intentarlo– porque se supone que para eso están. Y uno no espera discursos sino hechos concretos y no sólo del gobierno. Ya vendrá el tiempo de aparecer en televisión con la camisa remangada en señal de «vamos a hacer». Este es el tiempo de hacer.

Porque estamos hablando de Uruguay, país de tierra fértil donde uno tira una semilla y crece una papa, donde plantamos arroz y lo vendemos hasta en China, hay trigo y somos autosuficientes en productos hortifrutícolas. Tenemos cítricos en Salto y cuenca lechera de varios departamentos de extensión al suroeste. Hay buena pesca y agua dulce encima y debajo de la tierra. La ganadería extensiva sigue siendo la base de la producción y las vaquitas sostienen la economía del país y de unos pocos. Por eso, acá, con estas condiciones puede haber un mal reparto, pero nadie puede morirse de hambre. *

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