Lecturas de un resultado electoral
En comicios anticipados en razón de la crisis desatada a fines de 2001, el electorado argentino debió elegir un nuevo presidente.
Abrumada por una crisis que se manifestó en todos los ámbitos del quehacer nacional –económico-financiero, social y político–, la gente concurrió a las urnas a pesar del impulso que había tomado, desde la renuncia de De la Rúa, la consigna «que se vayan todos», percibida como una señal de agotamiento de toda esperanza, de desencanto sin retorno del sistema político que generó explicable alarma.
La concurrencia a las urnas del domingo pasado, calculada en el entorno del ochenta por ciento, tampoco debe verse como un espaldarazo al sistema político. El desencanto y la desazón se mantienen latentes en esa sociedad tan castigada aunque no se hayan expresado en votos en blanco, o anulados, o en una abstención masiva.
Tampoco se produjeron los incidentes tan anunciados que protagonizarían los famosos piqueteros, con lo que se echaron por tierra las versiones alarmistas que advertían sobre asonadas que impedirían el normal desarrollo del acto electoral.
Y en definitiva, más allá del hecho novedoso de la multiplicación de candidaturas y del fraccionamiento de los dos grandes partidos (la UCR y el Justicialismo), el pueblo se pronunció. Y más que definir a un ganador, el resultado del domingo consagró a un perdedor: el doctor Carlos Menem fue el gran derrotado. Si se piensa que en 1989 obtuvo el cuarenta y siete por ciento de los votos y que su reelección en 1994 recibió la adhesión de casi la mitad del cuerpo electoral, este magro apoyo del veinticuatro por ciento de los votos emitidos el domingo debe verse como la pérdida, nada desdeñable, de la mitad de su caudal electoral.
Obviamente, no es improbable que en el balotaje aumente la cantidad de adhesiones. Pero así y todo, debe concluirse que su gestión de diez años –durante la cual enajenó prácticamente el patrimonio nacional y creó un falso y efímero bienestar–, a lo que hay que sumar los escándalos palaciegos y los sonados casos de corrupción, merecieron el repudio de buena parte de los ciudadanos que lo habían apoyado.
Por otra parte, bueno es tener en cuenta que no se ofreció a la ciudadanía argentina una opción sólida como alternativa al modelo neoliberal. Porque si bien la diputada Elisa Carrió se presentó como la única candidatura francamente opositora y con un discurso de corte progresista, la izquierda no logró consolidar la tan reclamada unidad que le permitiera presentarse al electorado como alternativa renovadora creíble.
Aunque paupérrima y en cierto modo desplazada, la clase media argentina sigue aferrada a valores y patrones de comportamiento propios de su antiguo estatus y se muestra, por tanto, renuente a los cambios.
En este contexto, la candidatura de Kirchner –otro peronista pero adversario de Menem y con un discurso de tono opositor– aparece como la única alternativa posible a un «más de lo mismo» con que se identifica el ex presidente. *
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