Derechos humanos e hipocresía

El 23 de abril fue un día muy feo en mi vida. Un montón de sentimientos se sacudieron en mi interior: perplejidad, vergüenza ajena, rabia, indignación. Apenas me levanté, me cacheteó la noticia que cuatro bebés habían muerto en Montevideo por desnutrición. No es que desconociéramos la situación concreta de la niñez uruguaya, no es que no sepamos que casi la mitad de los niños están naciendo en los hogares más pobres. Es que la realidad nos golpea con fiereza y siento que ¡ya basta! de diagnósticos y discursos, que ¡ya basta! de horas y horas de reuniones de comisiones parlamentarias que en lugar de poner la cabeza y el corazón en quienes sufren, la ponen en la defensa de los partidos allí representados y los pobres y los niños y las niñas que padecen hambre van quedando de lado hasta transformarse en anécdota. ¿Será que somos incapaces de reaccionar adecuadamente? ¿Será que podremos abandonar la egoísta actitud del «yo no fui» para ocuparnos definitivamente del problema?

Esa tarde, esa misma tarde, nosotros, los representantes del pueblo, nos abocamos por enésima vez a discutir sobre Cuba. Y sí, yo fui una de las que se retiró de sala porque no me aguanté tanta hipocresía. No me creo, definitivamente no me creo, la discusión sobre la pretendida defensa de los derechos humanos. Creo que además de posturas, por todos conocidas, de los distintos partidos políticos sobre la realidad cubana, lo que realmente importaba era –una vez más– instalar el pensamiento dilemático, reforzar la estereotipia: EP-FA antidemocrático, violento, terrorista vs. partidos Blanco y Colorado defensores de la pluralidad, el orden y la democracia. No me presto más a ese juego. ¡Que jueguen solos hasta el hartazgo!

No comparto la pena de muerte, ni en Cuba ni en ninguna parte del mundo. Nunca creí en el sistema de partido único y siento que eso es parte de la identidad nacional, pero respeto a quienes conciben la democracia de otra manera. Tampoco comparto la saña con la que se acusa a Cuba de ataque a los derechos humanos, mientras se guarda prudencial silencio sobre las violaciones de los derechos humanos en otros países. Nada se dijo nunca sobre los miles de ciudadanos norteamericanos ejecutados por pena de muerte, ni de las lapidaciones de mujeres en Nigeria, por citar apenas algunos ejemplos.

Por eso no me creo la discusión, por eso siento que es premeditada y poco honesta. Por eso creo que su principal motivación fue un móvil político proselitista. Escuché desde mi despacho los dichos de los colegas que permanecieron en sala y más que hablar sobre Cuba «los encendidos discursos» se dedicaban a asimilar a EP-FA a las actitudes del gobierno cubano. ¡Allá ellos! ¡No juego más al juego que ellos quieren!

Los fantasmas que pretenden levantar, los miedos que quieren reavivar, las mentiras que quieren tornar verdades de tanto gritarlas; no van a tapar la muerte de estos niñitos, no van a ocultar la brutal injusticia a la que las decisiones político-económicas de los gobiernos blanqui-colorados han sometido a grandes sectores de nuestra población. Nuestro pueblo no es tonto como ellos pretenden que sea. Los orientales no somos sumisos y seguramente vamos a preguntar a los defensores de los derechos humanos cómo han defendido el derecho a la vida de los niños, el derecho al trabajo de sus padres y madres, aquí, en nuestra tierra y entonces, se verá la coherencia *

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