Inoportunos elogios a un imperio
A esta altura resulta difícil entender el sentido con que se recitan en los jardines de la Casa Blanca algunas composiciones en las que, al tiempo que se respalda la línea de acción internacional del señor Bush, se celebran las bondades y los méritos, históricos y actuales, de la política exterior de los Estados Unidos.
Resulta patético que la presencia en Washington de un jefe de Estado de un país latinoamericano proyecte una imagen pública a la vez tan infantil y tan rutinaria, tan desprovista de los elementos de juicio que la realidad del mundo y de nuestro continente han puesto en el orden del día de nuestros pueblos desde hace ya bastante tiempo.
A aparecer solidarizándose enfáticamente con el gobierno de George W. Bush, el Presidente de la República ha transitado por un camino y un estilo que resulta difícil de comprender, no ya para sus adversarios sino para sus socios de la coalición, tal como se deduce de las expresiones del Presidente del Directorio del Partido Nacional, Dr. Lacalle, quien llamó la atención sobre la inconveniencia de aparecer en la escena internacional compartiendo con Bush el más que dudoso mérito de desconocer la autoridad de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad.
Las declaraciones del Dr. Jorge Batlle se sitúan fuera del tiempo latinoamericano, al margen de las reflexiones, denuncias y protestas llevadas adelante por varios gobiernos de la región referidas a la actitud altiva y desconsiderada de parte de las autoridades norteamericanas con relación a las dificultades de fondo que atraviesa la región.
Las trabas a las exportaciones latinoamericanas por parte del gobierno norteamericano, la política proteccionista en salvaguarda de su producción agrícola (en perjuicio real y actual) de los productores latinoamericanos, el tratamiento de las cuestiones de la deuda, con plazos e intereses leoninos que vuelven inviable cualquier proceso de recuperación de los procesos productivos, la avaricia y el egoísmo con que son tratadas todas las cuestiones referidas a las transferencias de tecnología, forman parte de un repertorio amplio de legítimos reproches.
Es, justamente, a través de esos mecanismos sutiles que en el mundo se ha ido estableciendo la supremacía de unos países sobre otros y se ha ampliado la brecha entre los más ricos y los más pobres.
Para las grandes potencias centrales, desde hace muchos decenios, no se trata de ponerle una bandera a un pedazo de tierra y reclamarla como colonia, de acuerdo a las antiguas pautas acordadas en la Conferencia de Berlín, de 1885.
El ciclo de aquel colonialismo se cerró con las luchas de liberación que se desarrollaron desde fines de la Segunda Guerra Mundial hasta los años setenta.
Lo que se desarrolló después fueron otras formas, más solapadas y sutiles de explotación y subordinación política para las ex colonias. Formas de neocolonialismo, de explotación económica desarrolladas sin que en los países débiles dejaran de flamear las banderas representativas de su postergada soberanía nacional.
Ese nuevo orden neocolonial ha seguido un vertiginoso proceso de concentración del poder económico y de la riqueza y, paralelamente, del poder militar y político de los países centrales.
El beneficiario principal, el arquetipo de la nación que se beneficia de manera absoluta de todas estas circunstancias es Estados Unidos.
Repetir los aforismos publicitarios del gobierno del Sr. Bush es desconocer una de las preocupaciones más extendidas en los ámbitos políticos del resto del mundo: la aparición cada vez con más fuerza y frecuencia de la idea de imperio.
La consigna de la guerra preventiva que es la doctrina oficial en Washington, el desprecio por los mecanismos internacionales establecidos por las Naciones Unidas, las amenazas a Siria y los desplantes contra Francia, la arrogancia con que se han atropellado los derechos de la población civil en Irak están mostrando el perfil de una gran potencia imperialista como imagen asumida y aceptada por los círculos del poder norteamericano. *
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