El lado obsceno de la agresión

El hecho brutal de la invasión y los bombardeos a Irak ha provocado en buena parte del mundo un estado de indignación casi sin precedentes. Eso explica la intensidad de las movilizaciones populares que han irrumpido en las calles de una enorme cantidad de ciudades en los cinco continentes.

Se trata de la reacción de amplios sectores de la población, especialmente de los más jóvenes, frente al crimen contra la humanidad que significa el ataque a blancos civiles por una aviación lejana, invisible e inalcanzable.

Ese crimen que muchos aspiran a que un día pueda ser juzgado por la Corte Penal Internacional, creada, justamente, para entender en los delitos de genocidio, en este caso especialmente agravados dado que cada día queda más en evidencia que los móviles de la acción militar contra Irak no son los declarados sino muy otros.

Justamente, resulta casi pasmoso que, cuando aún no ha terminado la guerra, ya hayan aparecido a la luz pública algunas de las tensiones secretas que tiene el capítulo iraquí de la nueva expansión norteamericana.

Una nota de Juan Gelman publicada la semana pasada brinda una síntesis precisa de aspectos de esta dimensión sórdida de la guerra:

La Kellogg Brown & Root obtuvo sin licitación un contrato para apagar incendios de pozos petrolíferos y reparar la dañada infraestructura de esa industria iraquí. Tiene cláusulas curiosas que provocaron el enojo del representante demócrata Henry Waxman: en carta dirigida al general Robert Flowers, se queja de que el Congreso no fue notificado de un contrato que «potencialmente es de decenas de millones de dólares» puesto que «no se fija un límite de tiempo ni un límite de dólares» y está conformado de tal manera que incita al constructor a aumentar sus costos y, en consecuencia, el costo para los contribuyentes. Es posible que el parlamentario no haya reparado en un pequeño detalle: la Kellogg Brown & Root es parte del gigante petrolero y de la construcción Halliburton, cuyo director desde 1995 hasta ser hoy vicepresidente del país, fue Dick Cheney. Desde luego, un ejecutivo no tiene por qué dejar atrás esa calidad sólo por la insignificancia de ser gobernante. Otra curiosidad de este contrato es que se firmó el 8 de marzo, 11 días antes del ataque-invasión a Irak, lo cual da qué pensar acerca de las propuestas de paz que Bush hijo y Colin Powell formulaban por entonces en la ONU, comenta Gelman.

Por otra parte, de acuerdo a una nota de Mark Finnemann en Los Angeles Times, señala «que por medio de una licitación la administración Bush, otorgó un contrato para la reapertura y operatoria del estratégico puerto meridional de Um Qasr, a pesar de que las fuerzas aliadas siguen combatiendo contra algunos bolsones de resistencia con el objetivo de controlar esa ciudad.
Este acuerdo, por 4,5 millones de dólares, fue anunciado mientras algunos críticos denunciaban a Washington por estar apresurándose demasiado a asignar toda una serie de contratos de posguerra para la reconstrucción de Irak.
«El hecho de que la administración norteamericana asigne contratos para la reconstrucción de puentes que todavía no bombardeó me parece una grave ironía«, observó la representante por California Maxine Waters.
Estos negocios futuros para la costosa reconstrucción de un país al que todavía no se ha terminado de destruir, junto con el propósito manifiesto de poner al frente de Irak un gobierno encabezado por un general norteamericano forma parte de lo que hemos llamado el lado obsceno de esta guerra.

Un costado crudo, desmitificador, en el que toda la retórica acerca de la cruzada por la libertad del pueblo iraquí ha sido dejada de lado. Ahora se trata de controlar «manu militari» la extracción y comercialización del petróleo y hacer los mejores negocios posibles con la ayuda humanitaria.

Una ayuda humanitaria cada vez más imprescindible a medida que se prolonga el martirio de Bagdad, Basora y demás ciudades iraquíes. *

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