Entre un equipo económico estéril y otro impotente (II)

El ex senador Atchugarry fue el nuevo encargado de la política económica, inusitadamente apoyado por todos los sectores políticos, a la vez ensalzado por sus dotes de negociador y hombre honesto, de quien se esperaba quizás un abordaje más político que técnico decidido a «coger el toro por las astas», pero ni modo, la ruta no se alteró un ápice.

Todo el mundo esperaba, y de ahí el paréntesis de confianza, cambios drásticos en la política económica. Por supuesto, cualquier cambio por necesario que parezca debería respaldarse en un consenso social amplio que lo haga efectivo y le dé viabilidad económica y también política. Era éste el libreto que a priori el doctor Atchugarry seguiría.

El nuevo ministro, un político nato, hombre de ultraconfianza de la línea gobernante y operador político de los principales acuerdos parlamentarios, estuvo desde el vamos en una disyuntiva más que importante. Por un lado, debía demostrar en los hechos, esto es con medidas concretas de signo contrario a las del equipo económico saliente, que su presencia en el cargo que –repetimos– tuvo un conjuro de voluntades inusitadas para este tipo de eventos no respondía a un vericueto político para lavar honores de la coalición gobernante. Si no lo hacía, y pronto, tendría sobre sus hombros un feedback del nerviosismo de los agentes económicos fundamentales que han abierto también –se me ocurre– un paréntesis esperanzador. Lo anterior sería el escenario más negro que reforzaría la hipótesis menos deseable de que el cambio de nombres en el Ministerio fue solamente un manejo político muy bajo, de los tantos que todavía tenemos memoria reciente.

La dura realidad se impone, como decía el ministro saliente, y todo hace pensar que se están cerrando los grados de libertad. El default, pronosticado hace ya mucho tiempo por el doctor Ramón Díaz, hoy parece ser un escenario más que posible en un futuro no lejano teniendo en cuenta las reservas actuales y los próximos vencimientos a la vista. Cobra fuerza, incluso desde perspectivas que podríamos tildar de conservadoras, un choque keynesiano que permita destrabar la situación de urgencia y desesperanza en que vive el país. Mirando la evidencia empírica para momentos tan críticos como los actuales, las salidas no abundan y, seguramente, pasan por la apertura de la canilla del gasto público, por aumentar los créditos al consumo claro está que presionando a la baja las tasas de interés, suspendiendo o difiriendo los vencimientos de las personas que sufren situaciones de endeudamiento propios de la irresponsabilidad macroeconómica de los últimos meses, en fin, una política anticíclica que implique más salarios, más créditos, menos impuestos, más esperanza.

Sin duda, muchos pensarán que esto se da de patadas con la línea de acuerdos internacionales promovidos por el equipo económico saliente. Ni modo, esos tantos tendrán razón, pero parece ser un imperativo del nuevo escenario repensar dichos acuerdos. Incluso, si releemos atentamente la fantasmagórica letter of intent firmada hace unos meses con el FMI (y rediscutida en el momento), a nadie escapa –por supuesto que menos a las autoridades del organismo internacional– que ella no refleja el escenario existente y que fue firmada en un momento en que el consenso político se resquebrajaba y los firmantes no eran representativos para semejante compromiso.

En el haber del Ministro actual tenemos la cuasi salida del impasse financiero con la reapertura del «nuevo» Banco Comercial y (chance) del de Crédito. Esta salida, a pesar de ser muy conservadora –como la hemos tildado en otra parte– y tal vez algo enclenque ya que no modifica básicamente los parámetros necesarios para la confianza, ha conseguido la anuencia de buena parte del espectro político. Por un lado, defendió mil puestos de trabajo en el sector de la banca y mejoró los seguros de desempleo para aquellos trabajadores que sean tildados de obsoletos en la nueva reestructura. Por otro, quizás ayudó a que algunos de los depositantes tuvieran mejor suerte de la que hubieran tenido en caso de liquidación. Sin embargo, la reestructura financiera no ha sido tal, el Estado (o todos los uruguayos) nos hemos hecho cargo de las cuentas pesadas del sistema bancario y los controles de la autoridad monetaria no sabemos qué tanto han cambiado. En el debe aparecen muchas de las cosas heredadas del anterior equipo económico (incluso algún asesor macroeconómico), pero sobre todo, la misma filosofía técnica aunque con otra propuesta política para generar consensos. Siguió aumentando el desempleo, la caída salarial y la emigración como salida a la tensión social que genera la crisis, mientras los deudores de la banca afectados por la debacle macroeconómica quedaron a merced de los bancos. La propuesta pasó por fortalecer la caída salarial y las políticas contractivas, más ajustes impositivos regresivos que buscan aumentar la recaudación y mejorar las cuentas externas, empero, todo hace pensar que esas cuentas no estarán por mucho tiempo en lo previsto.

Las urgencias son múltiples, pero apuntemos algunas imprescindibles:

* Refuncionalizar el lugar del sistema financiero respecto a la acumulación interna y la imperiosa necesidad de la restauración productiva, que implica, a su vez, un balance diferente de la rentabilidad sectorial de la economía.

* Una banca de fomento a la producción que podría bien vincular al banco naciente con el Banco de la República para buscar un doble cometido: bajar los costos del dinero y hacer llegar créditos preferenciales a la pequeña y mediana producción.

* Una regulación más prudente y previsora para el funcionamiento de todo el sistema financiero.

* Desarrollar políticas sociales que busquen aliviar los problemas más acuciantes de los sectores más urgidos.

* Disminuir los gastos del funcionamiento improductivo del Estado.

* Aumentar el gasto público productivo en aras de recuperar el empleo y la actividad económica.

* Reprogramar los vencimientos de la deuda externa, priorizar la deuda interna y supeditar los compromisos externos a la reactivación económica.

* Reforma impositiva con un criterio de equidad, alentando el aumento de la producción, especialmente agresiva contra todas las formas especulativas.

* Rescatar los salarios para que se conviertan en consumo, en mejor nivel de vida, en esperanza, y así alentar el círculo virtuoso de la producción. *

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