De la desazón a la esperanza

Uruguay sigue atravesando el período más crítico de su historia social y económica en un marco de aparente apatía y resignación.

Necesitamos urgentemente vivir mejor y esto es posible, pero todos percibimos que el pueblo en general –y en particular los más golpeados por la crisis– ha «bajado los brazos».

Puede discutirse y analizar con rigor científico si esta percepción se corresponde con la realidad y si el estado de ánimo, pues de esto en definitiva es de lo que estamos ocupándonos, cambiará y en qué lapso ocurrirá.

Me consta, cuando esto escribo, que no todos los uruguayos sienten y demuestran la misma angustia, desesperanza o pasividad. Los trabajadores nucleados en el PIT-CNT están considerando propuestas y postulados, al igual que los pasivos y otros sectores sociales, ya que nadie se ha planteado la resignación como bandera.

Tal vez nos esté faltando la necesaria colectivización de las diferentes visiones como paso previo, imprescindible, para encarar una lucha del conjunto del pueblo por soluciones inmediatas. Sabemos que según la ubicación de cada uno en el entramado social y laboral, dependerá el reclamo y la aspiración. Un funcionario público y un desocupado pueden tener diferentes problemas que afrontar y resolver, así como distintas medidas de lucha a proponer, pero es hora de que todos tomemos conciencia de que la causa de nuestros males es común. Porque esta política –inamovible, implacable, más allá de discursos menos agresivos o soberbios, sobre todo si comparamos el actual equipo económico con el inmediato anterior– es la causante del desastre y es también responsable de la injusticia que hoy sufren los empleados del sector privado y los públicos, los jubilados y los pensionistas, los activos y los desocupados, pequeños y medianos productores, empresarios y comerciantes, docentes y estudiantes, periodistas, artesanos, profesionales y todos los que usted, amigo lector, quiera incorporar a esta lista.

El asunto es, una vez más, cómo libramos la batalla que nos permita obtener las mejoras impostergables. Porque si no aumentan razonablemente los salarios, tampoco aumentarán las pasividades y entonces la recesión continuada provocará un aumento en la desocupación y crecerá, lamentablemente, la marginalidad.

Hablo de aumentos razonables, porque el tres por ciento que se maneja y aún no se concreta, no significa, como parece a simple vista, más del doble que el 1,12. No hay matemáticas que valgan: es nada para todos y no debemos separarnos en la lucha si unos consiguen un poco más. Hay que entender que cualquier ajuste por debajo del treinta por ciento es una verdadera rebaja salarial. Claro está que no faltará quien diga que el treinta es imposible y desde ya aclaro que no es lo que estoy planteando en esta coyuntura; pero que el uno o el tres por ciento son vergonzosos, nadie puede animarse a discutirlo. Entonces, lo que está en juego hoy ya no es solamente el futuro y la dignidad, temas cruciales por cierto, sino la supervivencia de nuestra gente. Y la única forma de lograr algo es unirse, en primer lugar, puesto que todos somos los damnificados por esta política económica inhumana (que bueno es recordar que no es nueva y que la aplicaron y aplican colorados y blancos) y reorganizarnos para luchar juntos. Es continuar la idea de la concertación para el crecimiento, supone abrirse a los demás y tener presente sus opiniones que muchas veces pueden ser diferentes porque parten de ópticas distintas y realidades desiguales.

Deberemos ser prudentes en los planteos, lo que no supone debilidad ni rebaja de plataformas. Si exigir el treinta por ciento se vuelve inviable –y eso sí nos va a debilitar desde el inicio– pero el tres es vergonzoso, exploremos entonces un punto intermedio o las partidas fijas que a veces, por pequeñas que parezcan, pueden significar un diez por ciento o más para los salarios y jubilaciones de menores montos. ¿Por qué razón es imposible pasar el salario mínimo nacional a 1.200 pesos o más? ¿Qué patrón no puede, aun en este marco crítico, aumentarle cien pesos a sus empleados que por regla general en Uruguay no son muchos? Y si fueran diez los dependientes, ¿es de locos pensar que los patrones deban pagar mil pesos más por mes?

Cuando el gobierno reitera los llamados a esfuerzos patrióticos, que muchos pagan con hambre, ¿no puede pedirlo?

Cierto es que para solicitar algo hay que tener autoridad moral. Deberíamos empezar por el ejemplo desde arriba, refinanciando la deuda externa para aliviar un poco a nuestra gente, realizando ajustes diferenciales, con los que «los más infelices sean los más privilegiados».

Pero eso, con este gobierno, no ocurrirá por sí solo. Habrá que dar la batalla en forma conjunta para lograr también mejoras para todos. La unión, se sabe, hace la fuerza y si logramos unirnos ahora podremos alcanzar el éxito. De lo contrario, seguiremos lamentándonos y no lograremos pasar de la desazón a la esperanza. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje