Las opciones de país

El nivel de desempleo sigue creciendo en el país. De acuerdo a datos oficiales en el último trimestre computado por la Dirección Nacional de Estadística, el flagelo de la falta de trabajo entre la llamada Población Económicamente Activa (PEA) llegó al 19,8 por ciento, seis décimas porcentuales por encima del trimestre anterior. Los datos, abrumadores por lo que significan como evidencia de sufrimiento de sectores de la sociedad, adelantados oportunamente por LA REPUBLICA, dan cuenta del resultado de la política económica recesiva que impuso el gobierno y que, además, está achicando a mínimos nunca vistos el mercado interno.

Sin embargo, visto estos resultados que seguirán creciendo, lo que es sorprendente es constatar que el gobierno continúa adelante con la misma política sin variar un ápice sus lineamientos. Ejemplo de ello es lo resuelto en torno al salario de los funcionarios estatales, de jubilados y pensionistas, a quienes se les remacha una pérdida de ingresos histórica: casi un 25 por ciento. Para la Dirección de Estadística, en el último trimestre computado el ingreso de las familias se había reducido en un 22 por ciento.

Las estimaciones sitúan en 241.000 los desempleados en todo el país. Se espera que temporalmente disminuya ese número de desempleados debido a la incidencia de la temporada estival, pero en el correr del año la tasa promedio podría ser superior el veinte por ciento, ya que no existen señales de reactivación y la actividad económica interna se contraerá aún más.

Es evidente que el gobierno, con su política recesiva, pretende mantener el actual esquema recesivo, determinando una conflictividad social que no ha provocado estallidos sociales en razón de la existencia de algunas válvulas de escape de presión, como la emigración de jóvenes y no tanto, que ha servido para que todavía los uruguayos, pese a los apremios de todo tipo que vivimos, no hayamos comenzado a sufrir peligrosas convulsiones sociales.

¿Qué busca el gobierno? ¿Cuál es el nivel de población que pretende que tenga Uruguay para poder funcionar dentro del marco recesivo que impone? Sería bueno develar estas incógnitas, porque si Batlle y sus «boy», pretenden que el país se convierta en un país de servicios, un gran «paraíso fiscal» para, como en el pasado, recibir el dinero «negro» de la región, no sería necesario más que abrir algunas oficinas financieras en la isla de Ratas (como ocurre en Caimán), contando en tierra firme también con casinos, hipódromos y salas de máquinas tragamonedas, para agasajar a los mensajeros portadores de divisas.

El resto del país, el vergel de riqueza que es el Uruguay, puede seguir en la más absoluta miseria, con base en una organización económica primitiva que en 2003 tiene el mismo perfil agroexportador de principios de siglo. Los activos del país   siempre de acuerdo al esquema de este gobierno  deberían pasar a ser propiedad de empresas transnacionales las que, obviamente, enviarían las utilidades a sus casas matrices. La población de las ciudades estaría integrada por dos tipos de personas: los que lograron integrarse a la sociedad, contando con trabajo y que realizarán actividades en las empresas de servicios y algunas otras actividades conexas, y quienes queden marginados, en guetos inhóspitos, sin los más elementales servicios ni coberturas sociales.

Ese es el modelo que se construye como consecuencia de los aportes del neoliberalismo, sin que se tenga en estas concepciones el más mínimo perfil humanista y solidario. Para esos esquemas perimidos el ser humano vale por su capacidad de compra, cambiándose dramáticamente los paradigmas de antaño, tiempos en los que las personas eran valoradas por su respeto de las normas de convivencia y sus virtudes. El buen padre de familia sin capacidad de consumo quedará fuera de esta sociedad, igualmente que un creador, adelantado en su tiempo, como un músico, un literato o un pintor.

Para Batlle y sus «boy» llegó el tiempo de los burócratas (los que han logrado contratos de obra o servicio), incapaces de pensar, pero a los que se le paga buenos sueldos para que, de esa manera, queden insertos en una sociedad que cada vez será menos solidaria.

El tiempo dirá hacia dónde apuntará el destino de Uruguay. Esto lo decimos porque ya faltan menos de dos años para octubre del 2004, cuando los uruguayos tenemos que elegir un nuevo gobierno. El voto entonces tendrá dos posibilidades disímiles: reorganizar este país, este vergel de riqueza, para que en él puedan vivir y crecer todos los uruguayos o, en el sentido contrario, convertirlo en un enclave neoliberal, en donde se ampare a capitales de dudosa procedencia. Un país que, en esta última opción, hasta será cuestionado como tal, ya que hasta sus principales empresas estarán en manos de capitales extranacionales.

Las relaciones con el mundo serán, seguramente, del mismo corte a las que mantiene nuestro presidente con su colega de EEUU. *

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