El éxodo

Como era de prever, las modificaciones introducidas al Código Civil español, que apuntan a flexibilizar el otorgamiento de la ciudadanía del Reino de España para los descendientes de españoles, han operado como un estímulo para miles de uruguayos.

Ahora la sangría de jóvenes aumenta día a día, y, tal como se informó ayer, en dos días tres mil personas se acercaron al Consulado de España en Montevideo para tramitar su ciudadanía. De acuerdo con esa crónica, uruguayos de todos los estratos sociales hacen largas colas frente a las oficinas consulares.

Ya no es solamente el desocupado, el que perdió su trabajo y no logra conseguir otro similar. Ahora también los subocupados o quienes tienen la suerte de tener un empleo por el que perciben una remuneración baja, todos intentan probar suerte en otras tierras calculando que basta con poco para estar mejor que en su patria.

Es realmente dramático. No sólo por lo doloroso que resulta cualquier desarraigo, sino porque el Uruguay –un país cuya población ya venía sufriendo un proceso de envejecimiento alarmante– está quedándose sin jóvenes. Ese es un mal social que costará muchos esfuerzos tratar y hallarle una cura.

Todo esto es la triste consecuencia de un modelo de desarrollo especialmente perverso que ha promovido la concentración de la riqueza cada vez en menos manos, al tiempo que excluye y margina a las grandes mayorías. Ese mismo modelo que preconizaba que el nuestro debería ser un país de servicios y de turismo y que ahora apuesta todo exclusivamente a la exportación. Que el mercado interno está pauperizado y deprimido no cuenta para quienes poco les importa el cierre de fuentes de trabajo, la desocupación galopante, la miseria, la ruina de los comerciantes y el descalabro del aparato productivo.

Los uruguayos que se van lo hacen porque sienten que están tan sumergidos que intuyen que con muy poco podrán estar mejor. Y ésa es la fuerza que los impulsa al éxodo: la esperanza.

Porque el modelo les ha quitado todo: trabajo, bienestar material, dignidad y hasta ese sentimiento que según se dice es lo último que se pierde, la esperanza.

El que toma la decisión extrema de abandonar el lar que lo vio nacer lo hace porque ha perdido todo, incluso la esperanza. *

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