Otro impulso a la emigración
Al día siguiente de que se informara sobre las cifras desgarradoras que exhibe la emigración uruguaya, el Reino de España anunció una flexibilización en el otorgamiento de la ciudadanía. Los hijos de españoles podrán acceder a ella sin restricciones, y los nietos podrán hacerlo después de un tiempo de residencia.
Como era de prever, el mero anuncio de que el país europeo de algún modo facilitará el ingreso de inmigrantes hijos de connacionales generó un interés masivo entre los uruguayos comprendidos en la medida. Se ha calculado que, potencialmente, cerca de cincuenta mil compatriotas estarían en esa situación, y el Consulado de España en Montevideo dispuso lo necesario para atender la previsible demanda.
Si bien por un lado la decisión española es positiva, por otro abre la posibilidad de que la sangría emigratoria se incremente, sobre todo teniendo en cuenta que las condiciones y las perspectivas económico-sociales del país, lejos de desestimular el fenómeno, propenden a que el mismo se vea incrementado.
Pero volviendo a las cifras, resulta aterrador pensar que esos cincuenta mil potenciales emigrantes significarían aproximadamente un cuatro por ciento de la PEA. Y es de imaginar a qué guarismo escalofriante podría llegar la desocupación de no existir la triste válvula de escape de la emigración.
Vale la pena recordar el desacertado y frívolo comentario que el fenómeno de la emigración mereció al ex ministro de Economía Alberto Bensión, cuando sostuvo que se trataba de una opción que seduce a muchos espíritus aventureros. Sin embargo, nadie –salvo rarísimas excepciones– que tenga posibilidades de permanecer en su pago rodeado de sus afectos y de la cultura heredada de sus ancestros, de trabajar en la tierra donde nació y vivir decorosamente de su trabajo, casi nadie, repetimos, encara la posibilidad de desarraigarse e intentar empezar de cero en lares ajenos.
Los europeos que llegaron a nuestro país en sucesivas oleadas migratorias lo hicieron escapando del hambre a que los condenaban sus países empobrecidos. Españoles, italianos, franceses, y tantos otros, buscaron –y por lo general, hallaron– en estas tierras generosas lo que las suyas les negaban.
Ahora la situación se ha revertido, y los descendientes de aquellos esforzados «gallegos» y «tanos», definitvamente afincados en este suelo, se ven obligados a repetir la peripecia de sus antepasados pero a la inversa. *
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