La formación de los militares
Se informó recientemente de un hecho insólito ocurrido en oportunidad de una visita protocolar de cadetes de los institutos de formación castrense al Parlamento. La mayoría de los jóvenes omitió saludar al presidente de la Cámara de Representantes, el socialista Guillermo Alvarez, y al presidente de la Comisión de Defensa del Senado, el emepepista Eleuterio Fernández Huidobro. Ello motivó una sanción disciplinaria impuesta por el director de la Escuela Militar.
Pese a que el ministro de Defensa atribuyó la omisión a una confusión de los cadetes y quitó trascendencia al asunto, el episodio merece nuestra atención.
Sin ánimo de agitar fantasmas o de enturbiar las aguas, a cualquier observador medianamente lúcido debería llamarle la atención esta «confusión» o esta «involuntaria omisión en el protocolo». No parece casual que hayan sido precisamente los dos legisladores de la izquierda presentes en la ceremonia los únicos que fueron objeto del desaire. Es sintomático y merece no ser pasado por alto.
Más de una vez hemos insistido desde estas páginas sobre un hecho inocultable. Luego de recuperada la normalidad institucional, las Fuerzas Armadas no solamente lograron que no se investigaran las profusas denuncias por violaciones a los derechos humanos durante el período de facto y que se les ahorrara la comparecencia ante los tribunales de la Justicia ordinaria; no solamente obtuvieron la más absoluta e irrestricta impunidad –de la que no gozaron sus pares argentinos y chilenos– sino que lograron que la dirigencia de los partidos tradicionales los protegieran con un manto más amplio aun, un manto que les concedió una suerte de inmunidad total.
Como si se tratara de un estamento especial con una autonomía privilegiada, las jerarquías castrenses resuelven y deciden al margen de la opinión de la sociedad civil. Y uno de los aspectos más urticantes refiere a la educación que se imparte en los institutos de enseñanza militar.
A nadie consta que se hayan erradicado efectivamente en esos centros de estudio las ideas fundamentales que alimentaron la funesta doctrina de la Seguridad Nacional, a cuya sombra se instauró el terrorismo de Estado. A nadie consta que la totalidad de los docentes tengan a su vez una formación convenientemente encuadrada en el respeto a los valores de la democracia.
No es un tema menor y debe ser analizado en profundidad por la clase política. *
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