Medio Oriente: la violencia sin fin

Un nuevo hecho luctuoso viene a sumarse al largo rosario de violencia, muerte y destrucción en el Oriente Medio. Dos kamikazes palestinos llevaron a cabo un atentado en Tel Aviv que causó la muerte de 24 personas, incluidos los dos palestinos suicidas.

La respuesta del gobierno de Sharon, como era previsible, significará un endurecimiento aun mayor de las represalias contra la población y las autoridades palestinas. Por lo pronto, y en espera de acciones de mayor envergadura, helicópteros israelíes lanzaron misiles contra objetivos palestinos en Gaza.

La espiral de violencia parece no tener fin en esa región del planeta signada por la tragedia.

Nadie cuestiona el derecho a existir que tiene el Estado de Israel, que alberga a un pueblo –y su religión y su cultura– perseguido durante siglos por la intolerancia religiosa y por el racismo más absurdo y abyecto. Desde la segregación de que fueron víctimas ya en la Edad Media hasta la barbarie del holocausto, el pueblo judío sufrió mil padecimientos que horrorizan y ofenden a todo espíritu civilizado.

No obstante, esa historia de dolor y persecución no puede en modo alguno justificar la política agresiva y expansionista que caracteriza al actual gobierno de Ariel Sharon. Dentro del propio Estado de Israel cobran fuerza movimientos pacifistas que denuncian la escalada violentista y apelan a la búsqueda de soluciones no bélicas al conflicto que enfrenta a dos naciones que deberían hallar las formas de lograr una coexistencia pacífica que no es imposible.

Nunca como en las circunstancias actuales resulta más oportuna la afirmación –convertida casi en un lugar común– de que la violencia engendra más violencia. Esta trágica comprobación debería operar como un freno a las soluciones bélicas –que nada solucionan, en realidad– y un llamado a la reflexión, a la cordura y al diálogo, como corresponde a pueblos civilizados. *

 

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