El contrabando y la realidad social
Nadie puede negar que cualquier tipo de infracción a las normas legales es perjudicial para todo el conjunto de la sociedad. Toda forma de evasión tributaria significa una pérdida de ingresos al erario y, por consiguiente, implica una merma de los recursos de que dispone el Estado para hacer frente a sus erogaciones, lo que en definitiva redunda en perjuicio de la comunidad toda.
El contrabando –es decir el ingreso irregular y la posterior comercialización ilegal de mercadería extranjera– es tal vez la infracción más emblemática, y seguramente por esa razón, el gobierno del doctor Batlle, a poco de asumir, declaró una guerra abierta y sin cuartel contra el flagelo.
Al frente de la Dirección Nacional de Aduanas designó a un individuo ejecutivo y enérgico dispuesto a desarrollar una estrategia implacable para dar cumplimiento al propósito del gobierno.
Desde entonces, la sociedad asiste a operativos más o menos espectaculares que dieron la sensación de que por vez primera en muchos años se estaban asestando golpes importantes a la mafia del contrabando: remoción de funcionarios sospechosos de corrupción, inspecciones, requisas de mercadería, investigaciones a fondo, denuncias, todo encaminado a desbaratar a las organizaciones delictivas.
Sin embargo –como suele ocurrir con muchas patologías o vicios sociales– las soluciones meramente represivas pueden surtir efecto pero no atacan la raíz del mal, no operan contra el origen de la práctica que se quiere combatir. El fenómeno del contrabando –que la percepción generalizada vincula con el crimen organizado– oculta una realidad de miseria y marginalidad. En efecto, además de los grandes delincuentes que hacen fortunas con el negocio ilícito, también participan en él –con modestísimos beneficios– muchos de los desplazados por un sistema económico social especialmente injusto. El modelo concentrador de la riqueza ha destruido el aparato productivo, ha generado una desocupación sin precedentes y ha empobrecido a los asalariados.
Ante esta realidad, ¿cómo sorprenderse del incremento del contrabando? Por un lado, muchos excluidos del mercado laboral encuentran un modo de sobrevivir en la venta al menudeo de mercadería en infracción; y por otro, quienes aún disponen de un ingreso –bastante menguado, por cierto– no vacilan en consumir esos productos por los que pagan cifras sensiblemente menores que en el comercio legalmente establecido.
La existencia del mercado conocido como «bagashopping» en Salto –y la de tantos otros similares prácticamente en todo el país– responde a esa dolorosa realidad que habrá que combatir no solamente con medidas represivas. *
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