La decadencia de la política
Inmersos –según los cerebros pensantes– en la peor crisis de la historia del país, en los ámbitos económico y social, aún cuando todavía no en el político-institucional, pese a que la deriva de los hechos puede llevar también a ingresar en problemas de ese tipo, con las consecuencias imaginables, los ciudadanos de a pie anotamos algunos datos de la realidad, reforzados cotidianamente por nuevos hechos.
Queda clara la influencia de factores internacionales en la generación de la crisis, pero en la agudización de la misma, con su secuela de quiebra financiera del país, corresponde una responsabilidad determinante a la conducción política, la actual y anteriores. Como asimismo es clara la impotencia de la oposición institucional, atrasada en su expectativa de acceso al gobierno nacional, más allá de que el sector mayoritario viene ejerciendo durante tres períodos consecutivos el gobierno de la capital.
En dicho contexto –reseñado telegráficamente– el descrédito de la ciudadanía en la actividad política y en los agentes políticos cobra cada vez mayor fuerza. Pese al desmarque intentado por la oposición, la profundización de la crisis, con su secuela de urgencias, lleva a que no se puedan deslindar responsabilidades fácilmente para quienes asumen en forma profesional la actividad pública. Además, lo extenso de los plazos para el sometimiento de la gestión de los representantes públicos al juicio de la ciudadanía, conduce, en las condiciones actuales de la crisis, el desgaste colectivo. por ello, para salvaguardar la imagen de personas y sectores, algunos operadores mediáticos apelan, por ejemplo, a las comparaciones con la política y los políticos argentinos…
Las internas partidarias
Contribuye decisivamente a la decadencia de la actividad política la ferocidad de la lucha por el poder de las internas partidarias. Es este un lujo de otras épocas, o para países que no están pasando lo que el nuestro. Todos los militantes que hemos sufrido la interna bien que lo sabemos. pero también la ciudadanía lo percibe y lo reprueba. Quiere hoy formaciones políticas transformadas en un espacio de militancia respetuosa de los seres humanos que la integran, no ámbitos de disputas internas por porciones de poder donde la convivencia se transforme en el goce de los ganadores y en el calvario de los perdedores.
Se niegan así los mejores programas y las mejores propuestas. Si no hay respeto por el ser humano individualmente considerado tampoco lo habrá por el conjunto. No se podrá generar esperanza ni poner en marcha proyectos de reactivación. Vinculado con lo expuesto, vale la pena recordar el carácter de herramientas o instrumentos de los partidos o aparatos políticos, para el logro de sus fines. No son ellos un fin en sí mismo, ni existirán eternamente.
Hoy, que tanto se maneja el ejemplo del triunfo de Lula en Brasil, podemos observar la movilidad en la creación, ascenso, caída y desaparición de las formaciones políticas en aquel país hermano, lo cual no ha ido en desmedro –por lo menos no más que en el resto de América latina– de la estabilidad institucional. El clásico conservadurismo uruguayo, unido al envejecimiento de la población, hace también a las diferencias. Pero la creación de nuevas formaciones partidarias será siempre un acto de fe en el país y en la democracia.
Las acumulaciones forzadas
Asistimos por estos días a ingentes esfuerzos para concretar las acumulaciones necesarias para instalar un gobierno progresista en el 2005. Lo que debería ser un proceso natural –acelerado por las condiciones materiales actuales de vida– de sectores partidarios y ciudadanos en busca de nuevas metas para el país y los compatriotas, corre el riesgo de convertirse en una estampida de individuos en busca de posiciones de poder, con experiencia desde luego en aquellas feroces internas. En este camino se pueden llegar a asumir dialécticamente las posiciones del contrario. Y esto lo decimos desde la humildad de haber defendido con todas nuestras fuerzas –en 1994– la formación del Encuentro Progresista, en un tenso Congreso, corolario de duras discusiones. Aún cuando nunca llegamos a imaginar que la acumulación a operarse por un lado tendría su correlato, a la larga, en excl usiones por el otro.
Y como para el que no quiere sopa dos platas, LA REPUBLICA del sábado 14, ejemplificó lo que decimos, con una información y con una opinión. La información referida a un dirigente blanco de Maldonado, el cual aspiraría a contribuir, con su candidatura a la Intendencia, al triunfo del progresismo, «ayudando» a Darío Pérez –si antes no lo tira a este para afuera–, avalado por su experiencia en estas operaciones de «alta política». Las credenciales: además de «sus» 10.000 votos –argumento central– su calidad de ex funcionario de confianza de la dictadura cívico-militar, y funcionario y asesor de uno de los gobiernos más corruptos que ha tenido aquel departamento. Ello, para quien esto escribe, a este altura, no es de extrañar, puesto que hace tres años estoy expuesto a la expulsión del aparato progresista, en virtud de manifestar públicamente –como debe ser– mi disconformidad por la inclusión en la plancha a la Intendencia del EP-FA de otro ex funcionario de confianza en la dictadura cívico-militar, en el departamento de Soriano. Los trabajadores presos de la IMM, provocados en su reacción por la soberbia autoritaria de pequeños intelectuales maquiavélicos del «jet set» político, engañados y finalmente entregados, constituyen también prueba de la acumulación –exclusión practicada por la «aplanadora» de votos progresista que se nos viene encima.
Quien haya participado en algún congreso partidario, organizado por los intelectuales aludidos, sabe que las «patotas» de ADEOM son un poroto al lado de las promovidas internamente por aquellos. Lo que agranda su responsabilidad ante la prisión de los trabajadores.
Finalmente, la opinión a que hice referencia, es la de Juan Mendieta, quien en su entusiasmo por promover los «baguales» encuentristas blancos, coloca, al igual que la biblia junto al calefón, a héroes, como Leandro Gómez, con corruptos como «el olvidado» Carlos Clolow, quien vendió hace cuarenta años el voto uruguayo en la OEA para expulsar a Cuba.
En fin, ante este panorama, y para abreviar, como dijo don Miguel de Unamuno al general fascista Millán de Astray: «vencerán, pero no convencerán». *
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