Balance primario de un año terrible

 

Está finalizando un año diferente. Que no ha culminado aún  lo que significa que todavía pueden aparecer peores noticias–, que había comenzado sin grandes expectativas, pero que marcará seguramente para el país y su gente un antes y un después.

El desastre ha sido de una entidad tal que vuelve difícil el simple inventario de zonas de catástrofe, así como el abordaje de los distintos temas que preocupan a los uruguayos. El país está virtualmente paralizado y el balance que intentaremos, lógicamente inconcluso a esta fecha, presenta datos que ya evidencian la catástrofe que no se debe precisamente a la aftosa y mucho menos a un designio divino o satánico. Se trata de un proceso de largo aliento, de muchos años, que ha ido empeorando día tras día y que alcanzó puntos de inflexión importantes el 20 de junio y el 30 de julio. Proceso del que es responsable un gobierno que fue insensible al dolor de la gente o –en el mejor de los casos– incapaz de ayudarle a resolver sus problemas. Cuando me refiero al gobierno, debe quedar claramente establecido que hablo de la coalición de colorados y blancos.

Este año, al igual que en los 16 anteriores, han cogobernado los doctores Batlle, Lacalle y Sanguinetti, contando siempre con el correspondiente apoyo parlamentario que garantizaron los partidos mencionados y, siempre, aplicaron la misma política económica, esa que hoy nos deja en ruinas…

El resultado no ha sido otro que el descalabro: récord histórico en desocupación, hambre y angustias como nunca antes tantos compatriotas habían padecido; por si esto no alcanzara, el sistema de salud se encuentra al borde del colapso mientras nos cobran peajes abusivos. Hay una marcada desesperanza en los más jóvenes y una generalizada desazón en todas las franjas etarias. Nadie los votó para que hicieran esto; muy pocos deben estar conformes con esta gestión y si alguno está contento, seguramente se cuidará mucho en exteriorizarlo, porque es «quemante» y vergonzoso.

Todos sabemos a esta altura que ya nada será igual; que el Uruguay que forjaron nuestros abuelos y padres, aquel que pudimos conocer y hasta disfrutar en su ocaso, ha pasado a la historia y forma parte ya del mejor recuerdo. El nuevo Uruguay que se está gestando alumbrará –según la terminología que emplean los médicos mexicanos– un «producto» todavía desconocido pero que intuimos resultará con características diferentes a las que dábamos por conocidas o esperadas. De esto nos iremos enterando próximamente, pero es muy importante, determinante, lo que pueda ir ocurriendo durante el período de gestación, el que estamos transitando hoy mismo. Porque de la solución que tenga el problema aún pendiente de los bancos suspendidos, dependerá si tendremos un sistema financiero al servicio de un país productivo.

Según cómo se vayan encarando varios temas pendientes y abiertos a la consideración en este fin de año, será que abordaremos el cercano 2003 y los años siguientes. Pero el hecho de mirar hacia adelante no debe hacernos olvidar lo que pasó. No podemos dejar de investigar cómo fue que ocurrieron las cosas y establecer las responsabilidades en lo sucedido.

Adelantándome a las conclusiones que surgirán de la Comisión Investigadora Parlamentaria sobre el sistema financiero –y hasta la que estudiará los pésimos negocios de la Corporación para el Desarrollo–, creo no cometer imprudencia alguna si digo que seguramente hubo responsabilidades. La culpa o la complicidad deberán ser sancionadas como corresponda. Y aun si se tratara de permisividad o negligencia en los controles, habrá que proceder con el debido rigor. Porque lo que pasó causó un daño enorme a la mayoría de los compatriotas y, además, porque resulta inadmisible la impunidad. Nuestra sociedad no está dispuesta a tolerar más impunidades que las que ya tuvo que aceptar. Es hora de tomar medidas ejemplarizantes; si así procedemos, ya estaríamos estableciendo una diferencia en lo que refiere a la historia del sistema financiero en Uruguay. Claro está que más que de los bancos, estamos hablando de sus dueños: los banqueros, sin importar demasiado la nacionalidad de los mismos.

Finalizando y tratando de encontrar el lado positivo en este balance primario, que lo tiene por ejemplo en el encuentro de Simón y Sara, digo que este desgobierno ha dividido las aguas y también ha facilitado los entendimientos. Ya no es necesaria la retórica; a partir de ahora nos entendemos con mayor facilidad, con pocas palabras y a veces hasta algunos gestos bastan.

Por el fruto se conoce el árbol y nuestro pueblo sabe que tiene solamente dos opciones: o apuesta desde ya a un cambio progresista, por la reactivación del país y la más justa distribución de las riquezas, o seguirá con los coaligados, sufriendo este modelo que ya se presenta tal cual es. *

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