El principio del fin para la nueva derecha
CARLOS VIERA
En el banquillo de los acusados estuvo el modelo económico de la derecha. La solicitud de remoción de su ministro, el Cr. Bensión, era más una consecuencia natural del fracaso del único modelo que concibe y por lo tanto de su rigidez ideológica para introducir cualquier cambio. El modelo fue condenado sin levante. Aunque motivos de política menor, de parte del Partido Nacional, impidieron que se concretase dicha consecuencia natural, la batalla está ganada en lo sustancial y tarde o temprano se apreciarán los efectos de esta victoria. A nuestro entender, fue la primera vez, desde muchos años a la fecha, que la derecha debió retroceder en el plano ideológico. Hasta ahora venía a paso avasallador, ganando posiciones desde que supo renovar su programa económico. Esto, para América Latina, tuvo un hito en cierto evento, que para muchos pasó desapercibido, pero que la derecha supo capitalizar muy bien. Estamos hablando de lo que se dio en llamar Consenso de Washington. Allí estuvo el decálogo de instrucciones (mucho más que meras recomendaciones) a los gobiernos de los países que quisieran ser funcionales a los nuevos parámetros que el poder establecía a escala continental, o sea funcionales a la derecha. Fue la receta que el FMI, por supuesto insigne participante del Cónclave, estuvo imponiendo a nuestros países. Ese fue el modelo que produjo los resultados que hoy tenemos a la vista. Circunstancias excepcionales permitieron que esa aventura durara más allá de lo que merecía durar. Pero ahora cae por la fuerza de los hechos.
Estuvimos perdiendo una batalla ideológica, sobre todo en el transcurso de la década de los 90, cuando la política de la nueva derecha devino en una suerte de «populismo de derecha» ya que contó con margen para otorgar «pan para hoy» y ocultar que estaba sembrado el «hambre para mañana».
El principio del fin comenzó cuando el gobierno de coalición hizo gala de su demagogia para prometer que no aumentaría impuestos ni devaluaría el signo monetario. No sólo hizo ambas cosas en gran medida, sino que sumió al país en una crisis productiva y financiera de la cual no se tienen precedentes cercanos.
En aquellos momentos dimos batallas que no prosperaron. En el propio mes de noviembre de 1999 denunciamos que ofrecían lo imposible, que el gobierno de Sanguinetti estaba ocultando a la población un déficit fiscal que ya rondaba el 4% del PBI y que, por lo tanto, lejos de «cantar la justa» se estaba engañando a la gente. Dijimos que, por el contrario, de ganar Jorge Batlle, su ya preanunciado ministro, el Cr. Bensión, introduciría un ajuste fiscal. Desmentido que fue, los hechos hablan.
El mazazo que la suba del dólar provoca sobre los que menos tienen, no es un hecho más.
Es emblemático, porque la política cambiaria fue centro medular en los dos modelos que la derecha ensayó para sostenerse en el poder. Esta liberalización del régimen cambiario, con gran aumento del dólar, es el desenlace de un largo proceso en la vida económica del país. Sus raíces se remontan al anterior modelo que la derecha utilizó desde los años 60, en el cual convivía la alta inflación con la alta devaluación. Era una máquina de transferir ingresos, fundamentalmente desde los sectores de ingresos fijos, a otros sectores de la economía. Operaba impulsando por el aumento de la inflación, ya que con el continuo remarque los sectores empresariales recomponían sus ingresos. Luego la devaluación oficiaba como instrumento de protección -en algunos casos exagerado- a quienes producían para el mercado interno y de sostenimiento de la actividad exportadora. Por su parte, los trabajadores, que luchaban, siempre desde atrás, para evitar que la inflación carcomiese sus ingresos, denunciaban el contenido regresivo de la devaluación y su apadrinamiento por el FMI.
Así el modelo no cerraba. El movimiento sindical impedía que se concretase el ajuste contra los trabajadores. Entonces, como la historia lo registró, la contradicción pasó a dirimirse en el terreno de la represión y del autoritarismo antidemocrático, o sea terminó en dictadura. Fue entonces cuando la derecha supo renovarse y pudo hacerlo apoyándose en excepcionales condiciones favorables dadas por el fácil ingreso de capitales. Sustituyó el modelo inflacionario y devaluacionista, por otro caracterizado por la estabilidad y la apertura al exterior, que a la postre poco importaba si era además portador de exclusión social. En la década de los 90 se profundizó el atraso cambiario y con él, se dejó sin competitividad a la economía. No deterioró el poder adquisitivo de los que pudieron mantener su empleo, pero produjo un enorme deterioro sobre el aparato productivo del país. Al respecto, las cifras mandan. El salario medio medido en dólares se duplicó en la década pasada. Mientras ello ocurría, caía la producción agroindustrial, el consumo de las familias subía significativamente, buena parte del cual recaía sobre artículos importados. En este contexto, la idea de devaluar del peso fue doblemente mal vista, porque se no se la asimiló a la reversión de la revaluación, que había afectado la competitividad, sino al recorte en el poder adquisitivo del salario y porque se previó que provocaría un gran desajuste, dada la enorme expansión que había adquirido el crédito al consumo.
Este segundo modelo fue succionador de ingresos por la vía de las transferencias que realizaban los sectores productivos locales hacia el exterior y por la vía de las elevadísimas tasas de interés que cobraba el sector financiero. Y, cuando se lo mantuvo más allá de un tiempo prudencial, devino en la recesión, déficit fiscal y sobreendeudamiento externo e interno. Este modelo estuvo sostenido por los inversores del exterior, que, como es sabido, son agentes que no reparan en la situación productiva interna del país, sino en sus posibilidades de repago de la deuda. En consecuencia este modelo dejó vulnerable al país, sin armas para enfrentar cualquier tipo de volatilidad del capital financiero internacional y además, dependiente de la situación regional, también vulnerable. En este contexto, la derecha entró en una fuerte contradicción. Por un lado, no podía dejar de insistir en la política cambiaria, piedra angular del modelo. Por el otro, cayó el sustento regional y ese mantenimiento fue suicida.
A la hora de la verdad, cuando los capitales se retiran sin titubear, dejando en evidencia las falacias de ambos modelos que ensayó la derecha, es preciso poner proa hacia el modelo de país productivo, aquél donde se guarece la competitividad y los equilibrios financieros se gestan en la buena performance del sector productivo.
El desafío será grande porque, dada la gravedad de la crisis, se arrastrarán muchos problemas que limitarán el margen de acción de un nuevo gobierno. Cuanto antes habrá que ir desdolarizando la economía, estabilizando el sector financiero, dotándolo de otra estructura, superando el atraso tecnológico y los bajos niveles de inversión, entre otros muchos problemas a solucionar, para que la reactivación se abra paso. La batalla ganada nos abre una nueva perspectiva, pero ahora necesitamos sostener posiciones y seguir avanzando, porque el peor de los desatinos sería volver al modelo inflacionario y devaluacionista que nos asoló en épocas no tan lejanas. *
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