Los rastros de la vulnerabilidad en la conyuntura económica
Al respecto tenemos dos discrepancias. La primera, porque lo que el gobierno, y en particular nuestro Presidente, califica como plagas, a nuestro entender, es sólo la interrupción de condiciones excepcionalmente buenas que tuvieron lugar en el transcurso de la última década. Estamos hablando de la demanda altísima y fácil de Argentina y Brasil, de los bajos precios del petróleo, de la reducción acontecida en la tasa de interés y de algunos buenos precios para nuestras exportaciones, entre otras. Pero en segundo lugar, porque ningún país, así como ninguna organización, es concebible que adopte una actitud pasiva frente a situaciones cambiantes provenientes de su entorno, ya sea inmediato o más lejano. Es la esencia de una estrategia que siempre se tiene y que sólo un fuerte condicionamiento ideológico o quizás religioso, puede transformar en quietismo.
En nuestro caso el virus del neoliberalismo fue el causante, acá sí, natural, de la pasividad con que el gobierno se limitaba a observar cómo eran barridas nuestras empresas, cómo aumentaba el desempleo, cómo se deterioraba la producción, cómo perdíamos mercados exportadores, cómo aumentaba el deterioro social, cómo avanzaba la crisis financiera, y muchas cosas más. En consecuencia, todo efecto externo, en cualquier país que se precie, es asimilado internamente pasando por el tamiz de la política económica. Por lo tanto, aquí hay responsabilidades que asumir, porque la política económica se limitó a internar sin más, todo lo bueno y todo lo malo que vino del exterior. Cuando, por diversas razones, desde el exterior aumentó la oferta de capitales, aquí la política se dedicó a priorizar la plaza financiera y a allanarse a las condiciones requeridas para el ingreso de cierto tipo de capitales. Poco importó si los depósitos de los argentinos en el sistema bancario uruguayo eran, en gran medida, fuga de capitales de esa plaza, en busca de su blanqueo. En cuanto a la corriente que provino del mercado más global, de los inversores institucionales, la política acató sus exigencias, sin reparar si las mismas destrozaban el país productivo.
Todos sabemos que ciertas cosas como la libertad irrestricta al movimiento de capitales, la libre fijación de la tasa de interés y particularmente, la acentuada apertura económica, fueron los factores que sustituyeron, lo que en otros tiempos requería un ejército para la toma de nuestra plaza. Destaquemos acá que otros países no se allanaron tanto. Así Chile y Brasil, en su momento, fueron selectivos al admitir el ingreso de capital financiero, desestimulándolo con gravámenes cuanto más corto fuera el plazo del depósito.
Las fuentes de la vulnerabilidad
Ahora bien, muy bonito, entraron y entraron dólares. Como si fuésemos nuevos ricos nos dimos varios lujos con tanta holgura de recursos. Algunos los rebotamos de nuevo hacia el exterior, lo que se llamó «banca off shore».
Otros los internamos para otorgar caros créditos al consumo, de tal forma que los uruguayos tuviéramos con qué adquirir los productos importados que las empresas transnacionales, generalmente socias de los bancos, nos vendían ya totalmente elaborados. Otros los convertimos en reservas internacionales y los exhibimos en una vitrina muy endeble, a la que llamamos solidez, creyendo que con ello impresionaríamos positivamente a los inversores. Y saben qué: todo fue fuente de vulnerabilidad.
A la hora de la verdad, los capitales argentinos se repliegan por lo que sucede en su plaza, dejando en evidencia de que no debió de admitirse la existencia de vasos comunicantes entre el ahorro externo de corto plazo proveniente de un mismo lugar y nuestra pequeña economía. O sea generamos una gran vulnerabilidad respecto a lo que pudiera ocurrir en un lugar determinado. Vulnerabilidad también, porque no es ético, ni habla bien de la solidaridad latinoamericana y en el Mercosur, oficiar de vehículo para la fuga del dinero argentino y pasar a depender de la continuidad de tal cosa. Vulnerabilidad porque abusamos del crédito fácil captado por emisiones de bonos del tesoro. Hicimos alegremente «la calecita» pero quedamos expuestos al humor de las Calificadoras de Crédito. Vulnerabilidad porque llegamos a concentrar más del 50% de nuestras exportaciones en Argentina y Brasil, con total irresponsabilidad porque daba que pensar que sus respectivos modelos carecían de adecuado marco para su sustentación en el largo plazo. Y por último, y no menos importante, descargada la crisis recurrimos al Fondo Monetario Internacional y quedamos vulnerables frente a sus condicionalidades. Tanta vulnerabilidad, a la hora de la verdad, nos abrió frentes en tres áreas de la economía.
Los frentes de batalla en la crisis financiera
El primer frente es el de los pagos de la deuda pública en moneda extranjera. Los vencimientos de bonos del tesoro ahora hay que afrontarlos sin la posibilidad de encontrar nuevos inversores, de tipo institucional o provenientes de Argentina, que sustituyan o los que son amortizados. Entre lo que queda de pagar este año y el que viene, estamos cerca de los 2.000 millones de dólares. Si no los pagamos caemos en default.
El segundo frente es la «corrida de los depositantes» en el sistema bancario. Para detenerla se instrumenta el uso del crédito del FMI por U$S 2.500 millones, con lo cual, el eventual éxito, será al costo de sacrificar la reactivación económica y la emergencia social, y ello a la larga, será el precio más caro de todos. Sobre todo porque parece que las experiencias anteriores no existieran. Como si la política de priorizar la plaza financiera no hubiera ya tenido enormes costos, como si no se hubieran, una y otra vez, convocados a banqueros estafadores.
El tercer frente es el enorme déficit fiscal. Aunque no ha sido explicitado, parece obvio que los recursos obtenidos en préstamo, no son suficientes para cubrir los dos frentes anteriormente señalados, ni para reactivar, ni para la emergencia social. Entonces el déficit fiscal de U$S 900 millones no se podrá financiar con endeudamiento, como ha sido la tónica en años anteriores.
Queda abierto el camino del nuevo ajuste fiscal y, en última instancia, él de la emisión monetaria. Pero, no nos cansaremos de recordar que hay límites para el voluntarismo del ajuste del gasto público.
Está el gasto superfluo, ligado desde tiempo atrás al clientelismo, a la publicidad oficial y al aparato militar. Hay que bajarlo, con menor o mayor gradualismo, según los casos. No estaremos hablando de lo esencial, pero hay que bajarlo. Seguramente el gobierno no lo va a hacer. Entonces, habida cuenta de que estamos hablando de cifras tan altas para el ajuste, nos tememos que la emprendan contra el gasto social. Lo hacen cuando ahorran en el pago de salarios y jubilaciones por la vía de no convalidar la inflación al momento de determinar los ajustes salariales. Pero también lo hacen si reducen servicios indispensables para los más necesitados, sobre todo en términos de gastos en salud, educación y seguridad social que ofician como si fueran salario para las capas más necesitadas. Pero alertamos una vez más, este no es un gasto prescindible, es como no abrir el paragua de los pobres y eso tiene límites.
De eso los argentinos han tenido sobrada experiencia. *
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