Recién ayer murió el "gradualismo"

CARLOS SANTIAGO

 

Muchos uruguayos atentos y memoriosos recuerdan las veces que Jorge Batlle y Alberto Bensión afirmaron que la política cambiaria gradualista se mantendría hasta, por lo menos, fin de año. Hace tan solo un mes el ministro de Economía reiteró su planteo, agregando la misma frase de ayer luego de quebrar la siniestra mecánica gradualista: «Creo que estamos en el camino correcto».

Muchos otros, todos los que creyeron en esas reiteradas afirmaciones y actuaron en consecuencia con sus economías empresariales o personales, hoy se deben estar acordando de más de un familiar del Presidente de la República y de su ministro, indignados hasta el paroxismo por los perjuicios, todavía incuantificables, que les ha provocado haber creído en esas afirmaciones.

Desde ahora, ni tirios ni troyanos –si todavía quedaba algún rezagado en las expectativas y no exponía reparos ante esas verdades «reveladas»– creerán en nada más, por cuanto el último concepto que parecía mantenerse inalterable en el marco de la política económica, era el llamado gradualismo que se expresaba a nivel cambiario por un sistema de devaluación diaria con banda de flotación.

Ayer, luego de varios años de práctica económica y teoría desmelenada, defendiendo ese sistema de empobrecimiento paulatino de los uruguayos , de caminar hacia el precipicio con los ojos abiertos, se resolvió modificar lo actuado e ir a un sistema de flotación (¿sucia?) cuya aplicación detonó un verdadero cataclismo en el mercado de cambios.

Sin duda esta medida, inopinada para la mayoría, no lo fue tanto para algunos estudiosos que hacían un seguimiento de los números de la economía y habían advertido que el sistema gradualista estaba liquidando al país en un goteo paulatino de empobrecimiento cuyo nivel de equilibro –desde la devaluación de Brasil de enero del ’99 hasta el día de ayer– no se había podido encontrar ni avizorar en el horizonte. Desde que Uruguay perdió la competitividad en aquella fecha trágica para nuestra economía, el gobierno pasó desde una soberbia fuera de época expresada en la última etapa del gobierno de Julio María Sanguinetti, quien sostenía, junto a su ministro Luis Mosca, que la inflación en el país norteño reduciría rápidamente la brecha cambiaria.

Creían que por la vía del gradualismo se podría sortear las dificultades, hasta llegar a la inconducente, tozuda y dogmática política de banda de flotación, que siguió aplicando el actual gobierno, provocando una serie de efectos sobre la economía, cada uno de ellos más negativos.

La actual devaluación de hecho mejorará las posibilidades de los exportadores y la situación de aquellos productos que compiten en el mercado interno con los importados. Sin embargo, a más de cuatro años de la devaluación brasileña, podemos decir que el tiempo perdido fue inmenso y, por lo tanto, el efecto de la medida será bajo, especialmente si se tiene en cuenta que el mecanismo productivo del país se encuentra herido de muerte.

Muchos ya han quedado definitivamente por el camino y otros productores e industriales subsisten en una situación de práctica hibernación, de la cual sólo podrían escapar con capital de giro que hoy, con los actuales costos financieros, es imposible de acceder.

Obviamente es una medida que llega tarde, que se debió haber adoptado por lo menos hace cuatro años y que carece –¿cómo le podríamos pedir esa comprensión a este gobierno?– de una imprescindible contrapartida para evitar el deterioro de quienes, endeudados en dólares, pagarán los platos rotos.

Por otra parte se debe presumir un importante rebrote inflacionario que, por el efecto que está teniendo la falta de capacidad de compra de la gente, aplastará dentro de una tendencia en general alcista a los precios minoristas y llevará al alza de los mayoristas, provocando distorsiones que implicarán una mayor y más rápida destrucción de riqueza. A esto los trabajadores y jubilados asistirán con un bolsillo más flaco al que los arrastrará el crecimiento de precios (inflación), especialmente de insumos básicos: combustibles, insumos importados como medicamentos, transporte, tarifas públicas, etc.

En definitiva, una medida fuera de tiempo, que muestra las contradicciones de un gobierno que, seguramente, deberá pagar el desastre que ha provocado con una modificación de su elenco. Quizás aparezcan nuevas caras, pero ello no quiere decir que algo se modifique.

La crisis uruguaya está muy lejos de comenzar a sortearse. *

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