Lo que no se arregla con lagrimones
Por lo pronto, consideramos que el lamentable episodio protagonizado en los últimos días por el Sr. Presidente de la República, no será ajeno al desenvolvimiento de los hechos económicos, como tampoco lo será, si este mismo Presidente persiste en ignorar que el deterioro de la situación social está exigiendo respuestas rápidas y drásticas.
Esta actuación, pensamos que al menos, servirá para que se deje de adjudicar a factores del exterior toda la responsabilidad de la crisis que el país soporta.
Esa versión, por más que se repita diez veces, no se transformará en verdad.
Porque, al respecto cabe recordar: ¿Quién ligó nuestra economía a la argentina? ¿Quién dio por muy bueno el modelo rioplatense, de corte neoliberal, exageradamente aperturista y excluyente? ¿Quién simuló hacer una reforma del Estado que sólo produjo mayor gasto y dejó intocados los males causados por el clientelismo? ¿Quién aplicó una reforma de la seguridad social, similar a la de Argentina, que no sólo fomentó un individualismo atroz, sino que comprometió el equilibrio fiscal y los márgenes de endeudamiento del país? ¿Quién particularmente implantó aquella plaza financiera que devino luego en este sistema financiero problemático de hoy?
Cada una de esas acciones, no le cayeron al país como peludo de regalo.
Fueron expresas medidas económicas de los últimos gobiernos de coalición, cada una de las cuales fue clamorosamente aplaudida por el FMI.
Ese mismo FMI que también supo dar su bendición al modelo argentino y ahora es incapaz de reconocer que se equivocó, como le pasó en todas partes del mundo, tal como lo está denunciando el último Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz.
¿Siete plagas?
Porque si todos los problemas viniesen de afuera, como si fueran las siete plagas de Egipto, podría inferirse que el gobierno no fue responsable, nada pudo hacer, y es más, ningún otro gobierno hubiese podido hacer algo distinto. Pero la situación actual es ilustrativa al respecto. Cuando la crisis se profundiza y la situación productiva y social se tornan dramáticas, los sectores sociales y la oposición política replantean con vigor iniciativas y propuestas para la emergencia, pensadas, por lo menos, para descomprimir la tensión social existente y poder luego transitar hacia las verdaderas soluciones. Igual que antes, el gobierno las desestimó y decidió encarar sólo esa tarea, reafirmando su propia línea y excluyendo a más de medio país.
Por nuestra parte no quisimos poner piedras en el camino. Pero lo que debimos suponer es que el propio gobierno se encargaría de ello. Porque ¿qué clase de credibilidad y confianza se le puede tener al país gobernado por quien comete semejante despropósito? Los que honestamente pudimos pensar que no era la hora de cobrar facturas, sino que de lo que se trataba era de remar todos juntos en procura de una salida, fuimos sorprendidos en nuestra buena fe.
Porque fue de no creer. Quien se encargó de estropear el timón fue el propio capitán. Pensando en el sentido más constructivo, es posible concluir que, una vez más, lo que primó fue el condicionamiento ideológico. Nuestro Presidente debe seguir creyendo firmemente, que el modelo económico rioplatense es muy virtuoso y que los viciosos fueron los políticos argentinos que lo aplicaron y que con su corrupción lo estropearon todo. Debe pensar que el mismo modelo practicado acá con políticos de probada honestidad (haciéndose el distraído de la mentada propuesta en dólares de seis ceros) no va en camino de estrellar el barco contra el acantilado, sino que le basta con reparar los daños causados por el barco vecino que habíamos amarrado al nuestro. Pero no es así, y el episodio tendrá sus consecuencias. La grave acusación que se nos formula, en represalia a las declaraciones de nuestro Presidente, vuelve a levantar la ola que nos puede sumergir. Pero reconozcamos que en este insuceso no todo fue malo.
Una banca que no sirve
Aunque en el peor momento, lo hecho por el Sr. Presidente tuvo una virtud. Quedó de manifiesto lo que siempre supimos acerca del rol de nuestro sistema bancario y del secreto que ampara sus actividades, en relación a la fuga de capitales argentinos. Puso de relieve que esa banca no le sirve al país ni contribuye a la consolidación del Mercosur. Esa tarea era la siguiente en la agenda, pero para encararla había que transitar por aguas tranquilas, con otro timonel y navegando en otra dirección. Y también tiene la virtud de poner sobre el tapete que no puede concebirse que el crédito del FMI sea utilizado en asistencia financiera a esa banca. Es dinero a cargo de futuras generaciones. En todo caso, debe ser utilizado para dar garantía a los depósitos en el Banco de la República, sin perjuicio de que en esa institución, sabemos que hay asignaturas pendientes que afrontar. Habrá que pensar en una verdadera reestructura del mayor banco oficial, donde se gastó una millonada en consultoría y los resultados no están a la vista.
Dijimos al comienzo que no solo lo político influye sobre lo económico. También lo social. Ciertamente, quienes ven un paralelismo entre la crisis argentina y uruguaya en función de la similitud de los modelos, señalan muchas coincidencias en los respectivos procesos sociales.
Pero hay también algunas diferencias. El llanto de Cavallo ante los jubilados no tenía su símil en el proceso uruguayo. Esta situación que origina los lagrimones de nuestro Presidente no es asimilable.
Por eso, cuando lo vemos llorisquear porque hizo el papelón del siglo, nos preguntamos por qué ese llanto no surge, por lo menos, cuando se enfrenta al drama de la gente desocupada, o al de tantos compatriotas que hoy tienen cortados sus servicios esenciales básicos. *
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