CONSTATACION DE UNA FORTALEZA
La crisis de 2002 produjo desastres, desconfianza y pérdida de riqueza pero, además, generó una salida basada en disciplinas y normas que hoy se constituyen en las fortalezas principales de una sociedad muy expuesta a los avatares de una nueva crisis. Una de ellas es la contribución del nuevo sistema de seguridad bancaria a la disminución del riego generado en el financiamiento del elevado consumo de las familias.
El impacto de la continuidad del consumo de las familias cuando ya han transcurrido cuatro meses largos del ingreso de Uruguay al cono de sombra de la crisis comienza a ser uno de los motivos de atención y cierta preocupación. Los datos que se manejan en la discusión, actualizados al fin de octubre, indican un aumento de la contratación de créditos bancarios y la utilización de las tarjetas de los emisores regulados por el BCU que, en principio, no debería causar mayores preocupaciones. Las preocupaciones son un poco mayores si se incorporan a ese análisis de riesgo presunciones de dificultades en el mantenimiento de la capacidad de pago en las áreas marginales o no reguladas de la contrataron de crédito. En ese universo en el cual no funciona ni la ley de usura ni autorregulación alguna, la financiación del consumo opera en las formas más sofisticadas de la ingeniería financiera y el marketing. Allí hay un problema cuya dimensión en escenarios más estresados pudiera activarse contribuyendo a producir situaciones que, luego, no son explicables en su expresión de descontento social, gremial o política.
El gobierno y el BCU tienen escasos instrumentos para registrar y controlar lo que sucede en ese ámbito en el cual la propensión marginal a consumir es muy elevada y los oferentes de crédito actúan sobre garantías más sólidas derivadas de la mejora de las garantías reales y la reconstrucción de las redes de solidaridad social y familiar.
En esos márgenes, cada intento de fiscalización, genera una oportunidad mayor para los peores especuladores. Allí hay un flanco abierto a la estabilidad que sólo puede ser enfrentado si el discurso político y económico genera señales fuertes, capaces de funcionar como advertencias al expuesto consumidor.
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