ANALISIS NACIONAL

La ruptura del contrato del Gas, la recordación del Bloqueo

Saber quién es aquel con el cual uno decide compartir un proyecto o los elementales usos de vecindad debería ser lo primero en la relación corriente de los hombres y mujeres y, debería ser también hace un buen rato, lo primero a tener en cuenta cuando un país como Uruguay firma contratos de los cuales depende la soberanía misma del país. Admito que es una consideración polémica en varios sentidos. Pero admítase que el episodio del gas con la Argentina ha terminado de convencernos, a todos, que no es posible mantener ningún tipo de contrato exigible con un país que por las razones que sean no está en condiciones de responsabilizarse como nación de los contratos que firman sus funcionarios. Si en Uruguay hubiera reguladores independientes del juego político, deberíamos estar demandando a los funcionarios que por acción u omisión estamparon sus firmas en contratos preñados de riesgos de todo tipo, como el que se acaba de caer. Si la Ursea fuera realmente un regulador responsable en su independencia, sólo enjuiciable por la ciudadanía a través del Poder Legislativo o el Judicial, deberíamos preguntarnos por qué no elaboró y difundió a tiempo el riesgo asociado a contratos como el que se acaba de caer. Pero ese, aun con la gravedad que tiene, no es ahora el problema principal.

La ruptura unilateral, en toda la línea formal y de principios, del contrato de abastecimiento de gas, enfrenta a Uruguay en una situación de bloqueo de la misma calidad de la ejercida sobre los puentes a raíz de la excusa de Botnia. Ya nos estaba sucediendo con la ruptura argentina de cuanto contrato exigible en el Mercosur o ante la OMC afecta la competitividad y los estímulos a la radicación de inversión productiva. Pero esto de ahora tiene más visibilidad, es más expresivo.

La ruptura del contrato del gas no es un problema que el gobierno y la sociedad uruguaya puedan darse el lujo de considerar como un mero problema de costos agregados. Implica una renovación admitida y/o estimulada de las señales que a nivel federal o provincial, Argentina difunde al mundo y al propio interior de la región: Uruguay cuasi Banda Oriental, es un espacio dependiente, no puede diferenciarse de ellos en lo más caro y apetecible en modernidad: el respeto de los contratos.

Sería infantil continuar discutiendo la reformulación de un programa de cambios e inclusión social fingiendo demencia frente a la reiteración permanente de señales de un socio que se empeña en mantenernos encadenados a sus riesgos institucionales. Todos los éxitos eventuales del cambio serían temporales expuestos a la implosión del riesgo soberano. Este ya no depende de ratios de deuda o fragilidades bancarias inexistentes. Es una función directa de cómo pondera el bloqueo como amenaza. No es un problema de frontera pero se multiplica desde ella. No precisamos esforzarnos en entender los eufemismos de los dictámenes de las calificadoras para entender por qué Uruguay paga tasas crecientemente cercanas a las argentinas y cada vez más elevadas que las de Brasil.

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