BONHOMIA AGROINDUSTRIAL: DIFICULTADES DE INTEGRACION DEL PRODUCTOR NACIONAL
A comienzos de los noventa la Oficina de Programación y Políticas Agropecuarias del MGAP encargó a una empresa encuestadora la inclusión en una de sus encuestas «ómnibus» una aproximación a la caracterización del productor agropecuario. En aquel momento se buscaban datos para intentar diferenciar las políticas sectoriales específicamente vinculadas al fomento productivo desde una caracterización más precisa del productor y sus relaciones de mercado, incluyendo las institucionales. Paralelamente comenzaba a bucearse en los diagnósticos y esbozos de políticas de pobreza específicas
para el medio rural. Ya se sabía entonces que esas políticas asistenciales no podían confundir ni confundirse con las políticas de fomento o regulación productiva. Luego el INE amplió a la profundidad del agro su Encuesta de Hogares y hoy sabemos casi todo lo necesario para orientar las políticas asistenciales en el campo. Sabemos por ejemplo que allí no existen desocupados, ese mal endémico es ciudadano y se activa multiplicado por la migración rural. El Estado tiene un mapa humano preciso de la pobreza rural y tiene una idea también respecto a lo que puede hacer en materia de colonización. El diseño de los instrumentos de promoción de la inversión ha incorporado el estímulo a la descentralización y el fomento del empleo, o lo que en el Uruguay profundo supone el fomento de la radicación familiar. Esto llevará su tiempo pero hay allí una línea correcta sobre la cual trabajan las políticas que tienden a fracturar o enlentecer al menos la migración hacia la ciudad con alguna expectativa esperanzadora, estimulada ahora por el uso intensivo insoslayable de la tierra.
Pero nos hemos alejado mucho del conocimiento de la estructura social de la producción agropecuaria; de lo que hoy son nuevas relaciones de producción, complejas, globalizadas. En esas nuevas estructuras de la producción han habido cambios fenomenales que, entre otras cosas explican la crisis de representación que vive el sector agropecuario hace ya un buen tiempo. En síntesis y como apertura de una discusión futura, da la impresión que las escasas políticas de fomento de la producción no están siendo diseñadas sobre la base de un mapa actualizado de la nueva estructura social de la producción agropecuaria. Y esto no tiene nada que ver con aquellos problemas del asistencialismo y la colonización que van por otra vía, sino con el riesgo de perder una oportunidad de diseñar políticas de promoción productiva más eficientes y ajustadas a las características de un proceso irreversible. Un ejemplo es lo que está sucediendo con la soledad de los productores nacionales enfrentados a la opción de integrarse en dicho proceso de «extranjerización» o vivir como rentista agrario o financiero: no hay manera de integrar a los empresarios y productores nacionales a esa fenomenal dinámica creada por la inversión externa en los complejos agroindustriales porque continuamos desconociendo cómo se articulan el capital agrario original y el capital financiero en mercados de oferta pública.
Sin mercados de capital de concurrencia común, sin promoción de instrumentos financieros, sin promoción intensa de una cultura de cobertura de riesgos propios, los empresarios y productores uruguayos renuncian de hecho al juego global. Algunos lo saben y venden a tiempo o ceden sus campos en arrendamiento; otros simplemente venden. Mientras pueden.
Compartí tu opinión con toda la comunidad