Uruguayos. Tenemos una tendencia insufrible a comentar las desgracias del otro

Reacciones veraniegas frente a la crisis del otro

En un escenario externo dominado por una crisis del sistema diferente a las previas, los uruguayos comentaremos los defectos ajenos, cada vez más lejanos a una ambición de utilización nacional de las oportunidades que genera la extraordinaria convulsión externa. De ella emergerán cambios cuyas oportunidades volvemos a despreciar.

Los uruguayos tenemos una tendencia insufrible a comentar las desgracias del otro. Hallamos en ello una satisfacción enfermiza. Expiamos lo nuestro en lo que le pasa al otro. Desde atrás. Ni nos comprendemos en ese drama ni, en tanto, logramos siquiera entrever los desafíos u obligaciones consecuentes.

Frente a la crisis financiera y económica que asola el mundo, los periodistas son demandados para hacer el relato más o menos enterado de aquello. Nadie parece necesitar más que una traducción prolija. Esa persistencia de la exclusión nos enfrenta ahora a la reedición de conductas que caracterizaron a los uruguayos en todas las crisis del siglo pasado.

Cada vez más globales, cada vez más internalizadas en el corazón del sistema en el cual vivimos, querámoslo o no. No supimos ni quisimos diseñar la reinstitucionalización democrática imaginando una articulación ambiciosa con la crisis de principios de los ochenta; infantilmente nos prendimos a principios de los noventa a una propuesta defensiva de Brasil y Argentina enfrentados a las consecuencias de la crisis del 87; volvimos luego a ajustar con tanta displicencia como mediocridad nuestras cuentas afectadas por las reiteradas crisis de fines del siglo pasado.

Lo hicimos lo mejor que pudimos. Tan bien como le correspondía a un país mal educado y carente de ambición alguna. Sencillamente, ni la crisis era responsabilidad nuestra, ni ella contenía ningún valor y estimulo de cambio endógeno. Así vivimos nuestras propias crisis recientes, bien propias por cierto.

En el 99 incapaces de entender que aquello que Brasil resolvía con un fuerte ajuste del tipo de cambio y una política monetaria más fuerte aun, rebosante de disciplinamiento y modernidad instrumental, iba a deparar consecuencias terribles para un Uruguay que crecía por entonces a tasas similares a las actuales. O en el 2002, incapaces de operar activamente frente a un desenlace previsible de la crisis regional iniciada en los «otros» y «pobres» vecinos varios años atrás.

 

Ellos, allá

En el día de hoy un comité de emergencia reinstalado en la Casa Blanca intentará enfrentar con un paquete de medidas la progresión de una crisis fenomenal del sistema financiero. Que por si no se sabe, es global y transcurre en un medio que se asemeja a algo así como la estructura arterial del cuerpo humano. No importa dónde se quiebre: los aneurismas son más o menos graves pero no hay célula que no padezca el accidente. Ahora el aneurisma ha ocurrido en la misma aorta del sistema. La progresión de la crisis no es periferia-centro-periferia. La crisis ha implosionado en el corazón del sistema financiero norteamericano y la institucionalidad reguladora, prácticamente declarada incapaz para prever el desborde de la ambición de los emprendedores más audaces.

Mientras en Washington comenzarán a utilizar los poderosos instrumentos disponibles para restablecer los equilibrios, en Uruguay intentaremos reprogramar algunas metas para que las consecuencias de la crisis y sus paliativos no nos golpeen más de la cuenta. De tal manera el MEF le pedirá algún esfuerzo extra a la DGI en materia de recaudación, el Banco Central distenderá lo que pueda su política monetaria y el gobierno será un poco más permeable a los problemas que expondrá el empresariado criollo nuevamente «sorprendido» por la crisis de los otros. Probablemente los sindicatos sean un poco más sensibles a los nuevos problemas y estén más dispuestos a que sus bases acepten pautas de negociación salarial relativamente razonables. Quizás, incluso, instalados en ese escenario, el diseño de la nueva rendición de cuentas deje de ser esa espada de Damocles que pende sobre la estabilidad y la propia sustentabilidad política del cambio.

 

Nosotros, acá

A partir de mañana comentaremos ese paquete americano e iremos avanzando en el interminable estío uruguayo aguardando las correcciones y compensaciones que nuestro gobierno dispondrá. Pero seguramente volveremos a enfrentarnos a ese grandioso panorama de crisis desde la omisión de la ambición propia de un paisito que sigue revolviéndose en su lecho pequeño y engañosamente protegido. Nuestros temas de conversación inteligente irán desde como mejorar el crédito de un sistema bancario que ahora padecerá una contracción fuerte de ingresos dada la baja de las tasas externas, hasta cómo se empalma la continuidad de la redistribución del ingreso con las nuevas exigencias fiscales. Temas tan arduos como menores. Quizás lleguemos hasta una rediscusión más saborizada de política sobre la política exterior del país, dado los cambios que anuncia la prensa en el gabinete. Pero no iremos mucho más allá. Carecemos de aquella ambición y no poseemos las palancas que nos permitirían pensar y actuar situados plena y activamente en el escenario de la crisis No podremos apreciarla como una oportunidad preciosa para acelerar y mejorar los cambios allí dónde realmente importan: en el mejoramiento violento de nuestra propia institucionalidad, discusión que por definición esta vinculada a valores. Para citar un solo ejemplo que quizás ayude a entender lo que estamos intentando explicar: en la perspectiva histórica nuestros descendientes leerán con curiosidad cómo, en un escenario global fantástico, los uruguayos nos enfrascamos en una reforma de Estado que no príncipe en un capitulo atento a la utilidad real de tal aparato frente a amenazas y oportunidades que nos están desafiando.

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