Inflación, gobierno y poder
En los próximos días, a partir de mañana, el Instituto Nacional de Estadísticas deberá difundir tres resultados de sus encuestas mensuales, los cuales podrían imprimirle a la discusión económica y política nuevos matices. Uno de esos resultados indicará en cuántos puntos ha sido superada la expectativa de inflación de setiembre, que quince días atrás rondaba el 0,2%. Si el porcentaje se sitúa entre dicha expectativa y el 0,5% se habrá comprobado que por noveno mes consecutivo la inflación permanece fuera del rango programado.
Si el porcentaje fuera mayor, la inflación anualizada se aproximaría a dos dígitos, imprimiéndole a la discusión y la acción estabilizadora del gobierno un nuevo dramatismo. En estos días, además, el INE deberá difundir su encuesta de empleo y en unos días más, la evolución del ingreso real de los hogares según provengan del salario, las pasividades, las rentas, el trabajo por cuenta propia u otros ingresos.
En las condiciones en las cuales se está moviendo el gobierno y los afectos societatus actuales, estos resultados podrían tener un potencial desestabilizador importante. Más que por lo que dirán respecto a la coyuntura, esos datos presentan un potencial de riesgo considerable por cómo serán explicados y en que perspectiva de la política los diferentes grupos de poder van a querer utilizarlos.
Sorpresas anunciadas
El gobierno ha sido sorprendido por el proceso inflacionario no porque no lo advirtiera en su núcleo duro, intelectual y ejecutivo, incluyendo al propio Presidente. Lo ha sido porque el desequilibrio advino sin que hubiera trabajado suficientemente en el diagnóstico y la comprensión del problema, punto de partida elemental para cualquier estrategia. En tanto, no dispone de un plan contingente claro para preservar los riesgos de indexación creciente, ni tiene un plan discutido y elaborado para incorporar a sus aliados ante circunstancias como las actuales.
En consecuencia, tampoco este gobierno tiene una alternativa de comunicación capaz de encontrarse con la especulación que precipita el surgimiento de adversidades importantes en el escenario de bonhomías predominantes que ha disfrutado desde su instalación.
Es sintomático observar cómo en otras áreas de adversidades probables el gobierno ha logrado prepararse: en materia de financiamiento, por ejemplo, los nuevos costos y problemas para acceder al mercado privado del crédito han sido adelantados por una acción profesional y comprensible de emisión y gestión de deuda. Si el gobierno no hubiera previsto lo que sucede ahora, no sólo nos enfrentaríamos a riesgos nuevos sino que el endeudamiento sería un tema de debate y controversia fuerte.
En materia de inflación, sin embargo, eso no ha sucedido y aquellas adversidades externas e internas sobre las cuales alertaba tímidamente el BCU en sus informes trimestrales de política monetaria desde diciembre pasado no han sido enfrentadas desde la política. Hay varios ejemplos: desde el retraso en utilizar la política monetaria para hacer lo que tiene que hacer el BCU frente a riesgos que prevé y por alguna razón no puede enfrentar con sus instrumentos, hasta la persistencia de un cierre comercial de viejo cuño proteccionista mercantil que mantiene cuanta barrera paraarancelaria se ha inventado en este país en los últimos ochenta años.
La diferencia entre la conducta en materia de gestión de deuda y gestión estabilizadora es que a cualquier gobierno y a éste también le cuesta reformar las viejas relaciones de producción con sus patologías, injusticias y riesgos para la democracia.
Esas viejas relaciones de producción, en cualquier mercado del mundo, están indicadas por los precios relativos. La formación de los precios es reflejo del estado del poder, y en este país subsisten sin cambios de naturaleza alguna, vértices de un poder fuerte y disperso, enfrentado a la institucionalidad democrática. Dada la estructura social de la fuerza política en la que se apoya, era obvio que a la hora de enfrentar cualquier intento fuerte de gestionar cambios en esas relaciones de producción, este gobierno iba a tener dificultades de todo tipo.
El problema no es la inflación sino las respuestas
Pero el problema ya no es la inflación sino cómo la enfrenta el gobierno de aquí en más. La primavera solucionará el problema de hortalizas y frutas a la vez que traerá otros problemas en materia de precios de bienes y servicios. Los riesgos de indexación salarial y de la renta están instalados y no van a cambiar por pactos o acuerdos de ninguna naturaleza. Presumiblemente el gobierno se ha asustado y veremos en los próximos días un empeño de enfrentamiento más serio y profesional al desequilibrio.
El problema no es ya la inflación ni las medidas «duras» que el gobierno adoptará para preservarnos y preservarse de males mayores.
El tema es, de nuevo, las señales de cómo hará estas cosas. Y hay señales que indicarán hasta dónde el gobierno se siente débil o fuerte para actuar en el nuevo escenario con probabilidades de éxito.
Si a todo lo que se hará profesionalmente se le agregarán nuevas concesiones fiscales como la rebaja del precio del boleto, por ejemplo, estaríamos ante un problema mayor: el de la credibilidad. Si todos los precios comienzan a ser toqueteados para que el IPC no se desborde de cierto límite, no estaríamos muy lejos de hacer lo que hizo la presidencia argentina metiendo la mano en el Indec. En un mes los argentinos lograron postergar el aluvión inflacionario en el papel y eso les costo una institución esencial. En Uruguay hay ahora una sospecha al respecto y eso es lo que ni este gobierno ni nosotros podemos admitir en silencio. *
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