La ola global integra plenamente a un país que necesita operar en ella con más convicción
Los procesos que modifican las estructuras productivas avanzan con una velocidad que es difícil de seguir tanto en el registro del cambio productivo como en los de la propiedad. Los cambios están afectando realmente a las relaciones de producción tradicionales y ello, en general no se motiva en la aplicación de políticas sectoriales, sino en el decurso natural de un juego global que, ahora comprende plenamente al país. Las políticas sectoriales tienen efectos marginales en la nueva productividad que viene alcanzando el país, mientras los equilibrios y disciplinas que mantiene el gobierno y la sociedad activan y dinamizan esas transformaciones. Uruguay viene haciendo las cosas relativamente bien en lo esencial; su gobierno, la oposición y las propias corporaciones se manejan con distintiva responsabilidad en el entorno de una periferia que se enfrenta a los nuevos desafíos con problemas de toda naturaleza. La racionalidad intima del quehacer político y económico aunque escasa, es suficiente para catalizar un proceso de transformaciones bruscas, originadas esencialmente en la frontera. Hace un tiempo Ricardo Lagos en una magistral conferencia dictada en Montevideo anticipaba cómo iba a suceder esto. En esa línea, Uruguay ha mantenido la apertura de su economía y evadido las tentaciones mayores de intervención en los mercados. El crecimiento del intervencionismo estatal permanece vinculado casi exclusivamente a las experiencias de contención e inclusión, tan necesarias como soportables presupuestalmente, por ahora al menos. Es cierto que los reflejos de la vieja política complican las cosas, obligando a los privados a interpretar adecuadamente señales que más que realidades anticipan escenarios preelectorales hacia los cuales concurren los políticos con admirable imaginación, a veces. Pero, básicamente, las señales del gobierno de la izquierda indican la dominancia de su madurez íntima. Más allá de la traducción política que hace la oposición y los perdedores a nivel empresarial, son escasos los intentos de cambiar las reglas de juego como no sea en el intento de modernizar viejos códigos. Es cierto que la desconfianza se mantiene y que cualquier señal de cambio de esas reglas de juego es rápidamente multiplicada. Es el caso de la modificación del régimen de devolución de impuestos indirectos que acaba de instituir el gobierno, alterando no sólo el defectuoso régimen previo, lo que está muy bien, sino la promesa del mismo gobierno acerca de cómo se instrumentaría el cambio. En función de una necesidad de financiar una experiencia de promoción de la inversión, el Ministerio de Economía redujo la devolución de impuestos indirectos a la exportación sin considerar los estudios y habilitar la devolución real de esos impuestos contabilizados uno a uno. Más allá de la afectación sobre los resultados de algunas empresas, la decisión ministerial reactivó aquella desconfianza en la intervención ciega y voluntarista del Estado, alentando la sospecha de que este tipo de cosas pudiera multiplicarse al extremo si cambiaran minimamente los escenarios de bonhomía actual y alguien se pusiera nervioso en demasía.
Decisiones
Fuera de este tipo de problemas, los cambios están removiendo unas cuantas costras del proteccionismo y el clientelismo. La calidad de las relaciones de producción continuará mejorando si las relaciones del capital, el trabajo son cada vez más apropiadas para participar plenamente en mercados cada vez más abiertos, globales y competitivos. El juego comprende plenamente a Uruguay y el país puede enfrentarlo de dos maneras. Oponiéndose a él realmente, o entendiéndolo y aceptando los deberes de reestructura impuestos sin remilgos que lo único que producen es una costosa pérdida de tiempo. Ello no supone renunciar a ninguna soberanía porque la soberanía es, como la justicia, un resultado de múltiples cuentas y actitudes. Y en principio como enseñaba Lagos- esa soberanía es cada vez más independiente de la geografía y los recursos naturales disponibles. Los empresarios y los trabajadores han venido entendiendo esto como la mayor parte de los representantes y el core del gobierno. No hay huelgas obreras por la nacionalización de la industria frigorífica ni de la banca ni movimientos sociales relevantes en la defensa de la propiedad nacional de la tierra. Ni los habrá. En cambio, es posible que nos pasemos unos cuantos años lamentándonos de la incapacidad de los capitalistas criollos o la aparente falta de sensibilidad popular para defender las joyas de la corona. Cuanto más breve sea el duelo más tardaremos en trabajar en orientar las políticas y el empeño ciudadano en construir valor en el escenario que existe y no en aquellos que ni siquiera alguien acierta a delinear.
Oportunidad y riesgo de todos
La oportunidad es fenomenal y la utilización uruguaya del nuevo escenario es aún paupérrima. No es un tema de tamaño y recursos tan sólo, sino de convicción y audacias que Brasil, el otrora deudor incobrable de occidente, esté tocando el investment grade con lo que ello implica en materia de seguridad nacional y potencial de inclusión, mientras los avances de Uruguay en materia de riesgo soberano son bien escasos.
De aquí en más este tipo de retrasos nos van a ir complicando las cosas porque en los escenarios electorales le será cada vez más difícil a ese core gubernamental afirmar los equilibrios, fundamentar nuevas políticas anticiclícas, habilitando una participación social más inteligente en la modernización de las estructuras. Pero ese es el único desafío realmente revolucionario que tienen las fuerzas de izquierda y es, también, la oportunidad de redención histórica que pudieran utilizar, quizás, quienes hoy están en la oposición y algunos de los empresarios que saben que las cosas no serán como antes. No sólo porque el gobierno quiera o no socializar nuevas pérdidas, sino porque con eso ya no alcanza para mantenerse en el mercado. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad