Neorrealismo y Reforma de Estado
La historia reciente ha sido generosa en la producción de realismo, un atributo cultural esencial para imaginar la suerte de proyectos nacionales ambiciosos. Todos venimos aprendiendo demasiadas cosas nuevas para nuestra capacidad de procesarlas en los tiempos disponibles.
La mayoría de lo nuevo tiene que ver con la experiencia propia de la izquierda en la administración. Gran parte de ese aprendizaje de realismo tiene que ver con el funcionamiento de la economía en los marcos disciplinarios que definió el modelo de salida de la crisis bancaria y de deuda. La otra fuente didáctica de realismo es la reubicación del país entero observándose desde sus fronteras. El ex presidente Ricardo Lago nos había advertido cómo funcionaría esto último en términos de impactos culturales y transformadores. Ha sido así. Ahora, más o menos explícitamente según sea la valentía e independencia que cada actor tenga para juzgar su propia historia, cada uno de nosotros reimagina la perspectiva nacional y su propio futuro sobre lo que cree sucederá desde la frontera hacia adentro en la medida que tengan éxito o no las operaciones de política comercial y exterior que está ensayando el gobierno.
Tensión
Ese neorrealismo nacional alimentado en la exigencia de desafíos muy fuertes está desencajando a la vieja sociedad de sus marcos de referencia usuales. La gente está más nerviosa y sensible.
Hay más tensión. Ello implica también la existencia de un desencanto nuevo con los viejos tutores. De esa historia reciente ha emergido el desencuentro de la sociedad con el viejo Estado. No sólo hay desencanto con sus extremos apolillados sino que esta sociedad no logra integrar la comprensión de la utilidad del Estado en los nuevos marcos de exigencia. El realismo supone reconocer la desconfianza social sobre la utilidad del Estado en la perspectiva de riesgo que, afortunadamente, ha precipitado la decisión colectiva de cambiar. Desde ese realismo la ciudadanía más atenta intenta entender a su gobierno cuando éste, aceptando las exigencias, se encierra en Anchorena para discutir una «Reforma del Estado».
Que el gobierno entienda e intente liderar ese neorrealismo y atender el desencanto de la sociedad con su viejo Estado no implica necesariamente ni que disponga de un diagnóstico correcto de la nueva situación ni que, en consecuencia, cuente con una hoja de ruta capaz de guiarlo en la transformación eficiente del Estado.
El problema es porqué el gobierno, más allá de aceptar públicamente la preocupación, decide avanzar y alentar a sus unidades ejecutoras a generar proyectos de resoluciones, de decretos, de Ley o de una eventual reforma constitucional, si la inteligencia gubernamental aún titubea en diagnósticos menores o administrativos. Se dice que el Ejecutivo pretende utilizar para la delicada iniciativa el mismo mecanismo de «consulta popular» que ha utilizado instituyendo ámbitos de farragosos encuentros horizontales con las mismas corporaciones de las cuales se pretende tomar distancia par producir los cambios. Vínculos que van desde el tipo de «Consejo Consultivo» para legitimar el proyecto oficial de Sistema Nacional Integrado de Salud, hasta la reglamentación formal de la vieja obsolescencia constitucional denominada Consejo de Economía Nacional, jamás convocado en estos escenarios de neorrealismo en los que andamos. Según los fragmentarios trascendidos de la reunión del sábado, el Poder Ejecutivo intentaría ir reformulando la estructura y la normativa del Estado asegurando un enlace más orgánico con la sociedad civil y a tales efectos habría decidido generar una expectativa pública agregada.
Naturalmente no es demasiado comprensible cuál será la dirección de trabajo sobre la cual las unidades ejecutoras comenzarán a invertir miles de horas de discusión para elaborar proposiciones que irá estudiando la comisión presidencial.
Quisiéramos creer que esa orientación presidencial priorizará valores y reafirmación de las normas básicas sobre las cuales se ha constituido el sistema de representación republicano democrático; y que reconocerá en segundo término los aportes que en las últimas décadas han modernizado la teoría del Estado, la mayoría de los cuales tiene un insoslayable vínculo con la teoría de la regulación y la legislación de competencia.
Hay algún punto entre el Estado y el individuo rumiaba Keynes en su crítica de las ortodoxias y el socialismo a partir del cual debe ser posible garantizar una nueva confianza institucional. En la Inglaterra de mediados del siglo pasado el escenario de la búsqueda de un Estado apto para la reconstrucción social y nacional era también un escenario de neorrealismo lleno de dolor y restricciones. Y esa intuición de punto de partida no era un nuevo enlace informal del viejo Estado y la sociedad civil, sino la existencia de «cuerpos semiautónomos dentro del Estado» para los cuales pedía reconocimiento social y una progresiva independencia de las organizaciones populares o de los propios poderes formales del Estado, con excepción de su dependencia democrática al Poder Legislativo en instancias de conflicto.
Lo principal y lo accesorio
Es obligación del gobierno en el arranque de la Reforma de Estado preservarnos de riegos mayores que aquellos que, sin diagnósticos profundos, se pretende eliminar. Forma parte del neorrealismo que tensa a la ciudadanía la decisión de no acompañar demasiadas aventuras en este tránsito en el que andamos. No importa demasiado qué es lo que el Estado hace mal en estos escenarios.
Ello se irá cayendo a pedazos por la propia fuerza de la dinámica impuesta. Importa lo que el Estado debe hacer obligatoriamente y no hace, vinculado a las demandas impuestas por las decisiones y la práctica de transformarse desde «la frontera» disciplinados por normas de postcrisis. Ojalá la elaboración y principios de ejecución de la Reforma de Estado privilegie casi exclusivamente la afirmación y mejora de la institucionalidad moderna del Estado y deje para otro momento cuestiones accesorias incluyendo la evaluación de gestión en cientos de unidades ejecutoras que en vez de mejorar deben desaparecer.
Mejor sería conformar una reivindicación política y normativa de los organismos reguladores, de pobre y marginal función en este Estado de hoy. *
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