ES PROBABLE QUE LA SITUACION QUE VIVE LA INDUSTRIA TEXTIL SE EXTIENDA HACIA OTROS SECTORES

Se buscan negocios reales y nuevos empresarios

Uno de los empresarios del sector productivo de más dudosa viabilidad en el presente le confiaba a un periodista de SEPARATA la semana pasada: «El equipo económico está limitado por el éxito de la macroeconomía».

En el umbral de su ingreso a una reunión con el equipo económico el empresario textil formulaba tal comentario explicando su escepticismo acerca de que el gobierno pudiera concurrir en auxilio de un sector de actividad cuya ecuación de competitividad se ha desdibujado absolutamente en el entorno de los cambios que se han venido produciendo en el mundo en los últimos años. Según los trascendidos, efectivamente, de esa reunión mantenida el viernes no habría surgido más que una decisión de estudiar la problemática de la industria según la especificidad de sus grandes ramas, en principio las peinadurías de lana y la industria del vestido y anexos.

De confirmarse, ello supondría que, efectivamente, el gobierno no está en condiciones o entiende que no es políticamente conveniente subsidiar directamente al conjunto industrial aumentando las devoluciones de impuestos o introduciendo modificaciones al régimen general de aportes a la previsión social, uno de los rubros de costos que ha de incrementar sensiblemente la fragilidad económica del sector en cuanto comience a regir la reforma tibutaria.

El gobierno estaría, además, reconociendo su imposibilidad de generar las mínimas esperanzas en materia comercial ­acceso a mercados­ para un sector que ha venido perdiendo los mercados del vestido y la confección, reduciendo sus expectativas prácticamente a tener que competir por precios con la producción china en el mercado global. La otra expectativa fue clausurada por un extenso período, al menos, cuando el 21 de agosto del año pasado el gobierno decidiera formalmente abandonar el intento de lograr un TLC con Estados Unidos y superar de tal manera y entre otras cosas, la barrera del arancel de acceso al mercado estadounidense, que oscila entre el 15% y el 25%. Este sobreprecio se acumula sobre los ya elevados costos de producción interna del sector, dificultando al extremo la posibilidad de lograr contratos de mediano o largo plazo capaces de generar las mínimas garantías para invertir y mantener la tecnología de punta que impone el juego global para los productos de mayor valor agregado y sofisticación. En suma, el textil se ha constituido en un sector de elevado riesgo y desenlaces muy problemáticos tanto para los niveles de actividad económica general como para los doce mil trabajadores que ocupa.

 

El textil, un botón de muestra

Es probable que la situación que vive la industria textil se extienda hacia otros sectores de actividad. Las razones son obvias y más vale que sean entendidas. El ajuste de la economía norteamericana es costoso ­para ellos y para el mundo. El desastre bélico ha derrumbado la iniciativa republicana, afortunadamente en el área militar y por extensión ­desgraciadamente para nosotros­ en el área comercial. La opción por la paz, paradójicamente, es la opción por el cierre comercial y el aumento de la protección a las grandes corporaciones, que ya no pueden sostener la competitividad de otrora con el mundo que ha entendido el know how norteamericano. La recurrencia al cierre y la protección asusta a los inversores de riesgo y en el mediano plazo ese gran mercado dejara de presentar sus espléndidos atractivos de otrora. Eso, lejos de ser un problema de los norteamericanos, es un fenomenal drama para la periferia. Asia entera opera asombrada ante la nueva realidad; de pronto, el mundo para el cual se alistaba ha comenzado a comprimirse. Allá rechinan todos los frenos y los reguladores inventan todos los días normas prudenciales sobre el sistema financiero y bursátil. Aun con renuencia pero en una tendencia insoslayable, los mercados de futuro comienzan a enseñarle al mundo que la inversión de riesgo y las prácticas más sofisticadas de coberturas de riesgos que ofrecen para los empresarios más emprendedores ya no tienen el mismo atractivo. Lenta pero sostenidamente el mundo comercial ha comenzado a cerrarse. Las enormes compuertas del consumo norteamericano ya se han entrecerrado y tras ellas el centro se tomará su tiempo para resolver, de alguna manera, sus propias contradicciones. Mientras tanto los mercados periféricos comenzarán a girar en un entorno diferente, con referencias más difíciles de entender y utilizar. Ello, naturalmente, supone alineamientos diferentes y en los grandes países y zonas de influencia se impone el regreso al desvío del comercio, el traslado de las pérdidas a los consumidores y productores locales, etcétera, etcétera. Esa es la perspectiva en estos lares, más allá de que ella sea aceptada en el discurso y la propia programación oficial.

 

Ni regalías ni plata dulce

Uruguay, en tanto, no tiene frente a sí un problema natural de caída de precios de los commodities a mediano plazo. Este país tiene un problema de riesgo indisimulable si no logra agregar al valor de la estabilidad y la disciplina macroeconómica una perspectiva real de negocios, valga enfáticamente la redundancia, reales. Ellos sólo pueden imaginarse y afrontarse a partir de la iniciativa de los que saben hacer negocios. No de aquellos empresarios inventados que aparecen por doquier en este país. Ni aquellos que continúan demandando únicamente el subsidio del Estado o del prestamista generoso. Este país necesita encontrarse de alguna manera con nuevos empresarios. Si aún los hubiera, si permanecieran en el país los jóvenes que han sido educados para esto en los últimos años, éstos van a exigirle al Estado reglas de juego claras y una política comercial moderna, más que subsidios directos o disfrazados en los dudosos sistemas de promoción comercial. Esos empresarios son predominantemente jóvenes, no le tienen miedo a los aviones ni al inglés. Manejan un lenguaje que no nos es familiar. Compran sus mejores insumos en el exterior mal que nos pese. Sospechan de lo nuestro porque sus clientes finales no entienden muy bien qué tiene que ver la solidaridad con la calidad y el precio de lo que pueden consumir y pagar en buena ley. En los últimos meses se han reproducido en este país ejemplos notorios de cómo destrozan empresas los que talentean con estos afanes de productivismo criollo mientras otros empresarios, extranjeros en general, nos han sacado de arriba entrañables empresas llenas de buenos deseos y demasiados vivillos financiadas eternamente con recursos de la comunidad. De la desquiciada Argentina hemos importado empresarios agrícolas hartos de la mediatización populista y el igualitarismo mentiroso. Ellos han terminado de construir la nueva agricultura uruguaya. La que nunca soñamos. No era que teníamos peores suelos que los argentinos ­eso además, ya no define mucho. Teníamos peores empresarios que ni siquiera imaginaban cómo utilizar las mejores políticas públicas.

La progresiva demanda de «voluntad política» para cubrir los riesgos o actuar como banquero de última instancia de empresarios fundidos se enfrentará a rotundas negativas oficiales. ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Cómo se va a defender ese empeño y explicar esa eventual racionalidad cuando empiecen las presiones fuertes y los malos empresarios coloquen al frente de la defensa empresarial la reivindicación sindical del empleo? Habrá que pensar en la razón última de aquella apreciación escéptica del empresario textil: este gobierno no tiene mucha voluntad de asumir riesgos ajenos. Entre otras cosas porque no sabría cómo hacerlo. A partir de lo cual habrá que terminar de entender que lo único que hay que exigirle a este gobierno es la claridad de las reglas, la coherencia de las políticas, la señalización de su política comercial. Y no mucho más. Lo demás le corresponde a esos nuevos empresarios que esta sociedad deberá querer de otra manera. *

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