AUN RESTA EL BALANCE INSTITUCIONAL

Sobrestimación de la macroeconomía

Eso sucede en las sociedades desarrolladas cuya estabilidad y competitividad pivotean sobre esa arquitectura institucional que tienen las sociedades de derecho. Esas sociedades institucionalmente fuertes del norte están reformando la institucionalidad multilateral con éxito variado pero en una línea definida claramente. En la medida que esa extensión de la construcción de institucionalidad se abre a la participación de la periferia suceden, al menos, dos fenómenos de sumo interés: el centro tiene fenomenales problemas para avanzar en esa línea imprescindible de estabilidad y desarrollo propios, y la periferia comienza a succionar esa riqueza que está en la base de la acumulación cultural que le ha permitido al centro mantener sus privilegios tenga o no petróleo o poderío militar.

Pese a su extensión planetaria la OMC se hunde en Doha y las Naciones Unidas atinan tan sólo a evadir el debate principal trasladándolo a comisiones con agendas infinitas mientras las del Consenso en el mejor de los casos, titubean. Esa modernización y extensión institucional que el centro ensaya no avanza a la velocidad que los cambios tecnológicos y el propio desarrollo de la institucionalidad periférica le demandan al centro. Dicho de otra manera, la periferia tiene más potencial de cambio que el norte en la adopción de las nuevas reglas del relacionamiento que la extensión del derecho demanda.

La batalla de la modernidad no se juega en la prospección petrolera o el aumento de la productividad agraria. Ni siquiera en el esfuerzo denodado que hacen los países por hacerse un lugar en el club de la tecnología de punta. El diferencial no se juega en el resultado de las cuentas corrientes más allá que los equilibrios sean decisivos en el largo plazo. Ni siquiera el problema principal es tener un lugar o no en la civilización de redes.

 

Equilibrios

El problema consiste en que los indicadores que jerarquiza la periferia siguen siendo tributarios de esa discusión menor en el norte.

El benchmark posible para estos países se mide en los indicadores del equilibrio. Los otros, los de la calidad institucional no están disponibles para el sur. La visión multilateral del norte es utilitaria y de corto plazo. La idea del desarrollo equilibrado no es prioritaria en las academias norteamericanas ni europeas.

De tal manera, en el sur nos vamos quedando con indicadores parciales, de menor dimensión para evaluarnos. Los indicadores del norte descuentan una realidad ya consolidada y la ponderan escasamente en sus matrices de riesgo.

Nadie discute el privilegio democrático, el sistema republicano de gobierno adornado de manera diferente en cada país. Nadie osa discutir el rol y la prelación del orden judicial. Nadie pudiera imaginar alternativas en la institucionalidad económica del norte en la cual no existiera la autonomía y responsabilidad independiente de los reguladores monetarios y financieros que sólo rinden cuenta del cumplimiento de su misión al soberano a través de los máximos órganos de representación legislativa. Si estas cosas operan como datos es natural que tampoco, por ejemplo, la calidad institucional pondere en las matrices de calificación del riesgo soberano en el norte.

Esas son las mismas matrices que utilizan las calificadoras internacionales para seguir la evolución del riesgo soberano en el sur. En tanto, es natural también, que los indicadores de referencia en el sur sobrestimen la evolución de los indicadores macroeconómicos usuales.

 

Los números mágicos

El problema no es que el norte nos observe y califique a partir de esos indicadores que en definitiva apuntan a seguir casi exclusivamente nuestra capacidad de repagar la deuda a partir de ciertos equilibrios; es la relación normal del cliente y el prestamista o el inversor. El problema es que nuestra discusión principal en materia de riesgo se estructure sobre indicadores insuficientes.

Algo de la razón de esta reflexión está motivada en la exuberancia del optimismo que naturalmente genera en estos días la cascada de excelentes indicadores macroeconómicos. Esta sociedad compra optimismo como insumo de vida aunque no esté dispuesta a declararlo.

Hay indicadores que registran la dimensión de esa compra: la demanda de moneda nacional, o de trabajo, por ejemplo. La oferta de optimismo es fenomenal. No hay temor en tanto que este tipo de reflexiones sobre la escasez de los indicadores que motivan el exultante optimismo oficial pueda afectar la recomposición de la autoestima nacional. Ella está en vías de regreso acelerado a sus estadios de inconsciencia mayor.

Dado lo cual, este es el momento de reflexionar sobre el estado de lo que podrían ser nuestras series vitales. Y una de ellas es el recorrido de la institucionalidad. Es una materia ardua para abordar siquiera al término de este principio de reflexión.

Empero quizás fuera conveniente realizarnos algunas preguntas básicas referidas al estado de esa institucionalidad tan fuerte en el norte y tan débil en la periferia. Entre otras cosas, para explicarnos que, quizás, aún en la subsistencia de nuestra orfandad respecto al estado de la regulación y la competencia leal, el pequeño Uruguay explique su diferenciación en la región como captador privilegiado de inversión externa directa a partir, precisamente, de su poderío institucional privilegiado en la región. Vaya paradoja, aunque para explicarla habría que intentar recorrer esa evolución de la institucionalidad nacional. *

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