URUGUAY VIVE EFECTOS DE ARRASTRE Y ESCALA QUE EXPLICAN LA PERMANENCIA DE LA MIGRACION DE SUS JOVENES

La ventana de María, los chilenos y una tenue esperanza

En el cumpleaños de una amiga, su hija María, hija de un trashumante amigo, él me contó que estaba trabajando en un call center instalado en una zona franca donde ganaba quinientos dólares resolviéndole problemas a gente que desde variadas circunstancia y lugares del mundo le pedía información u orientación acerca de cómo resolver problemas prácticos vinculados con la farragosa logística del transporte y el turismo. Las cosas de la vida determinaron que la vida de María ­entre otras circunstancias y suertes- se diferenciara de la de otros jóvenes compatriotas por la naturaleza de su vínculo con la frontera.

El hecho de que su padre residiera en Suecia determinó que María se subiera a un avión antes de lo usual y durante unos pocos años pudiera ver el mundo y pensar desde allende el mar. En esos menesteres María perfeccionó su inglés liceal y aprendió sueco.

Pero por sobre todas las cosas, quiso la suerte o la desgracia, que algo activara las fortalezas de una adolescente que había aprendido en tránsitos azarosos las materias básicas que la gran mayoría de los jóvenes uruguayos rendía con bastante éxito relativo en los años setenta y ochenta.

Quinientos dólares por ocho horas de trabajo es algo así como la quinta parte del salario al que aspira cualquier joven universitario norteamericano o europeo capaz de resolver problemas de cierto nivel de complejidad que tiene la vida diaria y poder expresarse para hacerlo. Pero es un ingreso suficiente para María, por la remuneración en sí y porque ella además se reproduce en esa perspectiva de vida que ya no tiene retorno a los lugares comunes en los cuales se educa la gran mayoría de la juventud uruguaya. María trabaja con una ventana abierta al mundo, probablemente un poco más incómoda que la que varios de nosotros tenemos abierta sobre una marina o una avenida, pero seguramente más útil en varios sentidos.

 

La síntesis cepalina de una experiencia inquietante

A la mañana siguiente del cumpleaños de María, ya en andariveles más estrechos de lo cotidiano, tuve la oportunidad de entender un poco más la razón práctica de esa corriente de pensamiento que se acuña en los nuevos textos cepalinos y tiene su expresión práctica en la compleja ofensiva política y económica de los últimos gobiernos chilenos. Importa informar ­por si alguien no se hubiera percatado aún- que soy un entusiasta observador de ese encuentro de teoría y práctica caracterizada, sobre todas las cosas, por aquella formidable síntesis expresada por el ex presidente Ricardo Lagos en Montevideo hace unas semanas: «crecer e incluir desde la frontera».

El informe anual de Cepal contiene la más actualizada base de datos disponible para seguir el periplo latinoamericano contemporáneo. Allí están los registros de la ambición, del éxito y el fracaso de las múltiples experiencias nacionales observadas en su evolución temporal e integrada. Fácilmente pueden leerse las series desde esa perspectiva obligatoria de acumulación o desacumulación de integración social, capital -físico y humano-, e institucionalidad política.

O sea, la sumatoria de las visiones requeridas desde una metodología de riesgo soberano de nueva generación.

Quizás la gráfica que resume la viabilidad de una sociedad integrada y madura desde esa visión metodológica ­la del riesgo- sea la de los ciudadanos del mundo con ventanas abiertas hacia la experiencia de sus iguales y capaces de evaluar dónde quieren permanecer e invertir sus recursos a largo plazo.

Esa es la visión del inversor de riesgo, la cual, naturalmente, no es la misma de la de los administradores de los capitales golondrinas y de los especuladores con diferenciales de tasas de corto plazo.

Esa visión selecciona destinos en función de riesgo; y se aproxima mucho a aquella que tienen los jóvenes cuando deben decidir la inversión de sus propias vidas en pro de un futuro mejor.

Esa gráfica es la de la evolución de la inversión externa neta recepcionada por los países del cono sur en los últimos diez años. No resisto la tentación de volver a publicarla como complemento de esta columna (ver gráfica). No es una gráfica simple porque es en si una síntesis de esos trayectos que las nuevas series cepalinas comienzan a ofrecer al atosigado pensamiento latinoamericano. Le ruego al lector que intente leerla con atención.

Ella infiere diferentes lecturas e reflexiones.

Una de las más pertinentes en esta línea de reflexión abierta por la experiencia de María es la que refiere a como es observada por los inversores de riesgo -los que generan puestos de trabajo entre otras cosas- los diferentes modelos de salida que han experimentado los países del cono sur desde la crisis de comienzos de siglo.

Si hubiera que ser aún más preciso, en base a esas series habría que concluir en que desde 2002 en adelante el saldo de residentes y no residentes que deciden invertir sus recursos expuestos a riesgo en Argentina ha disminuido un tercio y en Brasil a la mitad, mientras que en Chile se ha multiplicado por tres y en Uruguay por seis.

Pero aún faltaba la prueba del nueve para explicar no sólo la adicción por esa teoría de crecer e integrar desde la frontera con esperanzas de activar el diferencial de educación e institucionalidad que tiene este país en la región.

Esa prueba se completaría si pudiéramos utilizar en las regresiones e integrar en esa gráfica las series de la migración juvenil. Uruguay vive efectos de arrastre y escala que explican en gran medida la permanencia de la migración de sus jóvenes, aunque algo atenuada últimamente, quizás.

En Chile eso no existe, los jóvenes chilenos invierten su futuro dentro de fronteras con pasajes de ida y vuelta siempre abiertos. Algo próximo a esa forma de vivir de María. *

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