EL ESTADO Y LA ACADEMIA RINDEN UN NUEVO EXAMEN

Aceptar el desafío de la apertura o enfrascarse en la discusión intestina

El nivel de actividad y la constancia recaudadora del Estado han permitido arribar a fin de año en un marco de celebración de equilibrios mejores a los que gobierno y privados proyectaban a mediados de año. El enorme gasto energético se ha desdibujado frente al aumento real de la recaudación y Uruguay finaliza el año prácticamente en equilibrio fiscal sin que ello haya impedido un aumento real del ingreso de los hogares. Ese aumento de la recaudación, vinculado con el nivel de actividad y la disminución del peso relativo de los intereses de la deuda, ha permitido que el país haya mejorado también sus equilibrios externos, incluyendo un aumento considerable de sus reservas internacionales. De alguna manera, en este contexto, se ha legitimado el modelo agroexportador, apto y suficiente ­transitoriamente al menos­ para proveer recursos y el nivel de actividad necesario sobre el que pueda procesarse una transición política sui generis en la cual la izquierda debió instalarse en la administración aprendiendo sus conceptos básicos, al tiempo que debió enfrentar un programa de reformas tan postergadas como obligatorias. La historia reconocerá la particularidad de este momento y el caso uruguayo será estudiado como un estadio de transición democrática muy particular. La bonhomía del entorno económico ha permitido incluso darle el tiempo necesario para que en el país se vayan generando aprendizajes básicos, en la izquierda y la derecha, respecto a lugares comunes insoportables para la inteligencia nacional. El más notorio es la idea de pertenencia/dependencia geográfica. Hay también en esta cuenta un saldo cuantioso a favor, aunque sea intangible y aparezca omitido en el balance del cierre del año. La cultura de la subordinación geográfica y la «mancomunidad» de objetivos para enfrentar el «diabólico» mundo de extramuros aparece hoy tan infantil como intrascendente para la discusión nacional. Luego de la intensidad de la confrontación regional, todo el ejercicio intelectual de repensar el lugar uruguayo en el Mercosur ya no le interesa a nadie.

Una idea emergente de responsabilidad nacional se nos ha instalado en las mesas de discusión más exigentes.

Ya llegará a ellas la academia, con su acervo e inteligencia volcados en una dirección de pensamiento fértil y útil. Esto no era posible en 2005, cuando el espejismo de aquella mancomunidad destellaba frente a la emergencia dominante de los gobiernos de izquierda teóricamente capaces de eli- minar la distorsión «neoliberal» del mapa de ruta.

 

El multiplicador aperturista

Ahora la exigibilidad de la apertura va a potenciar ese capital humano que continúa diferenciando a Uruguay e, incluso, bien pudiera ella ayudar a este paisito a potenciar su escaso diferencial institucional en una perspectiva necesariamente competitiva. Empero, es necesario que el Estado, en su acepción más amplia, legitime el desafío de la apertura. No es posible avanzar en ese desafío de abrirse y exponerse más en la permanencia de un juego de confron- tación interna, en el cual cada acción ofensiva del gobierno sea utilizado como insumo de posicionamiento electoral circunstancial. La historia nacional reciente se caracteriza por los episodios bélicos derivados de una idea de exclusión utópica del escenario de la competencia externa. Desde la postguerrra y la emigración inglesa alentamos una esperanza de prosperidad alejada de la competencia externa. Nos educamos en esa dirección y en ella descansamos. Imaginamos un patrón de acumulación interna generado y distribuido en un modelo expuesto a la benevolencia o la agresión externa, pero lejano a los estímulos y sanciones de la competencia. Teníamos razones suficientes, lo que no explica la abulia y las renuncias para imaginar que, sin preparación para la competencia abierta, o este país resignaría algún día formalmente su soberanía o desaparecería en la confrontación y la emigración fratricida. De esta omisión sí es responsable la academia. La investigación universitaria fue estructu- rada para conocer mejor escenarios de cierre, dependencia y exclusión del mundo. Paradójicamente los imperativos universales de la cultura original de este país fueron subordinados por un imperativo de exclusión. La idea de pequeñez acuñada en el viejo pensamiento mercantil y la pertenencia geográfica más otros saberes aprendidos nos fueron alejando de los programas y los libros necesarios para entender el juego global. En tanto, nos fuimos alejando intelectual y afectivamente de la comprensión de cómo funcionan esos escenarios de competencia real que hoy estallan frente a nosotros sin que podamos enfrentarlos con instrumentos culturales, políticos ni equipos suficientes.

 

La invitación tiene sus tiempos

Pero hay aún una esperanza que surge de este excepcional momento de equilibrios internos y oportunidades frente a los cuales se renueva la invitación a la apertura comercial. Este momento es excepcional y, como tal, circunstancial. La invitación apela a las viejas reservas de capital humano y la institucionalidad que aún diferencian a Uruguay en una América Latina devastada por la acción depravada de las elites nacionales y la acción de las grandes corporaciones en el mundo sin reglas de la guerra y la postguerra. El Estado y la academia deben concentrarse en esa área de la apertura inhibiendo la mezquina utilización de los ruidos que producirá el tránsito nacional en ella. Es el momento en el cual el Estado tiene la obligación de sobreponerse a los legítimos aunque menores intereses de los partidos que representan a corporaciones y viejas historias. El problema es cómo hacerlo y en torno a esta interrogante aparece la dimensión del verdadero riesgo. Esa es la materia sobre la cual habrá o no de concentrarse la inteligencia nacional. Todo el plan de la estabilización y la reforma es de menor relevancia frente a la decisión de tra- bajar en una perspectiva de apertura o rehusar el desafío consciente de las limitaciones y sus riesgos. En los últimos años, la carencia de una perspectiva de Estado, el tributo a la política de roles, el envejecimiento de la discusión y las propias obligaciones de reconstitución histórica nos han obligado a negar toda convocatoria fuerte al cambio imaginado desde la frontera. Hemos avanzado a tientas en el logro de los equilibrios y hemos satisfecho parte de nuestras expectativas más delicadas de reconstrucción de la memoria. Mal o bien, la Justicia ha operado, sancionado y advertido. Se ha iniciado un camino de reformas costosas y cuyos balances habrá que ir haciendo sobre la marcha. Empero, nada de esto es sustentable si nuestros representantes, políticos y culturales rehúsan colocar el desafío a la apertura en el centro de la discusión inmediata. *

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