Escrito por: JORGE JAUFER
Las transformaciones se exponen en progresión inversa a la capacidad de ser comprendidos. Más allá de los problemas de diseño, los cambios propuestos son realmente fuertes. Esta última afirmación darÃa para otro tratamiento pero insto a los lectores a que concuerden por un momento en tal aserto. Si ello fuera efectivamente asi: comunicación progresivamente deficiente confrontada con las exigencias que demanda una proposición de cambio potente, el riesgo de un quiebre social es inevitable en algún momento. En consecuencia es inevitable que los costos derivados de dichas circunstancias son descontados en presente, de una u otra manera, por todos los actores económicos. O sea, la calidad, consistencia y sustentabilidad del programa de gobierno se basa, también y esencialmente, en su comunicación. La propuesta del cambio es muy potente. Uruguay no está preparado para reformular de una todas las relaciones históricas. Empero tampoco puede rehusar la oportunidad de los cambios en marcha. Dado lo cual es mejor estudiar como se hace la comunicación de los mismos.
Esos cambios se van a producir de una u otra manera porque Uruguay no es un paÃs con vocación suicida. El problema es la calidad de esos cambios, sus costos y los tiempos en los cuales se van a producir. En esta perspectiva la comunicación tiene un componente pasivo: depende del sustrato, del contenido que debe explicar. Si el proyecto es malo, difÃcilmente la comunicación podrá mejorarlo, aunque una comunicación defectuosa pudiera agravar los problemas. Algo de esto viene sucediendo con el tema de la reforma tributaria; una propuesta a “la medida de lo posible”, mediatizada y confusa en el juego de su comunicación. Dado lo cual, un objetivo modesto en materia de comunicación consistirÃa en neutralizar los riesgos de la mala comunicación, más que propender desde un aparato de Estado de mejorar su cantidad y calidad. ¿Es posible que los uruguayos no debamos enfrentarnos dÃa tras dÃas a la creación de nuevas expectativas? Este deberÃa ser un objetivo inicial de una eventual reformulación de la comunicación desde una perspectiva de Estado. No se trata de ocultar más de lo que ya se oculta: ¿cómo será la información sobre la negociación formal del TLC si en la aproximación a ella el mismo Presidente ha impuesto la consigna del silencio? No parece ser el replanteo del silencio de los combatientes un objetivo plausible. Tampoco se trata de organizar la exposición oficial y volcarla sobre la una sociedad sin códigos para entenderla. No hay prácticamente nada de lo decisivamente nuevo para cuya comprensión cabal haya sido educada la ciudadanÃa. En tanto, la organización de un aluvión informativo o publicitario lo único que producirÃa es saturación y más malestar.
Pero allà están esos hombres que tiene que asesorar al gobierno y ellos deben formular sus estrategias. Con cierta rapidez además. Como en tantas cosas en el Uruguay de hoy el potencial de cambio no se sitúa en la oferta oficial sino en la demanda social, de la comunicación en este caso. Hay paÃses que han aprendido que la propia estabilidad de sistemas complejos de convivencia democrática se basa en la institución de conflictos de intereses entre los diferentes actores que componen el mercado de la información. Tanto quienes emiten la oferta pública de comunicación como aquellos que la adquieren deben situarse claramente de uno y otro lado del mostrador. Quizás el Estado no este en condiciones de regular esa oferta de comunicación aunque se atreve a intentarlo con otras de menor impacto en el caso uruguayo: la oferta pública de valores por ejemplo. Empero es posible utilizar instrumentos como la interpelación pública de los emisores de información, evento que poco tiene que ver con los reportajes en red que realizan los periodistas a los hombres de gobierno u otros formadores de opinión. El emisor de información compleja debe ser enfrentado formalmente al riesgo de equivocarse, a la sospecha que este incursionando en operaciones que nada tienen que ver con la información que anuncia o, la propia banalidad corriente en tanto discurso polÃtico de hoy. Los brasileños utilizan las sabatinas senaturiales para exigir a los directores del Banco Central u otros organismos de acción delicada la claridad de sus ideas y proposiciones. Los americanos hacen lo mismo y extienden el método a conferencias de prensa muy exigentes por la propia dimensión del mercado norteamericano En Uruguay, los Ministros se pelean por ocupar el púlpito del sol naciente. El problema no es lo que dicen allà frente a un auditorio cuyas posibilidades de interpelación dura son generalmente escasas. El problema es lo que no dicen allà y aparece en otros lados multiplicado de confusión y expectativas que desencadenan a la vez respuestas bélicas en una sociedad que ha elegido los medios de comunicación para hacer la polÃtica.
En la comunicación también aparecen los problemas de ausencia de oposición de intereses que se derivan de las mayorÃas absolutas. Estas sirven para muchas cosas a condición que se ponderen y neutralicen a tiempo sus riesgos. El gobierno no se empeña en confrontar sus ideas y proyectos en el ámbito legislativo sencillamente porque no lo precisa. La ausencia del ámbito natural de la discusión compleja en una democracia y la falta de empeño que producen las mayorÃas absolutas, deviene en una degradación natural de la calidad de la proposición que se intentará comunicar de alguna manera. Es tal la ausencia de exigibilidad que tiene la comunicación del gobierno derivada de esta falta de oposición de intereses que los textos han sido sustituidos por papers de elites que andan en los escritorios del Estado muchas veces negociados por migajas de espacio en los medios. Ni el gobierno ni la oposición escriben textos. Los ministros y jefes de unidades ejecutoras que escribÃan tan bien otrora han desaparecido de los medios escritos. Los fundamentos de lo nuevo se estudia a partir de la transcripción oficial hiperabundante de las presentaciones oficiales. Pocas veces se habrá observado tan escasa ausencia de reflexiones crÃticas o columnas profundas de las autoridades.
Justamente cuando ellos deben confrontarse con sus propios intereses a futuro aportando esos sustratos que deberÃan explicar sus acciones. Obviamente hay mucho para hacer en este campo, todo lo cual, sin embargo, será escaso frente a la dimensión del problema de la comunicación que enfrenta el cambio. *
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