Los TLC bilaterales permiten a los países ricos arrancar concesiones que no puede obtener por otra vía
El lector puede encontrar casi a diario en la prensa nacional e internacional informaciones relativas a los avances que van logrando las negociaciones entre EEUU y diferentes países latinoamericanos para alcanzar la firma de un Tratado de Libre Comercio.
Son diferentes iniciativas, en muchos casos entre EEUU y un sólo país, en otros, con un pequeño grupo de economías de muy baja escala.
La pregunta que surge sola es por qué una economía gigante como la del país norteño está interesada, de repente, en concretar TLC con economías pobres, subdesarrolladas?
Antes de formular conclusiones, veamos algunos hechos y consideraciones, muchos de ellos explicitados por Martin Khor, director de la Red del Tercer Mundo en la Revista del Sur (enero-febrero de 2006).
Existe un informe titulado «El Futuro de la OMC» que se generó en dicha organización a instancias de su anterior Director General y que fuera publicado en enero de 2005, en el que se critica la proliferación de acuerdos bilaterales y regionales de comercio por considerar que éstos han convertido al principio de la nación más favorecida en la excepción y no en la norma, lo cual ha provocado una creciente discriminación en el comercio mundial (dicho principio prevé la no discriminación entre los países miembros de la OMC).
Hasta el momento la experiencia devenida de los TLC ya alcanzados entre países desarrollados y no desarrollados muestran claramente que al estar estos últimos en una posición negociadora más débil (menor peso económico, político y hasta de capacidad de negociación) dificilmente se reconoce y acepta esta situación con el fin acordar un trato especial, diferenciado y de respeto de las asimetrías existentes.
Más bien el país desarrollado argumenta y presiona al máximo para imponer los principios del libre comercio, libre mercado y de igualdad ante la ley (aunque ambos sean notoriamente desiguales).
Entrando por la puerta trasera
Volviendo al estudio de Khor, éste advierte que «los acuerdos de libre comercio contienen muchos elementos que no están sujetos a normas en la OMC, muchos de esos tratados entre países del Norte y el Sur incluyen normas sobre inversiones, compras del Estado y leyes de competencia, que hasta ahora han sido rechazadas por los países en desarrollo en el ámbito de la OMC. Los países en desarrollo también se han opuesto a discutir normas laborales y ambientales en la OMC, pero estos asuntos están entrando por la puerta trasera a través de los acuerdos de libre comercio, aunque en éstos deberían aplicarse las mismas razones que en el OMC para el rechazo de los países en desarrollo a esas normas».
Otra particularidad que distingue a estos acuerdos de Libre Comercio es que se apela continuamente y con insistencia a la reciprocidad por lo que ambas partes se comprometen a los mismos niveles de obligaciones, situación que, obviamente, implica una gran desigualdad e injusticia para el país más pequeño. Pensemos solamente en que EEUU se comprometa a otorgar igualdad con las empresas norteamericanas a las empresas uruguayas que se presenten en aquel país como proveedoras del Estado. Parece justo y razonable que exista reciprocidad en Uruguay. No es difícil adivinar, debido a las desigualdades propias de un desarrollo muy diferente, cómo termina este capítulo.
¿Otra vez el mismo verso?
Si ello lo extendemos a todos los rubros, lo que logramos es concluír que el país se verá trabado para avanzar en su desarrollo económico, en la gestación de capital nacional, conocimiento y tecnología propia, etc.
Las diferencias son tan grandes que el sentido común aconseja apostar a estadios intermedios (que existen) de manera que no nos vendan una vez más, como cuando se fundamentó el Mercosur, «la producción uruguaya accede a un mercado de 200 millones de personas». La realidad demostró que fue al revés, ese gran mercado accedió a Uruguay.
Retornando a la pregunta con que se inicia la nota, el apuro por concretar TLC en América Latina (y debe incluírse en ello uno con nuestro país), se origina en el fortalecimiento de los países no desarrollados en la OMC que ha puesto en duda toda la Ronda de Doha sobre comercio mundial y sobre todo ha cuestionado y desnudado la filosofiá imperial y colonial con que Europa y EEUU encaran las negociaciones mundiales sobre liberalización del comercio (un principio que no se discute pero que es necesario precisar en qué condiciones y tiempos se realiza), y en la postura inclaudicable mostrada por el Mercosur y Venezuela respecto al ALCA. Sumemos a ello que este año finaliza la autorización que el Congreso de EEUU otorgó a Bush para arreglar TLC y quedan meridianamente claras las razones de tal urgencia. *
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