El precio de las Instituciones
Esta vía ha sido tímidamente insinuada en el cambio y aparece ahora, en el umbral de un año decisivo, demasiado débil y carente de comprensión ciudadana.
Los latinos y especialmente los latinoamericanos tenemos un apego escaso a la institucionalidad incluyendo, sobre todo, a la contractual.
Ultimamente, los uruguayos, parecemos inclinados a segmentar la memoria, incapaces de recordar los tiempos y sucesos en los cuales se nos fue fracturando la institucionalidad. Cuando fuimos incapaces de defender, sobre todas las cosas, el edificio institucional, comenzó el horror. La primavera de la reconquista democrática nos inclinó sobre las instituciones cuyo deterioro precipitó la dictadura. Pero fue un gesto efímero. De inmediato nos volvimos hacia la política menuda, ansiosos y cortoplacistas, jugando a los roles mal entendidos del oficialismo y la oposición continua. Confiados, o descansados, en la disciplina autorregulada de nuestros representantes. Allí comenzó además el efecto de la cultura devaluada y un aprendizaje social y curricular de la educación cívica que ya no se compadecía ni con la realidad de la institucionalidad nacional y mucho menos era capaz de educarnos en la comprensión del delicado juego que en las sociedades modernas se establece entre los ciudadanos y su Estado. Mientras nos enfrascábamos en el cobro de las viejas cuentas, reinstalados en el cómodo escenario republicano, nadie nos recordaba ni le enseñaba a nuestros hijos que las democracias fuertes son sinónimo de institucionalidad robusta, escenarios donde la libertad se construye en la relación de los ciudadanos a través de las instituciones. La Constitución, el primer contrato y la primera institución, conjuntamente con el resto de leyes y normas crea instituciones formales y les adjudica misiones específicas que éstas deben cumplir hasta tanto la Constitución y las normas establezcan otra cosa.
El juego de la ruptura
El problema es que, como todo contrato, el constitucional es defectuoso y en esas intersecciones del defecto nace y prospera la especulación sea política o económica u otras de índole diferente. Esa especulación discrimina fuertemente. Los más fuertes e informados utilizan los defectos en provecho propio. Los más débiles apenan se aproximan al problema. Simplemente lo padecen con más hambre, marginación y desesperanza. Hace ya tres años que el resquebrajamiento contractual tradicional de este país cobró una dinámica nueva. En 2002 no sólo se robaron unos cuantos cientos de millones de dólares, se rompieron acuerdos básicos. Allí, nuevamente, las opacas y mal queridas Instituciones demostraron su terrible fragilidad para hacer respetar los contratos. Pero sobre todo esa incapacidad de las instituciones para cumplir sus misiones afectó la credibilidad ciudadana en su misma esencia. Esas instituciones omisas y sus responsables incumplieron el mandato constitucional hiriendo de muerte la confianza pública.
En 2002 se duplicó el número de pobres en este país y se desprestigió nuevamente la democracia. Y eso no es tan sólo el saldo de una mala política sino algo mucho peor y más grave. Ese episodio ha sido tan brutal como el de 1973 y a diferencia del crimen dictatorial, el atentado de 2002, estando tan cerca de nuestra pobreza y desesperanza extrema, es un hito ignoto para la inteligentzia uruguaya. Como la mente del enfermo terminal se niega a reconocer la enfermedad, nuestra elevada reflexión teme entender la indefensión institucional uruguaya. El olvido de lo que sucedió en 2002 es demasiado grueso.
La primera tarea vinculada a la equidad y el combate a la pobreza es el fortalecimiento institucional. En la duda vale el contrato, y ese es un principio de justicia y afirmación democrática esencial. Esto parecería obvio y redundante si no fuera porque los atentados a la Institucionalidad en este paisito proliferan sin que a nadie parezca preocuparle demasiado la defensa de esas instituciones agredidas. La defensa de las instituciones sigue siendo un eslogan depreciado para la enorme mayoría de la población y para los otros, una reivindicación de escaso rédito político. *
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