Nosotros y los otros
¿Cuál sería la proposición más desafiante a la cual debería enfrentarse un ciudadano responsable, con un nivel de ambición mediano y culturalmente apto, en primer día de un año tan decisivo? La respuesta es tan simple como difícil de compartir livianamente: asumir plenamente la responsabilidad de ser, realmente, un sujeto y actor de derecho, capaz de hallar y sustentar los equilibrios máximos posibles entre la racionalidad del egoísmo natural y la razonabilidad, entendida esta en su más amplia acepción. John Rawls, el más representativo exponente del optimismo liberal contemporáneo enfrentó al ciudadano moderno con el dilema de siempre: ¿cómo vivir con los otros sin que el ejercicio práctico de la individualidad obstaculice el avance social y, sobre todo, dañe de alguna manera los principios de la justicia? ¿cómo hay que hacer para defender esa razonabilidad y alentar la razón individual construyendo más y más libertad? La provocación ralwsiana es potente. En suma, nos coloca de frente al dilema tantas veces soslayado: ¿estamos o no dispuestos a vivir en una sociedad de derecho y, aceptando las normas, reivindicar el ejercicio de la libertad responsable como condición desesperada de vida? El estío invita a merodear en la abstracción y ella se nos cuela en la desordenada ruta de la reflexión inicial del año. En coordenadas de balance y perspectiva, antes que los otros, uno mismo. Es preciso partir de uno para ir hacia los otros, sea en los encuentros o desencuentros, en la oferta o la demanda. Los creyentes lo hacen en un diálogo dependiente con su Dios; los ateos debemos hacerlo solos, con nuestros mismos, antes que nada ni nadie.
La demanda inicial
Todo esto viene a cuenta de un componente muy especial de las proyecciones económicas del próximo año. También la perspectiva económica debe surtirse de respuestas claras a dos preguntas principales: ¿estamos o no dispuestos a demandar una mejor relación con los iguales a través del fortalecimiento del Estado de derecho? y ¿cuánta mas libertad estamos en condiciones de construir desde el propio ejercicio de la ciudadanía responsable? Sin demanda más agresiva de estas respuestas, difícilmente puedan reconstruirse los escenarios de confianza perdidos. Personalmente tengo la impresión que ni a nivel individual ni a nivel de los diferentes agrados social que integramos, los uruguayos estamos utilizando a pleno la oportunidad que brinda la estabilidad económica y la dinámica del cambio para repensar el futuro con una participación más fuerte de las responsabilidades individuales de cada uno en el proceso. La hiperintegración social de este país se ha constituido en una amenaza: en torno de cada uno hemos ido conformando un dameros de espacios de integración que perforan la sociedad de derecho impidiéndonos que esta cumpla sus funciones basamentales. Tengo la sospecha que la prosperidad de la negación creciente de los uruguayos que advierte la psicología social actualmente utiliza los viejos mecanismos con los cuales, los jóvenes del 68 construíamos los épicos escenarios sobre los cuales ejercer nuestras irresponsabilidades tan juveniles como naturales. Cada problema organiza un espacio gregario de discusión en su entorno inmediato; un proyecto, una comisión; una insinuación de reforma, una convocatoria formal de consulta imposible en realidad.
Construcción cotidiana
Lejos, demasiado lejos aparece la reivindicación individual de los estímulos y sanciones a las conductas sujetas a derecho. La justicia es un intangible devaluado. En realidad, la sociedad confía en su hiperintegración y descree de los contratos. No demandamos justicia ni regulación fuerte porque descreemos de la potencia que tiene el motor de la responsabilidad individual en la gesta del cambio real. En tanto observamos de reojo la ley. Sospechamos de las fuentes del derecho, no apreciamos la magistratura ni tenemos demasiada preocupación por sus sentencias. No nos seduce la competencia e ignoramos al regulador. Hay suficientes motivos para que los uruguayos no apreciemos la estatura de la ley y sus actores principales, pero hay más motivos aún para saber que pelear por un mundo de normas y sentencias justas es antes que nada, desafiarnos cotidianamente en nuestra condición de ciudadanos de derecho.
Aprendimos a leer la instrucción del cambio en los programas partidarios y a educarnos con nuestros iguales más afines en la reivindicación de apetencias parciales. Los uruguayos continuamos sin entender que la democracia y la sociedad de derecho no se construyen como sumatoria de la acción de los agrupamientos sociales sino, esencialmente, como fruto de la construcción cotidiana de ciudadanos individualmente más responsables y activos en esta dirección.
2006
2006 será un año decisivo. El cambio prosperará o languidecerá si las grandes reformas estructurales son emprendidas, sostenidas y comprendidas por multitudes conformadas por ciudadanos más ambiciosos, más responsables porque habrán decidido privilegiar la libertad y no escudarse en las corporaciones que enfrentarán esas reformas como condición de supervivencia. Importa relativamente poco si el gobierno acierta o se equivoca en diseños y acciones. En definitiva el cambio será defendido por ciudadanos más libres o con ánimo y razón para demandar sobre todas las cosas, más libertad, más democracia, más tolerancia inteligente, más responsabilidad individual.
De lo contrario habrán cambios menores sostenidos por mayorías circunstanciales y con elevado riesgo de sustentabilidad. Diferente pero parecido a aquello de quisieron hacer sus propios cambios sentados sobre las bayonetas. *
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