El legado de realidad y el estado del pensamiento
Los grandes números del primer año de la izquierda en el gobierno son buenos, casi los mejores que nadie imaginara para estas fechas. El entorno de la economía es, también, mejor que el del año pasado. Se han puesto en marcha algunos cambios que deberían mejorar los escenarios futuros. Mucho de esos cambios en proceso tocan áreas decisivas para cualquier proyecto de desarrollo serio: la administración tributaria y su enlace con los sistemas del BPS y una aduana mejorada, probablemente; la discusión legislativa de los proyectos de defensa de la competencia y los borradores de los que modifican las viejas normas de quiebra propenden a modificar defectos estructurales sobre los cuales no se puede imaginar siquiera ningún principio virtuoso de competencia leal. Estas iniciativas tienden a enfrentar la opacidad y su rápida ejecución pudiera generar una mejoría impactante sobre el estado de confianza público. Hay otras cosas que marchan más lentamente en estos andariveles. El gobierno deberá pedir nuevas dispensas por incumplimiento de los plazos acordados con el Fondo Monetario para la presentación de proyectos de reformas inaplazables en el área de la seguridad social y la regulación financiera y monetaria. Pero esas iniciativas también están en marcha. Asimismo, el gobierno ha comenzado a rediscutir desde una base de mayor realismo sus dos proyectos emblemáticos: la reforma tributaria y el sistema nacional integrado de salud.
Previsibilidad
Los nuevos administradores han defendido la estabilidad como base de realización de lo cambios. La disciplina fiscal sorprende en su propia naturalidad. Más allá de los errores en las proyecciones de demanda de pesos estimulada por la afirmación de la propia estabilidad, o las insuficiencias en la promoción del mercado de capitales, es cierto que el Banco Central ha podido cumplir esencialmente lo que se le pedía en esta etapa. Inclusive en la relativa ambigüedad de su política cambiaria, en lo económico al menos, el gobierno ha actuado previsiblemente. Y esto no es poco. La previsibilidad es un valor escaso, caro y decisivo en estos lares. Esa previsibilidad expuesta por la acción del gobierno en materia económica es una fortaleza adquirida y que ya debería tener consecuencias de mayor impacto sobre la confianza del público. Sobre todo, en esta perspectiva importa insistir, inquisitivamente, en cuál es en realidad la cuantía del legado didáctico generado desde este cumplimiento esencial sobre la formación del pensamiento muy cautivo de irrealidades variadas. La izquierda gobierna a los tropezones, algunos muy costosos, pero, ahora, en las zonas esenciales, sus acciones difunden una visión de realidad diferente, más potente, que la que en el mismo sentido de educación aportaron los gobiernos anteriores. La didáctica del realismo no tiene, aparentemente, mucho que ver con el ejercicio épico de la política de costumbre. Hace rato que en este país era imposible legitimar ese realismo como un prerrequisito del cambio. Quienes lo publicitaban, desde la acción de gobierno, carecían de un entorno de legitimación por incontables razones. Le bastaba a la izquierda identificar la pertenencia política del funcionario de turno para que su eventual explicación sobre la virtud de la estabilidad, la competencia leal, la regulación o las reformas se enfrentara a la sospecha de un crimen neoliberal usual. Ahora es un poco diferente: desde esa dinámica fuerte de iniciativas de transformación económica con celebración de la estabilidad, decantan lecciones de realismo que imponen otras tareas, otras agendas, miradas diferentes, más atentas, de individuos probablemente más responsables.
La inquietud principal
Seguramente sea temprano para avanzar siquiera en un balance en esta materia de cuál es el saldo del balance de realismo social que tiene este país al término del primer año del gobierno de izquierda. Pero no tengo duda alguna que no es menor al que tenía la ciudadanía un año atrás. La afirmación es un poco temeraria y admite discusión. Entre otras las que debería surgir de si ese eventual avance «cultural» alcanza siquiera los niveles básicos que necesitará el gobierno cuando su ofensiva reformista sea más explicita que en la actualidad. En poco se le planteará al gobierno el dilema normal entre la obligatoriedad de las reformas «de mercado» y la resistencias corporativas de quienes se han servido de ese mismo mercado, omitiéndolo o demonizándolo la más de las veces para construir y utilizar los innumerables nichos de poder que sufre este país. Entonces sabremos si, efectivamente, el pensamiento dominante de los uruguayos sobre materias decisivas ha mejorado en los términos que el ejecutor de esas reformas necesita. Eso tiene que ver con la aceptación y la defensa social de proposiciones más ofensivas que las actuales sobre las relacione de producción, sobre los vínculos íntimos del poder. En ese momento deberá haber más pericia y más valentía de los funcionarios, comunicación exquisita de cada acción, pero bueno es irlo sabiendo, el riesgo de las fracturas sólo podrá ser neutralizado si, y sólo si, estos meses hubieran servido para que el pensamiento dominante de los uruguayos haya sido modificado desde el propio ejercicio de gobierno. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad