El ahorro cauto y desafiante
En el país no hay una estimación más o menos razonable sobre la cantidad de billetes verdes que los residentes y algunos argentinos tienen depositados en los cofres de seguridad que bancos y cambios guardan en la profundidad de sus bóvedas. Pero es mucho. Demasiado para un país como éste, en el cual además de todo, los uruguayos deben pagar por resguardar su ahorro en tales condiciones. No hay tampoco estimaciones fehacientes acerca de la cantidad de propiedades deshabitadas, muchas de las cuales se construyen ni siquiera presuponiendo su capacidad de generar renta sino debido al secular afecto que los uruguayos tienen por la seguridad. Algo similar sucede con la propiedad rural destinada a estos fines.
Producto de un patrón de acumulación histórico, de razones culturales difíciles de revertir y de la fundada desconfianza de los uruguayos sobre el cumplimiento de los contratos, esta forma de ahorrar y atesorar es difícil de revertir en el corto y aún, en el mediano plazo. Empero, es difícil suponer que sin una perspectiva de cambios en el mediano y largo plazo sobre estas cosas, este país pueda tener un destino más o menos honorable. El mundo ha cambiado demasiado para que el país se dé lujos que, otrora eran más o menos aceptables y que hoy se asemejan a pesadas lápidas que pesan sobre las familias uruguayas. Importa recordar, por si alguien todavía no lo advirtió que este no es sólo un problema macro sino que ahora ha comenzado a ser percibido como un problema micro, de consideración empresarial, familiar, individual. El ahorro, en las actuales condiciones, presupone un factor de inquietud social agregado a los que ya pesan sobre la población. Primero, porque no fluye en el sistema especializado para multiplicarlo y administrarlo; segundo porque esa administración se ha transformado en una razón de inquietud agregada; y por último, es un factor de inquietud social porque ya se ha generalizado la convicción acerca de que ni siquiera los sacrosantos sepulcros del capital aseguran su disponibilidad futura con los mismos valores de compra con los cuales fue enterrado. La depreciación del dólar ha disparado inquietudes y temores que habían sido relativamente atenuados con la solución bancaria y cambiaria de 2002 y el canje de 2003. Ahora la población comienza a entender que los problemas del riesgo de la economía no se deben sola y únicamente a las malas políticas económicas y su articulación con la corrupción. De eso hay y en demasía. Pero, además, hay una corresponsabilidad social en la generación de los problemas económicos.
¿Como se sale de esto?
Afortunadamente parecería que los uruguayos han demostrado en diversas circunstancias recientes que una parte importante de esa cultura responde muy bien cuando es activada adecuadamente. En el área de la economía eso funcionó muy bien en la salida de la crisis del 2002 y 2003. Y ahora, frente a esta recomposición tan brusca de escenarios, también está funcionando adecuadamente. La conducta de los ahorristas y rentistas residentes es bien diferente a la de otrora. Ahora nadie le otorga a nadie sus activos y ahorros sin someterlo a una exigencia informativa muy fuerte. Hay indicadores harto elocuentes de esta nueva predisposición de los uruguayos en la delegación de sus responsabilidades en el manejo de capitales y ahorros. Uruguay tiene hoy un sistema financiero notablemente más seguro no sólo por la disposición legislativa y la pericia bancocentralista, sino y esencialmente, porque los ahorristas e inversores le están pidiendo a sus administradores garantías inéditas para delegarles esas responsabilidades de administración fiduciaria. Esta atención y exigibilidad se observa en la sensibilidad que los indicadores de la actividad bancaria tienen en la actualidad.
Más señales
Los uruguayos ponderan adecuadamente el éxito de las operaciones de salida de la crisis y están dispuestos a participar en nuevos desafíos de estabilización y mejora. Empero, por ahora, no tienen elementos contundentes para volver a dejar su dinero en las ventanillas de los bancos. Y no lo hacen. El total de los depósitos en moneda extranjera de residentes en el sistema bancario durante la postcrísis setiembre 2003/diciembre 2004 creció lentamente, un 7%. Pero el subtotal de depósitos a plazo fijo en la misma moneda bajó un 23%. Parte de la explicación del fenómeno tiene que ver con la remuneración de los plazos fijos en dólares pero lo esencial es el deseo de los ahorristas de tener sus dineros al alcance de la mano.
Esto que supone una debilidad de la economía incapaz de funcionar sin dinamizar los canales de circulación regulada del dinero, es también un desafío fuerte para todos. Ahora más que nunca es posible que ahorristas e inversores estén dispuestos a recepcionar señales que mejoren sustancialmente el saldo neto de confianza. Y, obviamente, esto no tiene nada que ver con la publicación de buenas intenciones o fantásticas políticas sino con cosas más sencillas, cotidianas y mucho más difíciles de hacer bien. Todo lo que afecte la confianza pública debe ser sancionado explícitamente con dureza extrema.
Eso lo va a hacer naturalmente la gente en su fuero íntimo y sería deseable que tuviera expresiones de movilización popular, pero, además, debe ser confirmado y ejecutado desde el la institucionalidad del Estado. *
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