La pregunta es: ¿mejor o peor?
Probablemente, ese pesimismo, que confronta con la algarabía oficial, o con la reenseñoreada esperanza de algunos referentes respecto a la inminencia del cambio histórico, se nutra de un exceso de información. Probablemente esté matizado también de consideraciones más subjetivas o afectivas que, aun compartimentadas, deben permear alguna membrana tras la cual debe trabajar la razón pura. Empero, es así. Y ¿por qué? ¿Tengo o no razones para discutir el optimismo oficial y, además, para confrontar también el otro: el de la panacea del triunfo de la izquierda? Sí que las tengo, y en tanto, mi respuesta absoluta a la pregunta inicial es: peor. Veamos por qué.
¿Cuál confianza?
Desde lo más básico de una visión de salida sustentable a la crisis: ¿más o menos confianza? Menos. Menos, ¿dónde? Allí donde la confianza define conductas que impactan más fuertemente sobre el conjunto. La «confianza» medida en sus agregados mayores: confianza de «los ciudadanos», «del mercado»… Eso nos dice poco respecto a la evolución próxima de las cosas. Es preciso reconstruir los indicadores y afinar la reflexión sobre sus resultados. Es necesario ubicar los sensores allí donde el saldo neto de confianza vaya a impactar más fuertemente en el futuro. Allí donde viven quienes tienen que tomar decisiones de vida que duelen. Tras las cuales se juegan, unos, la libertad y el pellejo; otros, el dinero acumulado. Hay mayor o menor confianza en aquellos barrios enteros donde viven familias sin trabajo, sin redes de solidaridad y que, en tanto, son, naturalmente, fábricas de agresión contra ese orden que los ha condenado a la infrahumanidad. ¿Y enfrente? ¿Es que los opulentos o suficientes sacan la plata del colchón, asumen riesgos mayores, invierten, exigen otras pudicias con progresiva agresividad, sobre un sistema de representación al menos ineficaz? No. Basta ver las curvas de depósitos en el sistema bancario según plazo y monedas, o lo que se opera en el mercado de valores todos los días. Los depósitos crecen; pero lo que no crece, sino que, en cambio, cae, es la suma de depósitos a plazo. La gente quiere tener la plata en el colchón o en el banco de al lado, bien a la vista, por cierto.
Lo demás es «bobagem». Demasiado caro y elusivo para mi gusto, a esta altura de la transición.
Ambición y responsabilidad
Sin esa confianza, creciendo en los extremos y siendo comprendida en el centro, es inimaginable cualquier proceso virtuoso que despegue al país del abismo y lo habilite a construir una transición útil. Sin eso, el cambio de administración sólo generará un escenario aun más conflictivo. Esa es la visión actual del especulador. De allí que la respuesta a la pregunta inicial se juegue también en el nivel de ambición y responsabilidad que los uruguayos debemos exigirnos. Es ambicioso y responsable intentar recomponer ese umbral de confianza básico. Es criminal aceptarnos recorriendo una transición rutinaria y previsible. La transición de los roles clásicos: gobierno y oposición confrontándose en un esquema de democracia representativa que nadie parece querer cuidar y mejorar; uno, eludiendo sus responsabilidades de liderazgo elemental, asumiendo totalmente su sinrazón. La otra, haciendo lo imposible por acumular, temerosa de adelantar sus propios riesgos, construyéndose solamente en la denuncia de la impudicia del otro y prometiendo lo que cada día le va a ser más difícil cumplir.
Esencialmente peor
Empero, en realidad, el escepticismo o la desesperanza deviene de la percepción de las dificultades que tiene la izquierda para asumir sus propias responsabilidades. Esto es, despegarse ya de su rol previsible y comenzar a gobernar. En una visión prospectiva, la de la economía de riesgo, eso supone reconocer que ya se perdió mucho tiempo en comenzar a construir un escenario en el cual sea posible operar mañana: ese escenario debe ser necesariamente el de un país en el cual la gente pueda ir entendiendo lo que habrá que hacer mañana. Por ejemplo, fortalecer al Estado de todos en el cumplimiento de sus únicas funciones vitales: administrador suficiente del derecho, instrumento de la Justicia; regulador ex antes, de la disputa corporativa de los proveedores de salud y educación; defensor intransigente de aquellos que van siendo naturalmente marginados en una dinámica de crecimiento y cambio. ¿Está siendo colocada allí la inteligencia y la pasión de la izquierda? La respuesta es «no». Y ésa, sobre todo, es la razón de la dolorosa respuesta que demanda el titular. *
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