No puede existir una reactivación económica sin crédito

Cómo un gobierno puede llegar a ser un buen pagador y un mal reactivador

Son muchas las razones que la gente tiene para desconfiar de las buenas intenciones que el fracasado FMI pueda tener en este caso, y no faltan quienes adviertan aviesas intenciones, como encarecer la deuda externa uruguaya, o cosas por el estilo. No obstante, por nuestra parte, en este asunto tememos más a la obstinada y obsesiva pretensión de posar de buen pagador, que los últimos gobiernos han hecho gala y que el actual sigue haciendo, pese al recambio en la titularidad del Ministerio de Economía.

Para nosotros, la alternativa es muy nítida. Se trata de reactivar o pagar. Nos gusta ser fanáticos de la reactivación, del imprescindible crecimiento para poder empezar a transitar por el camino del desarrollo, porque en eso le va la vida al país. Reactivar, por supuesto, como objetivo primordial, para mejorar el nivel de vida de los uruguayos, pero también porque es la única forma de que el Estado pueda pagar sus compromisos, ya sea locales o con el exterior. Y esta economía uruguaya puede ser reactiva luego de que se removieron las enormes piedras que se habían puesto en el camino.

Nuestras posibilidades no serán espectaculares pero sí ciertas. Podríamos haber estado en otra situación si durante el largo período en el cual el país contó con crédito externo privado, amplio, barato y no muy condicionado, hubiera invertido, hubiera reconvertido positivamente el aparato estatal, hubiera tenido una inserción internacional menos vulnerable, etcétera. Pero en las actuales circunstancias más adversas, con el crédito privado en franco repliegue y cuando sólo es posible apelar al crédito de organismos internacionales, señalamos cinco condiciones básicas que serían necesarias para reactivar la economía nacional.

Cinco condiciones

En primer lugar, decimos que no puede haber reactivación sin crédito. De allí que hemos bregado por una solución que rescatase y resguardase lo más posible los canales válidos para la circulación del ahorro y recompusiese la confianza para poder reinstaurar su utilización productiva.

En segundo término, es necesario mitigar el endeudamiento de los sectores productivos y no estamos incluyendo a los «vivos» de siempre, sino justamente a aquellos que están endeudados porque invirtieron. Y en este punto, también aliviar el endeudamiento de las familias, que es otra secuela de ribetes trágicos que ha dejado la crisis. Porque es ostensible que la asfixia del endeudamiento no permite producir ni consumir, cuando habría condiciones adecuadas para hacerlo. La espera forzosa de los depositantes crea condiciones para otorgar condiciones adecuadas a la refinanciación. Pero aquí es donde comienzan a aflorar los problemas de conducción económica. Es por lo menos equivocado pretender dar solidez al sistema bancario rescatando créditos al costo de las ejecuciones, o endureciendo las normas del Banco Central para el caso de que los bancos otorguen refinanciaciones. Resulta ser que la institución que refinancia u otorga créditos a empresas más pequeñas es castigada en vez de estimulada. Como si pudiera existir una política de custodia de la integralidad del sistema bancario desprendida de la situación coyuntural macroeconómica.

Está muy bien que se afinen los instrumentos de control, porque todos nos hemos lamentado de sus falencias, pero en las actuales circunstancias, si no se introducen, a la luz del análisis de la situación general de la economía, ciertas adecuaciones y flexibilizaciones, semejante rigurosidad puede conducir al objetivo contrario al que se busca.

En tercer lugar, la economía deberá llegar a equilibrios entre sus variables básicas. Venimos de un período en el que hubo un equilibrio parcial y precario. Parcial porque la tasa de interés y el desempleo estuvieron cada vez más desajustados. Y precario porque el valor del dólar y la inflación bajaron y se alinearon, pero fue como tapar una olla con agua hirviendo dejando el fuego abajo. Cuando explotó, el desequilibrio fue mayúsculo y lo estamos sufriendo todos.

En cuarto lugar, así como es procíclico endurecer las normas bancarias frente a los endeudados, lo es también abatir el gasto público como presunta solución a la crisis. Sobre este particular ya hemos hablado en cada oportunidad de los famosos ajustes fiscales.

Y por último, pero no por ello menos importante, decimos enfáticamente que no hay reactivación posible sin un mercado interno que recupere posiciones perdidas con la aplicación del modelo por el cual se sustituyó producción nacional con importaciones. Y ese margen de recuperación es imposible si se pretende descargar todo el peso del ajuste sobre la baja del salario real. Toda caída del salario real superior al descenso del ingreso global (PBI) configura una transferencia de recursos de los trabajadores a otros sectores de la economía, amén de conspirar contra el sostenimiento de la demanda interna, responsable de más del 60 por ciento de la demanda total.

Discriminación

Pasemos entonces a relacionar estas condiciones con el afán pagador de los compromisos de deuda del sector público en moneda extranjera, que, hasta que no se presente un estudio serio que lo demuestre, seguiremos opinando que son compromisos que se tienen predominantemente con acreedores del exterior, o sea, lo que comúnmente denominamos deuda externa. Al respecto es sabido que el crédito que iría ingresando desde los organismos internacionales, tensando al máximo lo solicitado y concedido, podría ser utilizado de dos formas: para financiar el retiro del crédito privado, o para financiar planes de reactivación económica. Haciendo cuentas, el ingreso de divisas prometido alcanzaría apenas para pagar el capital y los intereses de la deuda que no se repone, principalmente a los poseedores de bonos del tesoro. Estamos hablando de alrededor de 2.300 millones de dólares para el año 2003. Entonces, la alternativa es de hierro, si pagamos no va a quedar crédito para reactivar, pasando a depender del proceso de rescate del ahorro interno antes aludido. Pero además el pago estricto tampoco deja espacio para déficit fiscal alguno, exigiendo por el contrario, un superávit muy grande, antes de computar el pago de intereses por parte del Estado a dichos acreedores del exterior. Quiere decir que el pago puntual de los compromisos de deuda externa no sólo no habilita el crédito para la reactivación, sino que discrimina contra los depositantes en el BROU y en los bancos que fueran suspendidos, a los cuales sí se les reprogramó su crédito.

Discrimina asimismo contra los proveedores del Estado, con quienes se ha generado un escandaloso atraso en los pagos, pero especialmente discrimina contra los asalariados del sector público, los que terminarían financiando el superávit primario mediante la estrepitosa caída del salario real.

Desde nuestro punto de vista no existe alternativa.

Refinanciar ya

No refinanciar ya la deuda externa es profundizar la recesión y por lo tanto generar condiciones que inviabilizarían el pago normal hacia los años siguientes, así se lograse pagar todo lo que hay que pagar en 2003.

Es posible que el FMI analice esta situación desde otro punto de vista. Que prenda luces amarillas y hasta rojas porque considere que en tanto sus recursos se utilicen meramente para el pago de acreedores privados que no fueron, a su juicio, suficientemente cautelosos al prestar a estos países, luego sea él quien sufra la alternativa del no pago. Es cierto que, aunque con muy poca razón, la derecha norteamericana está viendo estos procesos como una amenaza a los contribuyentes de ese país, considerándolos como los que más financian al FMI. Pero de una forma o de otra, cualquiera sea el abordaje, la reprog
ramación de la deuda del sector público en moneda extrajera es imprescindible para encarar con posibilidades de éxito el cumplimiento de las antedichas condiciones que, a nuestro modo de ver, conducen a la reactivación del país.

No supeditar

Siempre fue posición de la izquierda uruguaya no supeditar el crecimiento económico sustentable al pago estricto de los compromisos de la deuda externa. Ahora, con más razón, después que se fundió al país y la reactivación es vital. Y en este punto no sirve ingresar en una polémica estéril acerca de quién da el brazo a torcer, como parece inclinarse el gobierno, con su rígida posición. Ya el país ha sufrido mucho por cosas como ésas, porque se plantaron banderas equivocadas, como fue el tema del atraso cambiario, y luego se prefiere morir abrazado a la bandera. Entendemos que el tema es delicado, y por eso mismo debe abordarse desde un sistema político que se muestre unido en la negociación con el exterior. Sería lamentable que volviera a darse el caso del gobierno que se siente fuerte y se corta solo, como cuando se negoció aquella primera salida de la crisis bancaria que dejó al BROU en una situación muy comprometida. Tampoco es bueno que se plantee el tema en términos de quién lo propuso primero, para inculparlo del deterioro de las expectativas de los agentes externos.

Acá el incendio ya se produjo y los inversores privados del exterior no cambiarán de actitud por un buen tiempo. *

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