Nació campeón del mundo, Oscar Omar Migues
Hay jugadores que la historia los ha sobredimensionado, otros están subdimensionados, en este caso tan particular, no necesita que yo lo esté reivindicando, la misma historia marca con perfiles tan pronunciados que este eximio futbolista de no haber nacido en el Uruguay, debería estar rankeado entre los mejores jugadores del siglo.
Del uno al diez, tenía máximo en técnica, un malabarista excepcional de pelota sí lo fueramos a catalogar como los periodistas modernos, diríamos, fue un anticipador ofensivo incomparable, tiraba de distancia con una precición perfecta, dentro del área era letal, utilizaba el taco para habilitar, para recepcionar e hizo goles magistrales con esa parte del pie. Jugaba un futbol intencionado, la quería siempre, como los que se saben capaces.
En las eliminatorias de 58 frente a Colombia el equipo uruguayo no encontraba la pelota ni los espacios, el público demostraba su nerviosismo con una rechifla impresionante, faltaban segundos para terminar y penal para Uruguay. El «Omar» tomó la pelota y con una naturalidad absoluta, hace un amague, apenas perceptible para el golero contrario y la pone sobre el otro lado, la pelota no llegó al fondo del arco, era tal su seguridad que el gol fue consecuencia del desparpajo de su ejecutante.
Para referencia de los más jóvenes, les paso a escribir una similitud, cuando Enzo Francescoli le hace aquel golazo a los polacos en Mar del Plata jugando para River argentino, que asombró al mundo entero por su pericia y espectacularidad. El «Omar» de esas hacía tres por mes, en diferentes partidos, manejaba el tiempo y el espacio con una corcondancia de su cuerpo y la pelota, como sí esa función imposible de conseguir hubiera nacido junto con su personalidad futbolista.
En definitiva, un no seriado, que hubiera puesto duro a cualquier disco de computadora, imprevisible, creativo total, el estadio fue el escenario de sus grandes realizaciones. Integró, entre otros, el Peñarol del 49, fue campeón en el 50 y no repite el plato en el 54 por esas extrañas actitudes que tenemos los uruguayos, donde hubierámos establecido un doblete incomparable marcando un hito histórico para la época.
Al igual que don José Nasazzi, trasunta, con su sola presencia un respeto, que emana de una personalidad futbolística que no nesesariamente depende del cabal conocimiento de saber que es campeón del mundo.
A los campeones uno los percibe, es por eso, que este crucial momento, jugando unas eliminatorias decisivas para el futuro de nuestro fútbol, el acercar a estos formidables campeones empujaría, espiritualmente a nuestros noveles cracks a una influencia que va mucho más allá de estímulos huecos efectuados por inexperientes, que entre sus máximos logros cuentan con un campeonato de liga comercial.
Hace algún tiempo, un cronista argentino me preguntó, Pelé o Maradona, sin ningún repeto; le contesté, yo vi jugar al Oscar Migues…, después de eso, se podrá jugar igual, más es imposible.
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